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12 DE FEBRERO: DÍA DE DARWIN

La contagiosa barba de Darwin

La evolución por selección natural fue una de las ideas científicas más relevantes de la historia de la ciencia, una idea que sedujo en primer lugar a muchos de los allegados a Charles Darwin. Sin embargo, no sólo las ideas pueden contagiarse, como pudo comprobar el botánico estadounidense Asa Gray.

Charles Darwin

Wikimedia Charles Darwin

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Rafael Medina | @copepodo | Madrid
| 12.02.2015 02:08

Para los científicos, estar en contacto permanente con el resto de la comunidad investigadora es un requisito imprescindible para realizar su trabajo. Ninguno de ellos es completamente independiente o puede trabajar aislado de lo que hacen los demás. Hoy en día, esa conectividad es más fácil que nunca y lo normal es que los científicos más activos reciban y respondan diariamente docenas de correos electrónicos de colegas en todo el mundo con los que comparten ideas e hipótesis.

Sin embargo no hay que olvidarse que esta dinámica no responde sólo a las posibilidades que nos brinda internet, sino que es la continuidad de una costumbre que los hombres y mujeres de ciencia llevan practicando, literalmente, siglos.

El 12 de febrero, la comunidad científica celebra el aniversario del nacimiento de Charles Darwin, una excusa como cualquier otra para echar la vista atrás y reflexionar sobre cómo se hacía ciencia en el siglo XIX y reconocer que, pese a todo, hay cosas que nunca cambian, y que a fin de cuentas detrás de los nombres más sonados de la historia de la ciencia había personas de carne y hueso. La anécdota que nos ocupa sirve para ilustrar esta realidad.

Charles Darwin sólo realizó un gran viaje  a lo largo de su vida: el del Beagle alrededor del mundo cuando aún era un veinteañero, por ejemplo. Su verdadera producción científica (sus tratados sobre las orquídeas, los cirrípedos, los arrecifes de coral, y, por supuesto, sobre la selección natural) la llevó a cabo sin apenas moverse de su residencia en Kent (Inglaterra), casi siempre sin estar siquiera físicamente presente en los círculos académicos londinenses.

Sin embargo, el intercambio de información que llevaba a cabo con cientos de personas por todo el mundo era frenético. Los archivos de la correspondencia de Darwin recogen los miles de intercambios sobre los detalles más insospechados de criadores de palomas, botánicos, exploradores y naturalistas. Hay que recordar que fue justamente esa auténtica red de información la que hizo posible, en el caso de Darwin en particular, la acumulación de datos suficientes para fundamentar su 'Origen de las especies'.

El botánico estadounidense Asa Gray, antes de su viaje a Europa de 1868

Una de las personas con las que Darwin estuvo en contacto por carta y que resultó más influyente durante el desarrollo de su teoría de la evolución fue el botánico estadounidense Asa Gray. Gray inició su carrera como médico, pero abandonó pronto la medicina para acabar dedicándose en exclusiva a la botánica, trabajando la mayor parte de su vida en la universidad de Harvard.

A él se debe, por ejemplo, el descubrimiento de que la flora del este de Estados Unidos es sorprendentemente similar a la del este de Asia (mucho más que a la del oeste de Norteamérica, a pesar de estar mucho más cerca). Este dato desencadena a su vez una serie de preguntas sobre la variación de las especies y los factores que explican su distribución, preguntas que interesaban mucho a Darwin mientras 'rumiaba' su teoría.

Durante los años 50 (del siglo XIX), Darwin y Gray intercambiaron multitud de cartas que les llevaron a profundizar sobre la naturaleza y variabilidad de las especies y a estrechar una sincera amistad. Gray se convirtió en la tercera persona en el mundo en tener conocimiento de las ideas de Darwin, justo un año antes de que Alfred Wallace entrara en escena, acelerando la publicación conjunta de la selección natural.

Gray estaba convencido de que las especies no eran inmutables, y fue el gran defensor del darwinismo en Estados Unidos, pese a no compartir por completo las ideas del científico inglés. Sin embargo, Darwin siempre tuvo un enorme respeto por la interacción con Gray, incluyendo sus críticas, de hecho llegó a decir que nadie en el mundo entendía tan bien sus puntos de vista como el botánico americano.

Gray, tras conocer a Darwin

Manteniendo esta relación epistolar tan especial, no debe sorprendernos que cuando Gray viajó a Europa en 1868, le hiciera una visita a su estimado amigo. Para dos personas con tanta afinidad que, sin embargo, se conocían básicamente a través de sus cartas, tuvo que ser un encuentro memorable.

Gray se llevó varias cosas de esa visita: además de poder conocer en persona a su amigo y colega, le impresionó mucho ver cómo trabajaba. Acostumbrado a los recursos materiales y humanos de Harvard, ver la austeridad de las herramientas de Darwin en su hogar-laboratorio (con su jardín e invernadero, pero poco más) le resultó asombroso: Darwin era capaz de afrontar las grandes preguntas de la naturaleza “armado” sólo con una paleta.

Lo último que llevó consigo nos habla precisamente de esa dimensión personal de los científicos ilustres que a menudo se olvida: a su regreso a Estados Unidos, Gray se dejó crecer una tupida y respetable barba blanca, como la de su amigo Charles. No sólo las ideas científicas pueden ser seductoras.

 

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