Con 13 años me subí por primera vez en una limusina. Era torpe, un poco desgarbada y aún pasaba por ser la más alta de mi clase. Con 13 años visité por primera vez Nueva York y entré en ese espacio inmenso con mis padres y mi hermana, me senté y recorrimos varias calles. Allí no había rastro de champán y otro tipo de bebidas, que es lo que yo tenía en mi cabeza por culpa de tantas películas.

Recuerdo las carcajadas al vernos ahí dentro, una unidad familiar vecina de Getafe, recorriendo en ese cochazo las calles de Manhattan. Mi padre haciendo chistes, mi madre diciendo: "Ay Manolo, qué miedo". El conductor no entendiendo nada de lo que sucedía ahí dentro.

Los coches de Uber no son tan grandes, pero digamos son la limusina de los pobres. Tú, urbanita que de vez en cuando coges un taxi, has abrazado la llegada de los VTC con enorme alegría. Estás un poco harto de coches blancos con conductores malhumorados que a veces te dan la chapa o, lo que es peor, te ponen la emisora de radio que más detestas. Y llega un cochazo negro, bien limpio por fuera y por dentro. Con un conductor que te da las gracias por venir, te ofrece una botella de agua fresquita y te pregunta qué música deseas escuchar y si la temperatura está a tu gusto. Ay Manolo, que no te has visto en otra.

A ti te da igual lo que le ocurra a esta persona tan gentil que te llevará a una reunión de trabajo o a una cena y no abrirá el pico. Bastante tienes tú con tus problemas. Has oído o leído algo, pero eres de los que piensas que mejor tener un mal trabajo que no tenerlo.

Siempre tienes preparadas este tipo de respuestas por si sale la conversación. También, cómo no, la de que no te puedes permitir comprar según qué ropa como dicen los pesados del consumo sostenible. No te das cuenta o lo que es peor, no quieres darte cuenta, de las consecuencias que tienen las decisiones que tomamos cada día con la cartera.

"Si un vestido te cuesta diez euros es que hay alguien muy jodido al otro lado", decía el domingo la diseñadora Teresa Helbig en una entrevista en El País. Pero detrás de esa frase, que se entiende a la primera, se esconde una historia de terror.

Como se esconde el entramado descubierto en los papeles de Uber. Una compañía que "violó las leyes, engañó a la Policía y presionó en secreto a los gobiernos", como señala laSexta.com. Una empresa que mantiene a sus conductores en unas condiciones imposibles de trabajo, que popularizó un modelo de relaciones laborales que unos consideran como flexibilidad y otros como explotación. Una forma de hacer negocios que investiga jueces y taxistas, que ningunea la responsabilidad social corporativa y que reconoce "las malas prácticas" efectuadas entre 2013 y 2017 para expandirse.

Uber ha lanzado un comunicado pidiendo que se les juzgue por los últimos cinco años, justo desde la salida del fundador de la compañía, Travis Kalanick. El típico 'espabilao' que además de con Uber se habrá forrado dando charlas a emprendedores en medio mundo demonizando la legislación, la rigidez de los mercados laborales y la asfixia a la que tipos como él se ven sometidos por tener que pagar tantos impuestos. De esos una ha visto a unos cuantos.

Pero mientras, este tipo de modelo empresarial es una bestia que nos devora y a la que alimentamos sin descanso. Porque lo que consumimos no tiene efectos homeopáticos. Qué compras, cómo y a quién. Qué haces, cómo y para quién. Va siendo hora de que te des cuenta, Manolo.