
Natza Farré
Traducción: Gemma Deza Guil
Editorial: Sexto Piso
Año de publicación original: 2026
"Entre la sobredosis y el sida, no era fácil morir de viejo si te habías enganchado a la vida de los ochenta", escribe Natza Farré mientras tú, lector, te rompes. Y te pasará varias veces en lo que dure la lectura de La última vez que te digo adiós. Te romperás desde un lugar extraño, casi con pudor, porque no es lo que pretende la autora. Farré no apela al corazón, sino a las entrañas, no busca la ternura, sino la rabia, la misma con la que ella ha tenido que convivir desde que su hermano se metió el primer pico.
Farré no apela al corazón, sino a las entrañas, no busca la ternura, sino la rabia
Natza Farré es la menos de seis hermanos, tres chicos y tres chicas, en una familia numerosa cuyo padre de familia es un médico con despacho propio en la Barcelona de los 70. Ante los ojos de esta niña, España pasa de ser una dictadura a una democracia en la que muchos jóvenes, tan pronto empezaron a vivir fuera de la dictadura, encontraron la forma de matarse lentamente. Uno de ellos es su hermano —el menor de los tres chicos y al que más se parece, músico, sensible e inteligente— que pondrá la vida de la familia del revés.
A través de retazos de su memoria, la autora exorciza los demonios de su infancia y juventud al lado de un hombre al que no puede dejar de querer, pero necesita odiar por todo lo que ha ido rompiendo a su paso. Y a través de su experiencia personal, esta guionista, periodista y escritora —mujer de letras— retrata a una generación jodida por la heroína, una droga que se metió tan a dentro en el ADN de los españoles, tuvieran o no un caso cerca, que incluso cambió nuestro arte y la convivencia.
Una generación perdida
Dice Farré que los ochenta fueron una mierda y no se puede no estar de acuerdo. Por mucho que algunos se empeñen en romantizarlos, a lo que quizá contribuyó el cine quinqui, no hay nada romántico en los cristales de cuatro dedos de grosor en las farmacias, en las jeringuillas ensangrentadas en los parques ni en las vidas que se rompieron.
Mirar a todos lados antes de sacar dinero, mirar por donde se pisaba para recoger la pelota que se había colado en el jardín o entrar con cautela en el portal de tu casa solo fueron algunas de las costumbres que adoptamos los españoles, los afortunados que no tuvimos un caso en la familia.
Quienes si lo tuvieron, como cuenta Farré, aprendieron a no tener objetos de valor en casa a la vista, se guardaban en una caja fuerte en el armario. Como aprendieron a dar oportunidades y callar, porque de esto no se hablaba. Pocas familias hablaban abiertamente de que tenían un adicto en casa. Y todo eso, como se descubre en las páginas de La última vez que te digo adiós, si era mucho para un adulto, quizá era demasiado para una niña.
Dice Farré que los ochenta fueron una mierda y no se puede no estar de acuerdo
Las últimas memorias que leí en torno a la heroína fueron Mi prima Maria Schneider, escritas por Vanessa Schneider, a quien pudimos entrevistar aquí. En estas había mucho dolor también, cómo no haberlo, pero el lugar desde el que se contaban era totalmente opuesto al elegido por la autora que nos ocupa hoy.
Vanessa Schneider hablaba desde la fascinación por su prima, la actriz, a la que veía en la gran pantalla y con la que luego disfrutaba en casa de sus aventuras y sus promesas de recuperación. Había algo hermoso en las memorias de esta joven sobre su prima que, desde luego, no está en las de Farré sobre su hermano.
Belleza en lo cotidiano es lo que también describía Alana S. Portero en algún pasaje de La mala costumbre, aquel debut prodigioso que la ha catapultado al olimpo de la literatura contemporánea. Heroína, gentes de extrarradio y años ochenta, en su caso para contar una historia de crecimiento, la de una niña trans que debe habitar un cuerpo que nadie le ha enseñado cómo hacerlo. La de Natza Ferré también es una historia de crecimiento, la suya propia que se parece a la de tantos otros.
Pocas familias hablaban abiertamente de que tenían un adicto en casa
Yo, como ella, era en aquella época un niño que veía las cosas de los adultos con tal ingenuidad que solo ahora me doy cuenta de algunas cosas que viví. Recuerdo al Míguel, mi vecino de arriba, del que mi madre comentaba lo amable y guapo que era hasta que cayó en la heroína. "Si te veía con la compra, te ayudaba a llevarla casa", decía. Luego ya no. El recuerdo que tengo del Míguel es el de un muchacho que se quedaba dormido en el felpudo de mi casa con el pico puesto y al que teníamos que saltar para entrar en casa con cuidado para no despertarlo. "Pobrecita su madre", solía decir la mía.
El Míguel un día le robó a un vecino en casa. Le metió dentro una noche de frío en la que sus padres no le dejaron entrar en la suya porque sabían lo que se venía. El Míguel robó al vecino algo de dinero y un reproductor VHS. Cuando llamó a la policía para denunciar y poder cobrar el seguro, los vecinos se pusieron de acuerdo para describir a otro tipo. Nadie delató al Miguel, no por él, por sus padres.
Un monstruo viene a verme
Los padres del Míguel solían venir a mi casa para hablar con mi madre. Le contaban que otra vez la policía les había llamado, que ojalá un día les llamaran para decirles que se lo habían encontrado muerto. Un día, su sueño se cumplió. Cuento todo esto porque todo esto me ha removido al leer La última vez que te digo adiós y, como Farré, necesitaba soltarlo.
Connor es un niño inglés cuya madre se muere de cáncer y al que cada noche, a la misma hora, un tejo monstruoso viene a visitarle y lo hará hasta que le cuente su terrible secreto, el que tanto le atormenta y no le deja vivir. Connor desea que su madre, enferma, muera de una vez y deje de sufrir. Desear la muerte de un ser querido es una de las mayores torturas que uno puede sufrir. Y sé de lo que hablo.
Desear la muerte de un ser querido es una de las mayores torturas que uno puede sufrir.
Connor es el protagonista de Un monstruo viene a verme, la novela juvenil de Patrick Ness que J. A. Bayona llevó al cine. "Y cuando te mueras pensaré en todas las veces que he deseado que te murieras, y lloraré porque es tu vida lo que me pone triste, no tu muerte", cuenta Farré. Ella no necesita que ningún monstruo la visite cada noche.
Escribe Natza Farré que ha necesitado mucho tiempo para escribir estas memorias y que aunque sabía que no estaba sola, no era consciente de que fueran tantos los hermanos que tuvieron que pasar lo mismo que ella. Asegura que desde su publicación, primero en catalán, ahora en castellano, son muchas las personas que se han acercado a ella para contarle sus historias, llorar o darle las gracias. "Me di cuenta, entonces, de que yo me había sacado un peso de encima y, al mismo tiempo, había liberado un poco a muchos", escribe.
Asegura que desde su publicación son muchas las personas que se han acercado a ella para darle las gracias
Estas memorias te remueven y te sacuden incluso cuando utiliza el humor y la ironía o precisamente por eso. El humor de quien ya puede reírse de todo porque ya ha llorado lo suficiente. Como ese día, perdonad la intromisión de nuevo, que le pregunté a otra vecina por su hijo, también heroinómano rehabilitado. "Se aburre mucho, porque todos sus amigos están casados o muertos". Se rio, nos reímos. Qué hacer si no. Reír por no llorar, reír como forma de abrazar. Me río contigo porque te entiendo y ojalá este abrazo que te estoy dando pudiera arrancarte de cuajo toda la mierda vivida.
Lloras al imaginar en la vida de un solo hombre el dolor de toda una generación y aun deseando que este libro no hubiera tenido que ser escrito nunca, no queda otra que rendirse a los pies de su autora, generosa por compartir todo lo vivido y hacerlo de una forma tan exquisita. Porque, ante todo, La última vez que te digo adiós es un grandísimo libro. De lo mejor que van a leer este año. Hágannos caso.
Sigue el canal de Ahora Qué Leo en WhatsApp para estar al tanto de todas nuestras reseñas, reportajes y entrevistas.
