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VARIOS FACTORES JUNTOS PONEN A LOS INSECTOS EN RIESGO

Las abejas, víctimas de una ‘complot’ letal

Investigadores de todo el mundo tratan de identificar las causas de la imparable mortalidad de las abejas en todo el planeta. Insecticidas, parásitos, destrucción del hábitat, alimentación deficiente, enfermedades, endogamia y cambio climático se han confabulado para acabar con ellas.

 

Imagen de un panal de abejas, constituido por formas geométricas

Imagen de un panal de abejas, constituido por formas geométricas Agencias/Archivo

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Por desgracia, los grandes problemas no suelen tener soluciones sencillas. Menos aún cuando no somos capaces siquiera de identificar su origen exacto. La terrible mortandad que está golpeando cada año a las poblaciones de abejas de todo el mundo es uno de esos acertijos tan complejos que tiene a investigadores de muchas disciplinas peleando casi a ciegas para abrirse camino hacia una solución.

El nombre pedante del problema es síndrome de despoblamiento de colmenas y estalló en los campos de buena parte del planeta la pasada década: en torno al 30% de las abejas mueren cada año (dependiendo del lugar) sin remedio y sin que hayamos sido capaces todavía de ponerle freno.

De momento, se desconoce al culpable concreto porque en realidad hay demasiados sospechosos que pudieron actuar en asociación de malhechores. Y aunque no hay sentencia, ya tenemos una amplia gama de imputados: insecticidas, parásitos, destrucción del hábitat, virus, cambio climático, especies invasoras que compiten por su territorio… Todo indica que una tormenta perfecta ha caído sobre la bucólica existencia de estos insectos.

El último de esos 'asesinos' en acaparar titulares han sido los pesticidas, especialmente unos derivados de la nicotina, los neonicotinoides, que funcionan como un potente neurotóxico frente a los bichitos que atacan los cultivos. En principio, no deberían ser letales para las abejas (y otros polinizadores) pero sendos estudios publicados en 2012 en las prestigiosas revistas científicas Nature y Science demostraron lo contrario.

Estos resultados llamaron la atención de la Comisión Europea, que reclamó a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) un dictamen propio que determinó, en enero, que concretamente tres neonicotinoides están matando a las abejas europeas. La Comisión actuó en consecuencia: dos años de prohibición sobre el uso de estos insecticidas. Una decisión que Bayer y Syngenta, las multinacionales que los fabrican, han llevado a los tribunales hace tan sólo un par de semanas. Este asunto, y en general al que afecta a las abejas, supone mucho dinero en juego. Por ejemplo el de los apicultores, que cada año tienen que reemplazar las abejas caídas con otras nuevas.

Aunque los primeros en llevarse las manos a la cabeza estaban en Europa y Norteamérica, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente reconoce desde hace años que es un problema a escala global.

Y por qué debería preocuparnos a todos? El valor económico total de los polinizadores en todo el mundo asciende a 153.000 millones de euros, equivalente al 9,5% del valor de la producción agrícola mundial que se utiliza para la alimentación humana, según la FAO. Y, dependiendo de la región, las abejas se encargan de en torno a tres cuartas partes de esta labor de polinización. Sólo en España, este generoso esfuerzo genera 3.000 millones de euros anuales en favor de la agricultura, a los que sumar los 60 millones que se obtienen de la miel, según la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG).

Pero volvamos a los pesticidas.

La UE, Nature y Science tienen clara esa relación concreta entre neonicotinoides y mortalidad de abejas, pero el problema no está solucionado con prohibirlos. Ni muchísimo menos. A principios de mayo, poco después del dictamen europeo, el Departamento de Agricultura de EEUU hacía público un informe (PDF) en el que volvía a recordarnos que el abanico de agentes letales es muy amplio. Pesticidas sí, pero también parásitos, problemas de alimentación e incluso la pérdida de diversidad genética.

"No es una simple cuestión de eliminar los pesticidas", dijo May Berembaum, investigadora de la Universidad de Illinois y coatura del informe. "No hay una solución rápida", aseguró en un explícito desafío a la decisión europea, "tapar un agujero en un barco que tiene vías de agua por todas partes no va a evitar que se hunda".

Para entender la complejidad de la relación entre abejas y pesticidas, basta con asomar la nariz sobre el programa de la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Química, que se celebra esta semana en Indianápolis. El martes se dedicó una sesión especial a este asunto, en el que tan sólo se concluyó que no hay nada concluyente. Algunas ponencias descartaron que los insecticidas sean el asesino que buscamos, aunque la mayoría consideró que algunos, en determinadas circunstancias, sí influyen negativamente en la salud de las colmenas.

En Indianápolis se explicaron algunos avances en este campo: ahora se empieza a saber cómo analizar si las abejas se exponen a los pesticidas en sus viajes, qué niveles serían nocivos dentro de la colmena, cómo un plaguicida que actúa en las semillas llega a afectar a un polinizador y que las abejas de granja son más resistentes que las salvajes lo que las debería descartar para determinados análisis.

Una de las ponencias más destacables fue la del entomólogo Richard Fell, de Virgina Tech, que quiso hacer pedagogía: "Hay mucha desinformación en la prensa, sobre todo en lo que respecta a los pesticidas". "Creo que es importante hacer hincapié en que no entendemos las causas del despoblamiento de colmenas y que es probable que haya varios factores interviniendo. Además, estos factores pueden ser diferentes en distintas zonas y diferentes épocas del año", aseguró Fell. Y añadió: "Si podemos comprender mejor los factores que acaban con las abejas, podríamos aplicar este conocimiento a la protección de otras especies".

Entre las distintas plagas bíblicas que castigan a las abejas que señaló Fell apareció la Nosema, un parásito del que apenas se tenían noticias hasta hace una década. En España, donde más se sabe sobre este hongo, se detectó por primera vez en 2004 y ahora tiene enfermas a tres cuartas partes de las colmenas. Esto lo sabemos por las investigaciones del Centro Apícola de Marchamalo (Guadalajara), referencia mundial en el estudio de esta enfermedad: gracias a su trabajo, conocemos que el parásito afecta al aparato digestivo de todas las abejas, desde la reina a los zánganos, provocando su rápido deterioro.

Debilitadas, las abejas no son capaces de cumplir con sus funciones, consumiendo de tal manera a la comunidad que la colmena cae derrotada en cuanto actúa otro de los muchos problemas que afectan a las abejas. El estudio del Gobierno de EEUU ponía el acento en otro parásito bien conocido y que de nuevo muchos expertos señalan como el enemigo principal: varroa, un ácaro que debilita la colmena hasta el extremo, consumiendo larvas y provocando que las abejas alcancen menor tamaño corporal.

Muy poco se sabe todavía del resultado de un cóctel concreto de factores negativos, pero es la vía de investigación más prometedora. Un estudio reciente publicado en PLoS ONE señala que un remix de plaguicidas y funguicidas, que castigan al insecto, está facilitando las cosas al Nosema para que siga parasitando las colmenas hasta su extenuación. Parece claro, señoría, que los distintos sospechosos trabajan entre sí como cómplices o, cuando menos, como colaboradores necesarios del delito: acabar con el mayor polinizador del planeta.

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