LOS MECANISMOS MÁS INVEROSÍMILES QUE PUEDAS IMAGINAR

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¿Cómo se protegía la población de la gran gripe española de 1918?

La enfermedad más devastadora jamás conocida causó más muertes que la Primera Guerra Mundial... y desapareció naturalmente tras diezmar a la población.

Gripe española
El 39 regimiento norteamericano marcha protegido con mascarillas por las calles de Seattle | influenzaarchive.org

La gripe española diezmó el planeta en 1918. Se calcula que más del 20% de la población mundial se contagió del virus de la influenza y más de 50 millones de enfermos murieron con el peligroso brote en un tan solo cinco años. Sin una organización como la OMS actual, la lucha contra la enfermedad se hizo de manera descoordinada y a nivel estatal. La población decidió tomar también sus propias precauciones, muchas veces desacertadas.

Aunque un reciente estudio sitúa un brote temprano en Madrid, la gripe no se apellida así por nacer en España. El primer brote de la mutación se detecta en el Condado de Hanskell, Kansas. Simplemente los periódicos españoles fueron los primeros en informar de los contagios y fallecimientos en la península ibérica. El mismísimo Alfonso XIII contrajo la enfermedad de la que se recuperaría más tarde. En el resto de Europa y a ambos lados de las líneas aliadas se hacía imposible publicar una información tan estratégica por temor a revelar al enemigo una debilidad de las tropas. España era neutral y no se censuró los inicios de la pandemia.

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Pero el virus fue tres veces más mortal que la Primera Guerra Mundial y trascendió cualquier intento de censura. El miedo a la enfermedad más peligrosa de la historia generó un pánico al contagio de proporciones épicas. Entre un 10% y un 20% de los contagiados morían en tan solo tres días, no había medicinas eficaces, ni grandes remedios, ni protocolos sanitarios, ni se cumplían las cuarentenas; sólo recursos de posguerra. La única forma de luchar contra el virus era evitando el contagio.

Las autoridades sanitarias norteamericanas lanzaban mensajes básicos de precaución. Se cerraron escuelas, iglesias, cines y teatros, se recomendó evitar las aglomeraciones y las zonas concurridas. Los tranvías se vaciaron. Los hospitales cerraron sus puertas a las visitas. Los juicios se celebraban en la vía pública con mínima presencia para minimizar riesgos. Pero el fervor de una guerra recién terminada no puede con el patriotismo de una población con mucha hambre de mítines, discursos y reuniones de apoyo a sus soldados, lo que multiplicaría los contagios.

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Según los médicos de la época, el aire purificaba a los enfermos y les ayudaba en su tratamiento, por lo que los grandes hospitales de campaña también se construyeron en espacios abiertos, con el consiguiente peligro de contagio. Hoy las habitaciones de pacientes con virus muy contagiosos tienen presión negativa, es decir, para evitar que el aire salga al exterior y pueda favorecer el contagio se baja la presión interior cambiando la circulación del mismo.

Cuando el virus llegó a Chicago las autoridades repartieron entre los barrenderos máscaras semejantes a las usadas contra el gas durante la guerra. "Los gérmenes pueden ser tan mortales como el gas alemán", titulaban los periódicos sensacionalistas. El alarmismo institucional alimentó el pánico de toda la población. Hasta la tasa de criminalidad de la ciudad más violenta de Estados Unidos cayó un 43%.

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Se popularizaron entonces las máscaras de tela y gasa, aunque eran absolutamente inútiles porque el virus podía penetrar fácilmente el tejido, pero eran muy baratas de fabricar y tenían un efecto tranquilizador. En Estados Unidos la policía obligó a toda la población a llevar la máscara puesta en público bajo multas de 100 dólares de los de entonces. La alta burguesía incluso adoptó un modelo que permitía fumar a través de ellas.

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El mercado de cítricos y de los supuestos remedios naturales subieron también como la espuma: las naranjas se convirtieron en un bien escaso por la amplia demanda aunque, de nuevo, su eficacia contra el virus estaba en entredicho. Era la misma eficacia que la de llevar una dieta saludable. Otras empresas de alimentación intentaron hacer su agosto con la pandemia. Los anuncios y campañas en prensa captaban clientes con la estrategia del miedo.

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El número de muertes era tal que los funerales se limitaron a ceremonias de 15 minutos. Los cuerpos se acumulaban en las morgues y cementerios. Había escasez de ataudes, funerarias y sepultureros. El replique de campanas se prohibió para no alarmar a la población. Incluso la clase médica estaba bajo mínimos tras la guerra.

En España el control de la enfermedad fue un desastre: ocho millones de infectados y 300.000 muertes sobre la población de entonces. Las autoridades tardaron más de cinco meses en declarar la pandemia y los servicios de salud se vieron desbordados. Se canceló el curso escolar y el universitario, pero no las actividades culturales de cines, teatros, espectáculos taurinos y el culto eclesiástico.

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Una investigación del Hospital Clinic de Barcelona recoge que las ciudades con una mayor tasa de mortalidad e incidencia de contagios en nuestro país eran aquellas donde el culto religioso estaba más enraizado. Los obispos afirmaban que “el mal podría ser una consecuencia de nuestros pecados y falta de gratitud, la venganza de la eterna justicia ha caído sobre nosotros” mientras conminaban al rezo en actos masivos que contribuyeron a propagar el virus.

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El temido virus desapareció de manera natural cuando se quedó sin huéspedes que contagiar. La menor densidad de población y la mayor de inmunizados hizo imposible su expansión a partir del verano de 1920, a pesar de que los métodos preventivos y cuarentenas fueran, por lo general, un auténtico desastre.

Pepo Jiménez | @kurioso | Madrid | 23/10/2014

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