La fascinación por el primer contacto no es nueva. De hecho, forma parte casi fundacional de la ciencia ficción moderna. Desde que H.G. Wells imaginara invasiones marcianas en La guerra de los mundos, el relato ha oscilado entre dos extremos: el miedo a lo desconocido y la esperanza de no estar solos. Y en ese vaivén emocional se han movido tanto el cine como la literatura, construyendo un imaginario colectivo que, en el fondo, habla más de nosotros que de ellos.

Cuando pensamos en extraterrestres, en realidad estamos proyectando nuestras propias inquietudes

Porque cuando pensamos en extraterrestres, en realidad estamos proyectando nuestras propias inquietudes. En los años de la Guerra Fría, los alienígenas eran invasores, reflejo del miedo a lo externo, a lo diferente, a lo que podía destruir nuestro modo de vida. En cambio, en otras épocas, han sido figuras casi espirituales, portadores de conocimiento o incluso de redención.

Spielberg marca el camino

Ahí es donde Encuentros en la tercera fase marcó un punto de inflexión. Steven Spielberg no solo planteó el contacto, sino que lo convirtió en algo casi místico. Esa comunicación a través de notas musicales no era solo un recurso narrativo brillante —apoyado por la música del eterno John Williams—, sino una idea poderosa: quizá el lenguaje humano no sea suficiente, y tengamos que recurrir a algo más universal. Luego con E.T. el extraterrestre removió los corazones de medio mundo imaginando algo mucho más íntimo: la amistad inquebrantable entre un niño y un ser de otro planeta

'Encuentros en la tercera fase' marcó un punto de inflexión. Spielberg convirtió el contacto en algo casi místico

Décadas después, La llegada llevó la premisa de Encuentros en la tercera fase mucho más lejos. La película de Denis Villeneuve no solo plantea la dificultad de comunicarse con una especie alienígena, sino que convierte el lenguaje en el núcleo del conflicto. Entender a los otros implica, también, cambiar la forma en la que entendemos el tiempo, la realidad y a nosotros mismos. Pocas veces el primer contacto ha sido tan íntimo y tan transformador.

Y luego está Contact, probablemente la obra que mejor equilibra ciencia, emoción y filosofía. Basada en la novela de Carl Sagan, plantea un encuentro que no pasa por la invasión ni por la amenaza, sino por la curiosidad. ¿Y si el primer contacto no fuera una guerra ni una revelación divina, sino una conversación? ¿Y si lo importante no fuera lo que ellos son, sino lo que nosotros estamos dispuestos a creer?

Cooperar y ayudarse

La literatura reciente también ha retomado esta idea con fuerza. Andy Weir, con Proyecto Hail Mary —aquí adaptada al cine como Proyecto Salvación—, plantea un encuentro desde la cooperación. Dos especies diferentes, en dos extremos del universo, obligadas a entenderse para sobrevivir. De nuevo, el contacto no como choque, sino como alianza.

Es interesante cómo, a medida que avanzamos como sociedad, nuestras historias sobre extraterrestres se vuelven menos violentas y más complejas. Ya no basta con imaginar platillos volantes como en Mars Attacks! y rayos destructores como en Independence Day. Queremos saber cómo sería ese primer gesto, esa primera palabra, esa primera decisión que marcaría el futuro de ambas especies.

A medida que avanzamos como sociedad, nuestras historias sobre extraterrestres se vuelven menos violentas

Y en ese sentido, el cine y la literatura funcionan casi como un laboratorio emocional. Ensayamos escenarios, probamos respuestas, exploramos miedos y deseos. ¿Nos defenderíamos? ¿Intentaríamos comunicarnos? ¿Seríamos capaces de confiar? La respuesta, como al principio, sigue sin estar clara.

Pero quizá por eso seguimos mirando al cielo. Y seguimos contando historias. Porque mientras no tengamos una respuesta real, la ficción seguirá siendo el mejor lugar para imaginarla.

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