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ALTERA LA CADENA TRÓFICA

Terror animal: el miedo a los humanos está cambiando los ecosistemas

De forma natural, los grandes carnívoros no tendrían por qué temer a un animal tan indefenso como el hombre. Sin embargo, los humanos han tomado el papel de ‘superdepredadores’ en los ecosistemas, transformándolos debido al miedo que les infunde su sola presencia.

El miedo tiene una función imprescindible en la conservación de los ecosistemas

Phalinn Ooi/Flickr El miedo tiene una función imprescindible en la conservación de los ecosistemas

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A nadie le sorprendería comprobar que un asustadizo gato callejero se escabulle al intentar acariciarle. Pese a tener unas uñas bien afiladas, los mininos son bastante más pequeños que las personas y pueden sentirse amenazados. No obstante, hay otros animales en apariencia bastante más feroces que han aprendido a temer al hombre como al mayor de los peligros.

Algunos de ellos pertenecen a la familia del gatito miedoso, aunque no invitan precisamente a hacerles carantoñas. Durante varios meses, un equipo de científicos de la Universidad de California colocó reproductores de audio en lugares estratégicos de la región montañosa de Santa Cruz, de forma que los pumas que se acercaban a engullir sus presas escuchaban una grabación de voces humanas y una de cantos de ranas.

Según recogen en un estudio publicado en ‘Proceedings of the royal society B’, la mayoría de las veces estos voraces felinos abandonaban su comida sin pensárselo dos veces cuando escuchaban a personas, mientras que ni se inmutaban en el caso de los anfibios. Sus autores concluyen que los animales toman al hombre por un ‘superdepredador’ y que su presencia altera el papel ecológico de los grandes carnívoros, modificando la relación que existe entre el cazador y su víctima.

La investigación se encuadra en el marco del proyecto Puma de Santa Cruz, una iniciativa conjunta entre la Universidad de California y el Departamento de Pesca y Vida Silvestre de California. Sus responsables llevan una década estudiando cómo afecta la presencia humana a la alimentación de esta especie, su hábitat y la forma de cuidar a sus crías.

Los cazadores pueden reducir hasta un 90 % la biodiversidad de las selvas, según un estudio publicado en ‘Science’ en abril | USFWS Mountain-Prairie/Flickr

Así, han demostrado que los pumas se alimentan menos cerca de asentamientos humanos, de forma que se ven obligados a matar más renos que en el pasado para sobrevivir. Y estos grandes depredadores no son los únicos que han cambiado sus costumbres debido a las personas: los leones africanos, los tejones y los zorros también están modificando sus rutinas. Se trata de una estrategia de supervivencia basada en el miedo con consecuencias para los ecosistemas que todavía se desconocen.

Aunque los humanos también tememos (y mucho) a estos carnívoros –una reacción primitiva heredada de nuestros ancestros–, lo cierto es que lo contrarrestamos con una tendencia a matar única en la naturaleza. No en vano, muchos científicos llaman a la actual era Antropoceno, por el dominio que ejercen los seres humanos sobre el planeta.

Los animales sufren las sangrientas consecuencias de esta dictadura antrópica: un estudio publicado en 2015 enScience’ sugiere que el hombre mata ejemplares adultos a una velocidad catorce veces superior a la de cualquier depredador. Además, acabamos con la vida de grandes carnívoros a una tasa nueve veces mayor que la de asesinatos infringidos entre ellos. Este comportamiento ha convertido a los humanos en una especie de ‘superdepredadores’ globales.

El poder del miedo

Pero no hace falta que se produzcan muertes para que las personas sean vistas como una amenaza. El temor basta para provocar cambios duraderos en el comportamiento de los seres vivos, como defienden científicos como Joel Brown, de la Universidad de Illinois, experto en un área que ha bautizado como ‘ecología del miedo’. La mera presencia de un depredador –detectada a través de olores, movimientos o sombras– provoca en las presas potenciales una respuesta instintiva para evitar convertirse en su almuerzo.

Estos efectos pueden extenderse incluso a las futuras generaciones. En 2011, la investigadora Liana Zanette, colaboradora en el proyecto de los pumas, demostró que los ruiseñores tienen menor descendencia cuando perciben la presencia de un depredador, aunque este no exista realmente. Las aves pasan más tiempo buscando la presunta amenaza que en sus nidos y las hembras ponen menos huevos porque dejan de comer.

Zanette y su equipo lo comprobaron también en los mapaches que viven en las islas del Golfo y que se alimentan libremente de huevos, peces y cangrejos porque sus depredadores han desaparecido del archipiélago. Pero cuando reproducían grabaciones de ladridos de perros en las orillas, estos pequeños mamíferos comían un 66 % menos, de forma que las poblaciones de sus presas crecieron. Así, la alteración había afectado a otros seres vivos del ecosistema.

Estos biólogos demostraban así que el miedo que provocan los grandes carnívoros tiene efectos en toda la cadena alimentaria, imprescindibles para mantener la salud de los ecosistemas. Por eso, la presencia del hombre podría provocar cambios en su población y, por tanto, alterar también a las especies de otros niveles de la cadena trófica.

El único punto positivo de que los animales eviten y teman a las personas es que sirve de mecanismo para que puedan coexistir con ellas en la naturaleza. Pero debe ser un efecto equilibrado: si no se atreven a seguir con sus hábitos, muchas especies podrían disminuir en número de ejemplares o incluso llegar a desaparecer.

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