Los trastornos de la depresión o la ansiedad no solo generan sufrimiento psicológico, sino que impactan de forma directa en la vida familiar y social, deterioran la salud física y suponen un elevado coste para los sistemas sanitarios. En este contexto, el ejercicio físico está ganando reconocimiento como una herramienta terapéutica complementaria e incluso, en algunos casos, comparable a los tratamientos tradicionales basados en psicoterapia y fármacos.
Una intervención eficaz
Diversos estudios científicos señalan que la actividad física regular puede reducir los síntomas de depresión y ansiedad al actuar sobre mecanismos biológicos y psicológicos. El ejercicio favorece la liberación de neurotransmisores como las endorfinas, la serotonina y la dopamina, asociados al bienestar emocional, y contribuye a regular el estrés, la inflamación y la respuesta hormonal al cortisol.
Además, la práctica deportiva mejora la calidad del sueño, la autoestima y la percepción de autoeficacia, factores clave en personas con trastornos del estado de ánimo. En muchos casos, la incorporación de rutinas de actividad física supervisadas forma parte ya de las recomendaciones clínicas, especialmente en cuadros leves y moderados, donde puede potenciar la eficacia de la terapia psicológica.
Una herramienta accesible y preventiva
Los expertos subrayan que no se trata de sustituir tratamientos psicológicos o farmacológicos cuando son necesarios, sino de integrarlos con estrategias que potencien la recuperación. Caminar a paso ligero, realizar entrenamiento de fuerza o practicar actividades aeróbicas varias veces por semana puede tener un impacto significativo en la reducción de síntomas, siempre adaptado a la condición física y al estado emocional de cada persona.
Más allá del tratamiento, el ejercicio también cumple un papel preventivo. Mantenerse físicamente activo se asocia con un menor riesgo de desarrollar trastornos depresivos y ansiosos, especialmente en contextos de estrés prolongado o cambios vitales importantes. La constancia parece ser uno de los factores determinantes, más allá de la intensidad o el tipo concreto de actividad.
Los especialistas destacan, además, que el ejercicio introduce estructura en la rutina diaria, favorece la socialización cuando se practica en grupo y proporciona objetivos alcanzables que refuerzan la motivación, aspectos especialmente relevantes en personas con apatía o aislamiento social.
En un momento en el que la salud mental ocupa un lugar central en la agenda sanitaria, el ejercicio físico emerge no solo como un hábito saludable, sino como una intervención con respaldo científico capaz de mejorar el bienestar emocional, reducir la carga asistencial y contribuir a una mejor calidad de vida a largo plazo.