Con la paciencia de quien levanta una casa —no de una vez ni de golpe, sino por persistencia—. Un peldaño, un ladrillo, otro peldaño. Primero una habitación mínima y una cocina; después, con los años, otra pieza, una puerta que antes no estaba, una ventana abierta a lo que todavía no tiene nombre.
Así también quien la habita: al principio, paredes desnudas; más tarde, una foto torcida, una taza olvidada, un olor que se queda. Ese aroma, casi secreto, que termina por decir: aquí vive alguien.
Selva Almada ha levantado su nueva novela 'Una casa sola' como quien vuelve una y otra vez al mismo terreno
De un modo parecido, la escritora argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973), una de las voces más destacadas de la narrativa contemporánea latinoamericana y autora de libros como El viento que arrasa o No es un río, fue levantando su nueva novela Una casa sola, finalista del Premio Internacional Booker.
No como quien traza un plano y ejecuta, sino como quien vuelve una y otra vez al mismo terreno, tantea, escucha, deja que algo se acomode y que también la desordene.
La voz de la casa
"La empecé a escribir en el 2022 y después la fui retomando hasta el 2025 que dije 'me pongo a trabajar más sostenidamente en esta novela'. Porque más allá de que no avanzaba, siempre estaba como pensando en ese universo, en esos personajes, iban apareciendo nuevas cosas", cuenta en diálogo con AhoraQuéLeo.
Esa casa, además de guardar las historias de quienes pasaron por ella cuando aún era monte, además de sostener voces —o fantasmas— de quienes amaron hasta la muerte, como la Gringa, o de conservar el olor a tabaco y mate de Lucero, habla. Tiene una voz. Pero esa voz no estuvo desde el principio: fue un hallazgo tardío en la arquitectura del libro.
"Sentí que en esa tercera persona que tenía la novela se colaba cada vez más la primera persona de la casa"
"No había una narradora personaje, sino que había un narrador más convencional en tercera persona", cuenta. Hasta que algo empezó a desplazarse: "En un momento sentí como que en esa tercera persona empezaba a colarse cada vez más la primera persona de la casa". Entonces decidió seguir esa intuición y la empezó de nuevo, ya con la voz narradora de la casa.
Y en ese movimiento apareció también una segunda voz, una especie de contrapunto: "Un poco para balancear la historia, que es la voz del monte y de esos personajes, de esos diálogos sueltos tipo coro que aparece".
El vacío de los desaparecidos
Lo que sí estuvo desde los cimientos de la novela fue el disparador de las desapariciones en democracia: una incomodidad persistente nacida de enfrentarse, una y otra vez, a esas caras en los aeropuertos. "Me llamaba la atención qué pasaba, por qué no se investigaba. Que pasen diez, quince o veinte años buscando a las mismas personas y no haya ninguna novedad de los casos", cuenta.
La palabra "desaparecidos", como tal, no aparece nunca en las cien páginas, pero el vacío sí. El hueco donde debería haber alguien. El misterio del paradero de la familia de Lucero —Lorena y sus tres hijos— que no se resuelve, que no se nombra, pero que insiste.
La palabra "desaparecidos", como tal, no aparece nunca en las cien páginas, pero el vacío sí
Por momentos, el relato parece acercarse al policial. Como si fuera a ordenar la búsqueda, a seguir pistas. Pero no. La búsqueda está, pero no se entrega a ese género. Se queda en otra parte: en la inquietud, en la pregunta que no cierra. La búsqueda, en todo caso, la encarna la Tata, la madre de Lorena. Es la que insiste. La que pregunta. La que vuelve a la casa. La que se planta a la policía.
Ese gesto, inconfundible, remite a una historia que excede el libro: la de las Abuelas de Plaza de Mayo. Un dato que cobra aún más peso por el día en que ocurre la conversación con Selva Almada: el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, cuando se cumplen 50 años del inicio de la última dictadura militar en Argentina.
Personas que no cuentan
Cuando Almada decide que esa familia desaparecida sea de peones rurales se abre otra dimensión, la pregunta ya no es solo por la desaparición, sino por quién desaparece. "Hay una convivencia entre la policía y el patrón, entre la justicia y el patrón… y cómo hay personas que no cuentan para la justicia o para la policía".
"Hay una convivencia entre la policía y el patrón, y cómo hay personas que no cuentan para la justicia o para la policía"
Entonces aparece el campo argentino, un territorio tantas veces narrado desde arriba: desde el orgullo, la épica, la voz de los que poseen. Almada, en cambio, se mete en las entrañas del espinal y se tira con los del monte. "Me interesaba que acá apareciera la voz de los que trabajan realmente esas tierras, con su propio cuerpo, pero que no les pertenecen ni nunca les van a pertenecer a esa tierra", explica.
En esa decisión hay una forma de mirar y, sobre todo, de escuchar. Por eso, cuando se interna en el monte, no lo hace solo desde la intuición, sino también desde un rigor que sostiene todo el trabajo: la investigación, la paciencia de encontrar la voz justa —o, mejor dicho, las voces.
La voz de Argentina
Ahí también aparece el disfrute: "Me gusta seguir explorando las infinitas posibilidades del castellano de Argentina. Me interesa trabajar con las marcas orales; son búsquedas que vengo haciendo desde hace muchos años". Esa exploración la lleva, además, a dialogar con la literatura gauchesca: a recuperar expresiones, juegos, adivinanzas, palabras que resuenan en ese otro plano de la novela, el de los espectros.
"Me gusta seguir explorando las infinitas posibilidades del castellano de Argentina"
Para terminar, a 50 años de la dictadura militar en Argentina, le preguntamos a Selva Almada: Si tuvieras que ponerle una voz a Argentina y de su pasado reciente, ¿qué crees que diría después de medio siglo de escombros y memoria?
"Me imagino una voz hecha de muchas voces: las que hemos escuchado a lo largo de la historia. Hoy, 24 de marzo, esa voz sin duda incluiría la de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Me gusta pensar que, si la Argentina fuera una casa, la voz que la levantara sería más justa y acogedora. Una voz capaz de incluir a quienes han quedado fuera del sistema; más generosa que la que escuchamos hoy, menos mezquina".
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