La frase “tómatelo rápido, que se le van las vitaminas” es todo un tópico de la cultura hogareña. Suele ir asociada a cualquier tipo de jugo de frutas, pero especialmente al de naranja. Un apremio generalmente utilizado por las madres para animar a sus hijos a aprovechar todas las propiedades de la bebida (y de paso meterles prisa con el desayuno).

Una de esas volátiles vitaminas abundante en los cítricos, la que lleva por apellido la letra C (el ácido ascórbico), también carga con un tópico: se le atribuye la facultad de prevenir e incluso curar el catarro.

Nadie niega que esta sustancia sea necesaria para el organismo, pero cuando un equipo de científicos finlandeses intentó demostrar su capacidad para luchar contra el resfriado, solo detectaron cierto efecto anticatarral en personas que hacían ejercicio físico intenso.

Pero tampoco hay que desesperar, ni dejar todo el trabajo a los medicamentos. Existe un químico que sí puede ayudarnos a combatir esa enfermedad tan habitual como molesta. Se trata del zinc, un oligoelemento que interfiere en el ciclo de vida de los virus responsables del resfriado común, los llamados rhinovirus.

Además de participar en la actividad de un centenar de enzimas, el zinc media en la síntesis de proteínas y el ADN y contribuye al correcto funcionamiento del cerebro.

Las células lo necesitan para desarrollarse y cumple un papel esencial en el sistema inmune del cuerpo. Por eso, forma parte de muchos de los remedios anticatarrales que venden en las farmacias.

El zinc contribuye al buen funcionamiento del sistema inmune. | Traci Lawson/Flickr

Aun así, no ha sido fácil verificar su eficacia para aliviar el malestar.

Dos trabajos publicados en 2011 examinaban los resultados de estudios anteriores porque “los ensayos realizados desde 1984 para investigar el efecto del zinc en los síntomas del resfriado han obtenido resultados contradictorios”, justificaba uno de ellos. El mismo concluía que “el zinc administrado durante las 24 horas siguientes a la aparición de los signos reduce la duración y severidad del resfriado común”.

Y según los resultados del otro análisis, la influencia del zinc en la persistencia de la enfermedad depende en gran parte de la proporción administrada: “Se observan beneficios con dosis altas [los catarros duraban hasta un 42 % menos con suplementos de más de 75 miligramos] pero no con bajas”.

Una deficiencia de este mineral en el organismo puede afectar al funcionamiento de las células del sistema inmune encargadas de luchar contra virus y bacterias, como los linfocitos T.

Desde la Universidad de Harvard aconsejan tomar entre 15 y 25 miligramos de zinc al día, aunque los Institutos de Salud estadounidenses recomiendan una dosis un poco más baja: 11 miligramos diarios para los hombres adultos y ocho para las mujeres.

El secreto está en la dieta

Claro que tampoco conviene pasarse, pues un exceso puede provocar el efecto contrario e interferir negativamente en los mecanismos de defensa del cuerpo. Así que antes de lanzarte a comprar suplementos alimentario, deberías saber que una dieta adecuada puede surtirte de todo el zinc que necesitas.

Entre los alimentos ricos en este oligoelemento, las ostras se llevan la palma (son las que mayor proporción contienen), aunque la carne roja y el pollo, más habituales en nuestro menú diario, también proporcionan una buena dosis. También puedes recurrir a los frutos secos, lácteos y crustáceos como los cangrejos y langostas.

Por otro lado, los alimentos de origen vegetal que poseen fitatos, como el pan integral, los cereales y las legumbres, dificultan la absorción del zinc. Así que, a pesar de tener cierta concentración del mineral, está menos disponible para el organismo.

Después de los recientes banquetes navideños, cargados normalmente de langostinos y no de pan integral, muchos habrán empezado el 2017 con las reservas de zinc al 100%. Algo de bueno tenían que tener las comilonas: este enero no habrá resfriado que se nos resista.