El pasado lunes por la mañana la Policía descubría en un lujoso inmueble de la madrileña calle de Serrano los cadáveres de dos mujeres y un hombre. Horas después, el Grupo V de la Brigada de Policía Judicial resolvía el puzle: el varón había matado a las dos mujeres y se había suicidado. Él, Fernando González de Castejón y Jordán de Urríes, marqués, conde y grande de España. Ellas, su esposa y una amiga de la familia. Crimen machista, víctima colateral y suicidio. Un clásico. La historia tristemente repetida. Pero esta vez había un componente añadido, el efecto Los ricos también lloran, como dice mi compadre Luis Rendueles. Los hechos no habían sucedido en un barrio obrero o en una casa con estrecheces, sino en un enorme piso del barrio de Chamartín. La esposa asesinada no era una mujer sin recursos, dependiente de su maltratador, sino que era una empresaria que acababa de regresar de París. Los medios y el público diseccionaron –diseccionamos– las vidas de los protagonistas, quizás para cerciorarnos no sin cierto regocijo algo culpable de que las tragedias, las peores pasiones y la maldad alcanzan a todas las clases sociales. Hasta a los grandes de España.

Lo ocurrido esa madrugada sólo lo saben los protagonistas del crimen y ninguno sobrevive para contarlo. Nunca conoceremos los motivos, los detonantes, la secuencia exacta de los hechos. Sí hemos conocido –o creemos conocer– el comportamiento del asesino semanas, meses y hasta años antes. Ahora todos los vecinos habían tenido problemas con él, toda la nobleza española sabía de su desequilibrio, toda su familia había padecido su ira… Otro clásico. Lo cierto es que el responsable de los crímenes sólo tenía dos denuncias –de 2009 y de 2018– de sus familiares. Ni uno solo de esos vecinos que andan contando que disparaba en el patio o que agredió a uno y a otro comunicó nada a la Policía. Así que todo queda en el terreno de la rumorología, tan fértil en tragedias como ésta.

Lo único cierto es que una niña se ha quedado huérfana y dos mujeres murieron asesinadas. Y que mientras todos nos asomábamos a la mirilla del piso de la calle Serrano en la Audiencia Provincial de Valencia se juzga a un asesino en serie. Pero sólo mataba putas.