
Isolda Patrón-Costas
Editorial: Menoscuarto
Año de publicación original: 2026
Como uno de esos bombones de alta cocina, recubiertos por una fina y frágil película de chocolate y rellenos de una crema líquida, la infancia puede ser bonita por fuera, pero si se rompe esa capa protectora, todo se desmorona y luego es imposible volver a recomponerlo.
Y la capa protectora se hace añicos cuando los padres son imprudentes, narcisistas, egocéntricos o simplemente tienen unas circunstancias que les impiden proteger como deben a sus vástagos. La literatura está llena de ejemplos, de adultos disfuncionales pasándoles las facturas a sus padres o madres por una infancia torcida.
La literatura está llena de adultos disfuncionales pasándoles las facturas a sus padres por una infancia torcida
Me vienen a la cabeza el sobrecogedor Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, en el que la novelista francesa repasa la vida de su madre para tratar de entender la suya propia. O la lucha por encontrar su sitio de Vivian Gornick en Apegos feroces.
En Postales desde el filo, la actriz Carrie Fisher noveló su infancia y la de su hermano, el prototipo de la hija de una relación breve entre dos actores de éxito del Hollywood de los 50. Y otra actriz, Sonya Walger, relató en Leon la vida de su padre, adicto a la adrenalina y, por tanto, más preocupado por su propio disfrute que por la tranquilidad de su hija.
Shirati ha muerto
La directora de producción Isolda Patrón-Costas ha logrado el Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid con La vergüenza es azul, la historia de Clara y Adela, su segunda novela. Hija y madre enfrentadas por su pasado y unidas por el amor incondicional al que obliga el parentesco. Una relación tensa y llena de aristas que la escritora ha sabido plasmar sin llegar a cortarse.
"Shirati ha muerto", dice. Y esas tres palabras revuelven el pasado y el presente de madre e hija
Clara vuelve de San Francisco, donde trabaja como artista plástica, a Granada. Quiere pasar unos días con su hermana pequeña y con su madre, acompañarla. Pero ella rompe la calma con una sencilla frase: "Shirati ha muerto". Y esas tres palabras revuelven el pasado y el presente de las dos mujeres.
Años atrás, tras separarse del padre de sus hijas, Adela se fue a Argentina y después recaló en Granada. Allí consiguió la custodia de sus hijas y las introdujo en una secta que dirigía Shirati, una mujer manipuladora y mística, que ejercía un gran poder en el día a día de Adela.
Abrazar la herida
Saber de su muerte abre una herida entre madre e hija que jamás llegó a cerrarse. Y entre reproches, recuerdos tergiversados, dolores silenciados y vacíos, la relación entre ellas trata de avanzar en una dirección desconocida. Clara quiere ayudar a su madre, que sufre constantes cambios de humor y vive con una profunda tristeza y un gran rencor hacia su hija mayor.
Pero en realidad, lo que necesita es entender por qué su vida fue así, porque no tuvo la protección y la normalidad que tuvieron otras niñas. Porque no pudo contar con una madre normal que la apoyara. Porque no pudo encontrar en su infancia un suelo donde apoyarse, donde sustentar el resto de su vida.
Isolda Patrón-Costas firma una novela con un fuerte peso emocional y una profunda carga literaria
Porque para recuperar ese frágil bombón que es la infancia, no vale con alejarse de lo que nos duele. Hay que lanzarse sobre ello, abrazarlo, entenderlo y asumirlo como propio. Y entender que, rotos o intactos, somos lo que somos y hay que saborear cada mordisco.
Persiguiendo recuerdos y tratando de convertir a su madre en un retrato, Clara llega a la conclusión de que La vergüenza es azul. E Isolda Patrón-Costas firma, bajo ese título, una novela con un fuerte peso emocional y una profunda carga literaria. Una historia sobre las relaciones materno filiales que afecta y cala.
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