
Ilustrador: Pedro Oyarbide
Editorial: Lunwerg Editores
Fecha de publicación: 1936
Hubo dos centenarios entre 1927 y 1936 de grandes poetas de la Edad de Oro que se convirtieron en el reclamo para una nueva generación de escritores. El primero fue el de Góngora que inauguró el paladar de la Generación del 27, renovadores del gongorismo que después se mezclaría con el surrealismo y otros gustos estéticos del siglo XX. El segundo fue el de Garcilaso, que no pudo ser reivindicado por coincidir con el principio de la Guerra Civil.
Miguel Hernández lo invocó en El rayo que no cesa, siguiendo la fórmula que también repitió Alberti de ensalzar al pionero sonetista con la idea del poeta y soldado: "Si Garcilaso volviera, yo sería su escudero; que buen caballero era...".
Idea soldadesca que Hernández llevó hasta el final de sus días —como comisario cultural y político durante la guerra—, aquellos que acabaron entre la escarcha de las nanas que le dedicaba a su hijo recién nacido y la celda que encharcó sus pulmones.
Hernández solo dedicó al oficio de poeta ocho años
Hernández solo dedicó al oficio de poeta ocho años. Ocho años que nos dejaron para el siglo siguiente la imagen de aquel hombre que él mismo evocaba en el primer poema de El rayo: "Sigue, pues, sigue, cuchillo / volando, hiriendo / Algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía".
Para evitar el amarillear del tiempo, el ilustrador Pedro Oyarbide, junto a la editorial Lunwerg, publican ahora una edición que convierte en imágenes las metáforas de las naranjas heladas, los cuchillos y los muchos toros que pacen en sus versos. Versos que se detuvieron demasiado pronto por el "hachazo invisible y homicida" que el fascismo asestó sobre su ingenio.
¿Por qué leer a Hernández?
Una España descubrió a Hernández en las aulas de la democracia que volvió a incluir en su temario al de Orihuela en todas sus facetas, de la más poética a la más política; la otra lo hizo desde la música de Serrat, quien fue culpable de reivindicarle después de décadas de censura en un disco legendario.
Una generación que hoy lee a Lorca más que nunca pero que ignora al resto poetas de su tiempo
Una obligada por las exigencias académicas que rara vez excitan el gusto por la buena literatura, menos aún la poesía; la otra tuvo que ponerle un ritmo a las palabras para que estas se hiciesen eternas. Hernández ha permanecido entre el academicismo y el recuerdo de su muerte, sin ser enteramente adoptado por una generación que hoy lee a Lorca más que nunca, pero que ignora al resto poetas de su tiempo.
El rayo que no cesa
El rayo que no cesa está surcado por el desamor y la muerte, dos sentimientos igual de afilados que convergen en las imágenes de cuchillos, noches y penas que se confunden entre la naturaleza ("el algarrobo, el haya, el roble, el pino que ha de dar la materia de mi caja"), decenas de toros ("Como el toro he nacido para el luto", "Y como el toro tú, mi sangre astada"...) y corazones convertidos en "naranja helada", "febril granada" o "corazón adolescente" que redundan en torno a las penas de amor.
Hernández dedicó buena parte de estos versos al amor que profesó a Maruja Mallo
Hernández dedicó buena parte de estos versos al amor que profesó a su mujer, Josefina Manresa, pero también al amor imposible por Maruja Mallo, genia absoluta del surrealismo y figura fundamental para entender la apertura de miras que experimentó España brevemente, antes de que la muerte se instalase 50 años en el poder. Ese amor se comparte con el duelo por la muerte de Ramón Sijé, maestro y amigo del poeta, responsable de la publicación de sus primeros versos en la revista que dirigía, El gallo crisis.
De aquella relación surge Elegía, quizás el poema más conocido de Hernández, con la sinceridad del duelo que, si pudiese, sacaría "a dentelladas secas y calientes" su cuerpo de la misma tierra. La desesperación que destila El rayo que no cesa se ve perfectamente cristalizada en este poema que hace de la naturaleza y del dolor un instrumento con el que retratar aquello que cuando muere nos deja huérfanos, ya sea la carne o el amor que le da sentido a esta última.
Ilustrar la metáfora
Pedro Oyarbide dibuja el universo de Hernández en una edición que se abre como un ataúd —dejando la efigie del poeta en el hueco de portada, amarrado a su corazón surcado por el rayo de su título—, pero que celebra la obra del de Orihuela como si las cárceles del franquismo no le hubiesen privado de la vida demasiado pronto.
El imaginario de 'El rayo que no cesa' se vuelve efectista, con un marcado estilo 'art noveau' pero con el expresionismo que requiere
El imaginario de El rayo que no cesa se vuelve efectista, con un marcado estilo que podríamos decir de art noveau pero con el expresionismo que estos poemas requieren. Muchos corazones, armas y espinas que conviven con toros, perros y, cómo no, personas que surgen como los dibujos de William Blake, como hombres y mujeres primigenios con metáforas en sus manos para que los hijos de la generación de las imágenes disfrute también de lo escrito.
No es el primer rodeo de Oyarbide en esto de delinear clásicos de la literatura. En 2025 lo hizo con El principito de Antoine de Saint-Exupéry y sus ilustraciones ya son parte del imaginario colectivo gracias a la serie superventas de Blackwater, editada por Blackie Books que roza el millón de ejemplares vendidos.
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