
Verónica Sanz
Editorial: Planeta
Año de publicación original: 2026
Por César G. Antón
Gente bien te recibe con una mentira preciosa. Los primeros capítulos ruedan con un ritmazo de sobremesa cara: sábanas de cuatrocientos hilos, colegio británico, coches que valen más que un piso entero en Usera y cuatro mamis ricas sosteniendo el decorado de sus vidas perfectas. Piensas que vas a leer una comedia amable de pijas de Pozuelo atormentadas.
Una escort dominicana de belleza imposible es la gota de aceite que lo contamina todo
Un 'Big little lies' donde el personaje más noble es una dermatóloga que ha dejado de curar hongos en los pies a pensionistas en La Paz para forrarse pinchando bótox a sus nuevas amigas de La Finca. Ese es el techo moral del lugar. Ya te puedes imaginar el sótano.
Y el sótano llega. Bajamos por las sinuosas curvas de una escort dominicana de belleza imposible con una historia sórdida detrás, es la gota de aceite que lo contamina todo, la intrusa que se atreve a poner un pie en el mundo dorado hasta resquebrajarlo.
Ver el barro a través de un prisma
Entonces pasa lo mejor del libro. Crees que llevas en el regazo un bolso de Louis Vuitton lleno de sátira, de humor fino y de ropa de marca. Metes la mano para buscar el pintalabios y la sacas llena de barro, de mugre, de bilis, de odio. El cuero de lujo era solo la funda.
Debajo hay una novela sucia y oscura, un noir madrileño con su paisaje y una fauna muy concreta: la depredadora. Porque este Madrid, el de las urbanizaciones con garita y el de los descampados con navaja, se rige por una sola ley, la que Sanz clava de pórtico citando a Tácito: para quien ambiciona el poder no existe término medio entre la cumbre y el precipicio.
'Gente bien' es coral, sin protagonista. Un prisma. Cada capítulo es una cara distinta del mismo cristal
Y ahí asume la autora su mayor riesgo. Gente bien es coral, sin protagonista. Un prisma. Cada capítulo es una cara distinta del mismo cristal, y desde los ojos de cada personaje vemos la misma historia deformarse, cambiar de color, enseñar otro colmillo.
Renunciar a un protagonista es una temeridad, más todavía en una primera novela, donde lo normal es agarrarse a una sola voz como a un flotador. Sanz hace lo contrario: lanza todas las bolas al aire a la vez —Elena, Minerva, Betty, Irina, Daisy, los maridos, el patriarca, el barrio— y las mantiene girando a toda velocidad sin que se le caiga ninguna. Un número de malabares ejecutado con una sangre fría que no se les supone a los debutantes.
Un noir terriblemente entretenido
Y esa es la otra sorpresa, la que de verdad importa. No es normal que una ópera prima esté tan bien construida, tan madura, con este pulso. La novela empieza pareciendo una cosa y, sin que se note la costura, se convierte en negra de la buena escuela: de la que esconde bajo el entretenimiento un mensaje social que nunca llega en forma de moralina.
Detrás hay 25 años de periodista contando lo que pasa y sobre todo lo que se queda detrás de la noticia
Sanz no te sermonea sobre la distancia entre La Finca y Usera, sobre el racismo de guante blanco, sobre el precio que pagan las que sirven para que otras aparenten, sobre cómo el poder se protege a sí mismo y compra el silencio que haga falta. No te lo dice. Te lo enseña. Y encima lo hace mientras te lo estás pasando bien, que es el truco más difícil de todos.
Se nota que detrás hay veinticinco años de periodista contando en televisión lo que pasa, y sobre todo lo que se queda detrás de la noticia: esas historias que solo tienen treinta segundos de cobertura y un fondo que hiela la sangre. Verónica Sanz ha cogido una de esas y la ha estirado hasta las cuatrocientas cuarenta y ocho páginas.
Gente bien es, por encima de todo, una novela entretenida. Esa es su coartada perfecta. Ábrela sin miedo, disfruta del brillo. Pero cuando metas la mano y la saques manchada, no podrás decir que no te avisé.
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