Tiritonas, dolor de oídos o piel reseca son solo algunos de las consecuencias que el frío característico de esta época del año tiene en nuestro cuerpo. No ocurre lo mismo con los catarros y gripes: la causa de estas enfermedades no son las bajas temperaturas, sino la gran cantidad de virus que se concentran en los espacios cerrados donde nos refugiamos.

Sin embargo, a pesar de que el organismo humano no parece tolerar muy bien las bajadas del mercurio, hay personas que viven en regiones de la Tierra tan inhóspitas como Siberia o Groenlandia. Por supuesto, abrigos, calefacciones, estufas y chimeneas nos ayudan a capear el frío, pero el cuerpo también dispone de sus propios mecanismos para combatirlo y para aclimatarse.

Distintas investigaciones han demostrado que, si no tuviéramos tantos medios para resguardarnos, podríamos habituarnos (hasta cierto punto) a las bajas temperaturas.

Por un lado, el organismo pone en marcha respuestas a corto plazo: la vasoconstricción (estrechamiento de los vasos sanguíneos), el temblor muscular y el aumento del ritmo cardíaco reducen la pérdida de calor y aumentan la producción de calor metabólico.

Por otro lado, y aunque depende de cada persona, el cuerpo humano tiene la capacidad de llevar a cabo una serie de ajustes internos para adaptarse a la exposición al frío a largo plazo. Unas modificaciones que, a su vez, podemos potenciar o limitar según nuestras costumbres y comportamientos.

El secreto está en la grasa

En esa adaptación duradera entra en juego la conocida como grasa parda, que desempeña un papel importante en la regulación energética del cuerpo y, por tanto, en la producción de calor como respuesta a la exposición prolongada al frío.

Así, las bajas temperaturas activan este tipo de tejido graso, cuyo funcionamiento varía estacionalmente. Si bien la grasa parda es especialmente abundante en los recién nacidos —que carecen de masa muscular suficiente para tiritar—, desaparece con la edad.

No obstante, se han encontrado evidencias de que los adultos pueden conservar una pequeña parte de estos tejidos en un área alrededor del cuello y la zona superior de la columna vertebral o, incluso, generarlos como consecuencia de la exposición al frío.

La localización de estos almacenes es un factor importante. Uno de los mecanismos que utiliza el cerebro para monitorizar la percepción de la temperatura es el flujo de sangre que le llega a través del cuello. La sensibilidad de esta zona es el motivo por el que utilizar una simple bufanda nos proporciona una gran sensación de calor o aplicar sobre ella un paño húmedo puede calmar rápidamente los sofocos estivales.

Según los expertos, como respuesta a una exposición regular al frío, es posible que se activen estos tejidos y se generen más células de grasa parda en esta parte del cuerpo para mantenernos confortables aún a bajas temperaturas.

El cuerpo responde al frío tanto con cambios a corto plazo como a largo plazo | Free-Photos/Pixabay

Por qué es positivo pasar un poco de frío

En los años 60, investigadores de la Armada estadounidense comprobaron que una decena de jóvenes que pasó ocho horas al día a 10°C durante un mes acabó por habituarse al frío. La mayoría dejó de tiritar después de dos semanas.

Otros estudios de expertos finlandeses y británicos también sugieren que los mecanismos del cuerpo humano resultan efectivos para aclimatarse a las bajas temperaturas. La misma conclusión a la que han llegado más recientemente un equipo de científicos también de la Armada estadounidense y los autores de otro trabajo realizado Lituania.

Después de 20 días sometidos a baños de agua a unos 14°C, los participantes en este último estudio también dejaron de temblar, sus vasos sanguíneos dejaron de estrecharse y la temperatura de su piel disminuyó mucho menos en respuesta al frío.

Normalmente (más allá de las condiciones impuestas en estudios científicos), las calefacciones, la ropa de abrigo y las bebidas calientes que solemos consumir, entre otras cosas, impiden que nuestro cuerpo se acostumbre de la misma manera a las condiciones invernales.

Aunque pasar frío no es plato de buen gusto, no encender la calefacción demasiado, pasar más tiempo en la calle o no abrigarse mucho durante algunas horas al día podría ayudar al cuerpo a habituarse a las bajas temperaturas.