Casi siempre es inútil: por mucho que los comensales engullan y engullan, las comidas y cenas de Navidad acaban generando gran cantidad de excedentes de alimentos. Porque hasta los estómagos más holgados tienen un límite, muchos platos suelen regresar a la cocina con parte de su contenido.

Si bien nadie duda en recurrir a los táperes para almacenar las sobras, no siempre tenemos claro el tiempo que estas pueden guardarse antes de que se estropeen (si su fecha de caducidad lo permite) y nos hagan pasar un mal rato por consumirlas.

Aunque las condiciones ideales para conservarlos coinciden en muchos casos, lo cierto es que cada tipo de alimento tiene sus particularidades. No es lo mismo guardar el queso que ha sobrado de los entrantes que el paté, el vino o los restos de un asado.

Los entrantes: del queso a los ahumados

El menú puede variar mucho, pero, en general, ciertos productos suelen protagonizar los primeros platos de una cena navideña típica. Uno de los más comunes es el queso, un alimento que puede durar bastante tiempo en buenas condiciones, siempre que se mantenga bien envuelto y en la nevera.

El moho es el principal indicador de su mal estado: en el caso de aparecer en quesos frescos, habrá que tirarlos, ya que su alto contenido de humedad permite que el moho crezca bajo la superficie y genere toxinas. Si está presente en los curados, las autoridades sanitarias aseguran que puede consumirse, siempre que la zona afectada sea pequeña y se elimine junto con sus inmediaciones (entre uno y dos centímetros alrededor).

Una vez abierto, el salmón ahumado también debe conservarse en el frigorífico, pero tiene un tiempo de vida más limitado que el queso. Lo mejor es mantenerlo dentro de su propio envase, rodeándolo con film o una bolsita hermética, para evitar que se seque y consumirlo en los tres días siguientes a su apertura.

Otra estrella de los entrantes es el paté. Este alimento puede contener bacterias del género ’Listeria’, que proliferan más fácilmente si lo dejamos fuera de la nevera y que pueden suponer un problema para personas con un sistema inmune débil o para las embarazadas. Para evitar que estos microorganismos campen a sus anchas, lo mejor es conservar los envases abiertos bien tapados o cubiertos en la nevera.

Los segundos: ¿ha sobrado carne?

Como norma general, ya hablemos de carne, pescados o verduras, las sobras de platos preparados deben congelarse o meterse en la nevera en envases herméticamente cerrados y consumirlos en un plazo de entre tres y cuatro días. Lo más recomendable es evitar que los alimentos permanezcan mucho tiempo a temperaturas de entre 5 °C y 65 °C: es el rango preferido por las bacterias. Por eso, se aconseja desechar las comidas que hayan estado durante más de dos horas fuera del frigorífico.

Lo ideal es dejar que se enfríen primero a temperatura ambiente, taparlos e introducirlos luego en la nevera o congelador. En caso de congelarlos, habrá que descongelarlos siempre en el frigorífico e ingerirlos en un plazo de 24 horas.

A la hora de recalentar los platos, también existen algunas pautas a seguir. Según la Agencia de Estándares Alimentarios de Reino Unido, no es muy aconsejable hacerlo más de una vez. Además, este organismo recomienda aplicar calor (de unos 65 °C) de la forma más homogénea posible, es decir, removiendo la comida para evitar el crecimiento de bacterias en las zonas aún frías.

Si se trata de guisos, lo mejor es llevarlos a ebullición en el fuego y para carnes y pescados, lo más adecuado es utilizar la sartén o el horno.

La bebida: vino para otro día

En cuanto a las bebidas, si bien el alcohol actúa como un conservante, su calidad y propiedades como el sabor pueden verse alteradas con el tiempo. Si dejamos un vino abierto, el oxígeno del aire reaccionará con algunas de sus compuestos químicos, como los polifenoles, produciendo una pérdida de los tonos afrutados.

Estos cambios de sabor pueden observarse en tan solo un día, pero los vinos rosados guardados en la nevera pueden mantener su calidad durante una semana. Los tintos y los blancos envejecidos en roble, sin embargo, tienden a oxidarse más rápidamente. Por eso, se conseja beberlos entre tres y cinco días después de abrirlos, siempre que se almacenen en un lugar fresco y oscuro. El champán, por su parte, pierde sus características burbujas en solo uno o dos días.

El postre: de natillas al turrón

Y, al fin, hemos llegado a los postres. Las tartas con crema y las natillas constituyen un medio perfecto para que crezcan bacterias. Por eso, la mejor forma de conservar estos deliciosos dulces es taparlos bien o meterlos en un recipiente hermético, guardarlos en la nevera y consumirlos en un plazo de dos o tres días. Y lo mismo se aplica a otras recetas típicas, como el roscón de Reyes.

En cuanto a los turrones, el aceite de la almendra ayuda a su conservación. Sin embargo, una vez abiertos, lo recomendable es guardarlos en su mismo envase cubiertos con un film transparente o una bolsa hermética y almacenarlos en un lugar fresco y seco. Aunque aguantan bastante en buenas condiciones, pueden ir perdiendo sabor y otras propiedades con el tiempo.

Por suerte, ninguna de las casi siempre demasiado abundantes sobras de Navidad dura meses. De ser así, no habría manera de perder los kilos de más que tanta comida nos ha hecho subir.