
Manuel Vilas
Editorial: Destino
Año de publicación original: 2026
Ir a Islandia como una ilusión. Como ese viaje —que además haces con tu mujer, tu hijo y su novia— al que le tienes tantas ganas que parece que no va a llegar nunca. Y no va a llegar nunca. Porque dos días después de pagar el billete del crucero que os llevará a la tierra del fuego y el hielo, Ada, tu mujer, te dice por teléfono: "Ya no estoy enamorada de ti". BUM. Tu vida estalla. Salta por los aires. Pero no es tu vida. Es la de Manuel Vilas.
En Islandia, Vilas vuelve a hacer lo que mejor sabe: convertir su biografía en materia literaria y su intimidad en un artefacto narrativo que interpela, incomoda y a veces avergüenza por su desnudez. Si en Ordesa el duelo era filial y en Alegría se mezclaban éxito y vacío, aquí el foco es el derrumbe sentimental. Un divorcio contado sin red, sin metáforas piadosas, sin la intención de quedar bien.
Se me ha roto el amor
Islandia no es solo la crónica de una ruptura. Es el relato obsesivo de quien no acepta la frase que lo cambia todo: "ya no estoy enamorada de ti" se convierte en un eco que atraviesa cada página y que reorganiza el pasado y lo reescribe. El narrador revisita escenas, gestos, viajes, silencios. Busca la grieta que no vio, el momento exacto en que el amor empezó a evaporarse. Y es en ese ejercicio —a medio camino entre la confesión y la autopsia— donde esta novela adquiere su verdadera potencia.
Hay algo casi infantil en su resistencia a asumir la separación. Una fe irracional en que todo puede revertirse si se piensa lo suficiente, si se recuerda con la intensidad adecuada, si se reconstruye el pasado con precisión quirúrgica. Islandia, ese viaje cancelado en un principio —que al final acaban realizando— se convierte durante buena parte de la novela en un símbolo de lo imposible. El lugar al que ya no se llegará, la experiencia que solo existirá en su imaginación.
'Islandia' no es solo la crónica de una ruptura. Es el relato obsesivo de quien no acepta que lo han dejado
Por eso, cuando ella accede a ir —porque es cierto que era una putada dejarle solo dos días después de haber pagado los billetes— la novela quiere abrazar algo de luz, quiere enseñarnos que dos personas pueden seguir siendo amigas tras haberse amado como nadie lo ha hecho y que ahora, ese desamor mute hacia algo más sano. En algo duradero.
Pero la cabra tira al monte y, a pesar de esa pequeña luz, Manuel Vilas sigue empecinado en lo mismo. En su pérdida, en la negación del amor, en una relación que reconoce que dejó ir, pero de la que ahora le es imposible desprenderse. Porque el libro funciona también como un ajuste de cuentas del propio mito vilasiano, El autor que se ha convertido en personaje, el escritor que ha hecho de su "yo" una marca reconocible, se enfrenta aquí a su mayor fracaso privado.
¿Y ahora, qué?
Lo que más impacta es que lo hace sin imposturas, mostrando fragilidad, dependencia afectiva, miedo a la soledad en la madurez. No hay heroicidad en el abandono. Hay desamparo. La prosa es tremendamente reconocible y combina esa épica doméstica que caracteriza a Vilas con ráfagas de un humor involuntario y una lucidez que a veces roza la crueldad consigo mismo. Se pregunta qué queda cuando el amor termina. Se pregunta, sobre todo, quién es él sin esa mujer a su lado.
Se pregunta qué queda cuando el amor termina. Se pregunta, sobre todo, quién es él sin esa mujer a su lado
La parte final de la novela es particularmente dolorosa. El narrador imagina futuros posibles. Se proyecta en diferentes escenarios en los que Ada ya no está. Se ve envejeciendo solo, habitando casas vacías, convirtiéndose en un recuerdo para otros. Explora variantes de su futura vida como quien se prueba trajes que en realidad no quiere ponerse.
Incluso tiene la osadía de usar el viaje a Islandia como hipotético marco para la vuelta del amor, la reconciliación y el reconocimiento de una decisión —por parte de ella— precipitada y equivocada. Así es la imaginación, el deseo frustrado y el egoísmo del yo: crea castillos en el aire. Este único horizonte compartido quiere funcionar como una brizna de esperanza para él, pero también como la prueba de que los deseos no tienen la fuerza suficiente para alterar la realidad.
Desgarrado
En esa imaginación obstinada que se niega a clausurar el amor, Islandia encuentra su verdad más incómoda. Porque la novela no trata de superar una ruptura, sino de resistirse a ella. De no aceptar que hay viajes que se cancelan para siempre. De no entender que, a veces, escribir es la única forma de seguir conversando con quien ya no está.
La novela no trata de superar una ruptura, sino de resistirse a ella
Y Manuel Vilas, fiel a su poética de la exposición total, ha decidido contar al mundo que lo han dejado. No para dar lecciones, no para erigirse en portavoz del desamor, sino para registrar el temblor de un hombre que ama y todavía no sabe qué va a hacer después.
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