Mucho se ha conseguido en los últimos años para alejar a los no fumadores del veneno que consumen y exhalan los adictos a esa droga legal. Por ejemplo, la ley antitabaco española consiguió —en cuestión de meses— salvar vidas de fumadores pasivos al impedir que se expusieran a los malos humos, sobre todo los trabajadores de la hostelería, condenados como estaban a tragar nicotina 40 horas a la semana. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer para conseguir alejar del mal hábito a los fumadores.

Las medidas disuasorias que se han estado desarrollando no suelen ser tan ambiciosas como muchas autoridades sanitarias reclaman: ampliar prohibiciones, subir el precio (también de las alternativas como el tabaco de liar), que no se vean las cajetillas en lugares privilegiados de las tiendas, campañas informativas... y que las cajetillas dejen de ser un reclamo en sí mismo.

Muchos fumadores se quejan de que ya es de por sí muy repugnante ver bocas destrozadas o fetos deformados bajo las reconocibles letras de Lucky o Fortuna. Sin embargo, los ojos de los fumadores empiezan a ser capaces de eludir la visión de los tumores de sus cajetillas, como señala un reciente estudio español. La siguiente vuelta de tuerca para lograr que los adictos no recorten y lastimen sus vidas es eliminar de las cajetillas los vistosos y reconocibles colores y logotipos de las marcas de tabaco.

Ahora, contra las marcas

A principios de año se publicaba un estudio que ponía de manifiesto que las cajetillas genéricas sin marca ni colorines, sólo con mensajes de advertencia, podrían estropear el hábito a 500.000 fumadores británicos que acabarían por dejarlo. Y el efecto sería mucho más notable entre los adolescentes, logrando una doble victoria, dado que se evitaría que el hábito derivara en adicción. El éxito se consigue por tres vías: reduciendo el atractivo de los paquetes, aumentando la relevancia de las advertencias sanitarias y estandarizando el aspecto de la cajetilla.

En Australia se han tomado este asunto en serio. El Gobierno lanzó en 2010 un programa de cinco años contra el tabaco (y el alcohol) que incluía un aumento del 25% en las tasas y una inversión de 85 millones de dólares australianos (casi 60 millones de euros) en campañas de advertencia. Además, se apostaba decididamente por la implantación a lo largo de 2012 de estas cajetillas genéricas, de un apagado color verde oliva (que aplica incluso para las vitolas de los puros), que son obligatorias desde este año.

Con ello, además de destacar los riesgos y reducir el atractivo, el Gobierno australiano pretende cercenar la capacidad de las tabacaleras de incluir en “su parte” de la cajetilla mensajes que confunden a los consumidores, haciéndoles creer en muchos casos que hay categorías de cigarrillos menos nocivas. Tabaco que daña la salud. Punto.

Durante 2012 todavía podían comprarse cajetillas normales en Australia, junto a las genéricas. En ese periodo, se comenzó a estudiar el comportamiento de los fumadores, hasta que ya en 2013 se barrieron del mapa los logos de las distintas marcas. El resultado de ese estudio es que esos cartones tan feos, tan sosos, estropean el vicio a los fumadores. Un granito de arena que ayuda a salvar vidas.

En comparación con los fumadores que todavía compraban los paquetes con marca, los fumadores de cajetilla genérica resultaron ser un 66% más propensos a pensar que los cigarrillos eran de peor calidad y era un 70% más probable que lo disfrutaran menos, llegando a reconocer que fumar esos cigarrillos ya no era satisfactorio.

Pero sobre todo: los fumadores de la cajetilla fea son un 81% más propensos a pensar en dejarlo que los fumadores de cajetillas normales. Disociar la imagen de la marca del cigarrillo que se meten entre pecho y espalda les aleja del disfrute, al reducir su atractivo, y les hace replantearse el vicio.

Se trata de un estudio preliminar (realizado con medio millar de fumadores) realizado nada más aterrizar la nueva legislación australiana. En los próximos años se verá si funciona efectivamente, siempre y cuando no triunfen los innumerables intentos de la industria por torpedear la iniciativa. Hicieron lobby para evitar que se aprobara, pleitearon hasta el extremo contra la legislación, agitaron el espantapájaros de las pérdidas millonarias, amenazaron con un aumento de la delincuencia y trataron de deslegitimar tanto estudios como autoridades sanitarias.

Pero el plan se mantiene en pie. Llegados a este punto, una victoria contra el tabaquismo, por pequeña que sea, puede ser gigantesca cuando pensamos en las dimensiones del problema, que provoca 5,4 millones de muertos al año en todo el mundo, en torno a 700.000 en la Unión Europea.