
Editorial: Libros del Asteroide
Edición y adaptación: Lorenzo Martín del Burgo
Fecha de publicación original: 1568
"Hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años", escribía así Miguel de Cervantes contra el apócrifo avellanedesense de la segunda parte de su Quijote. Con la mala leche destilada de las envidias que otros habían convertido en plagio y que se adelantaron al escritor para continuar la historia de su personaje sin su autor.
Pero la mentira es una cosa tanto o más antigua que la verdad, y las que se cuentan para ocultar lo oscuro de nuestros actos son más que habituales ahora, ayer y, muy posiblemente, siempre. Quienes estuvieron a cargo de contar qué ocurrió cuando los españoles llegaron a ese Nuevo Mundo, que ni era nuevo ni estaba vacío, lo hicieron sin haber estado ahí y escuchando las hazañas de quienes más interés tenían en decorarlas.
Aquel texto cuenta hoy con el lavado de cara de la edición de Lorenzo Martín del Burgo que traduce a un castellano actual
Pero la historia quiso ser injusta con quienes no pudieron participar de su escritura y, al menos, uno de estos hombres se rebeló contra su tiempo. En pleno siglo XVI, Bernal Díaz del Castillo escribió su Historia verdadera de la conquista de Nueva España precisamente para enfrentarse al injusto olvido al que se había sometido a la mayoría de sus compañeros de campaña y, de paso, colocar algunos puntos sobre las íes de la historia, lanzando dardos envenenados a Francisco de Gómara, cronista de estos hechos.
Aquel texto cuenta hoy con el lavado de cara de la edición de Lorenzo Martín del Burgo, traducida a un castellano actual y con sus debidas elipsis allí donde la narrativa de Castillo se pierde por los cerros de Úbeda —de Tenochtitlan en este caso—. Libros del Asteroide publica un texto que, con su debida distancia, es de un valor histórico incalculable, pero que leído detenidamente da buena cuenta de un autor con una voz propia y un deseo enorme de reivindicar la verdad cueste lo que cueste.
Pagados en 'honra'
Bernal Díaz Del Castillo nació en Medina del Campo, a los 20 años viajó a Cuba con la promesa de conseguir riquezas y una hacienda propia, participando en aquel tiempo en tres de los viajes que culminaron con la llegada a la capital de los mexicas y el asesinato de Moctezuma, su emperador.
Engañados, quienes participaron de las campañas en Nueva España no obtuvieron ninguno de los beneficios que el administrador de la isla, Diego Velázquez les había prometido. Es decir, el de repoblar cuando en realidad iban a intercambiar oro. Las desavenencias entre ambos se hacen evidentes a lo largo de esta crónica que empieza cuando Castillo ve a 57 compañeros morir en la expedición de Juan de Grijalvo en Yucatán.
"Más valdría que se llamase la tierra aquella en la que murieron más de la mitad de nuestros hombres y la otra mitad quedó gravemente herida"
Tras vivir todo aquello, visita al gobernador para participar en la siguiente incursión, por la experiencia con la que ya cuenta en el terreno. El regente se vanagloria del descubrimiento de Yucatán y las riquezas que de allí vendrán, a pesar de que Bernal nos recuerda que el oro a espuertas no llegaría hasta la conquista de Perú, una década más tarde.
Escucha las ínfulas de Velázquez y aprovecha para recordarle que Yucatán no era el nombre que le daban los indígenas a aquella tierra, proponiéndole una toponimia más copiosa pero ajustada a la realidad: "Más valdría que se llamase la tierra aquella en la que murieron más de la mitad de nuestros hombres y la otra mitad quedó gravemente herida".
Le responde Velázquez que "así son las conquistas" pero que estas dan "mucha honra". Aunque esta última ni los cronistas le dispensaron a sus protagonistas. Poca honra ve Bernal en sus días y así reescribe con tinta ácida cuanto vio y padeció en la tercera y última expedición junto a Hernán Cortés, que es la que ocupa la mayor parte de su relato.
El verdadero Cortés
No esconde Bernal su admiración por su Capitán General, pero critica ampliamente el reparto de oro que se hizo tras la conquista. Menciona cómo incluso algunos de sus hombres dejaron grafitis en las paredes encaladas del palacio en el que residió en la ciudad de Tenochtitlán tras su conquista: "¡Oh, qué triste estará mi alma hasta que encuentre todo el oro que ha tomado y escondido Cortés!".
"¡Oh, qué triste estará mi alma hasta que encuentre todo el oro que ha tomado y escondido Cortés!"
Cuenta sobre el conquistador que estaba arruinado antes de convertirse en el azote de los mexicas; o que gastó mucho dinero en "adornar y decorar su vestimenta mucho más que antes", anota "un penacho de plumas en su casco", así como "una medalla y una cadena de oro" con las que quedar bien retratado en las crónicas, a pesar de sus estrecheces: "Perno tenía con qué pagar aquellos gastos", nos recuerda Bernal.
Se pasea de esta guisa junto a Velázquez una mañana de camino a misa, en Santiago de Cuba. Un bufón (Cervantes el Loco, curioso nombre en este juego de dobles de la Nueva España) que precede a la comitiva empieza a gritar y a agitar a los allí presentes, motivado por el soborno de los familiares de Velázquez que ven con malos ojos las intenciones de Cortés, de quien creen que aprovechará la coyuntura para revelarse y quedarse con aquellas tierras.
Mocteczuma
El relato alcanza su punto más álgido en el contacto con los mexicas en su capital, Tenochtitlan. Entre 200.000 y 300.000 personas vivían en una metrópolis construida en su mayoría sobre el agua, con una extensión y población que superaba ampliamente a la de la mayoría de las ciudades conocidas por los conquistadores.
En su interior los templos, mercados y miles de viviendas que convivían con el tránsito de canoas, mercancías, esclavos y la vida diaria sobre el lago Texcoco, centro de un Imperio que rivalizaba en extensión, población y riquezas con los del Viejo Continente. La primera descripción de todo esto nos eriza la piel como lectores, sobre todo porque quienes observaron aquel mundo fueron los últimos en hacerlo, quedando devastada tras la conquista de Cortés.
Si la ciudad era majestuosa y excesiva, su gobernador no era menos. Bernal presenta a Mocteczuma en todo su esplendor, rodeado de sus caciques quienes se guardan de extender alfombras allá donde él pisa y no es una mera forma de hablar. Su autor se explaya en el buen trato que los soldados le dispensaron durante su encierro, incluso trata de convencernos de que el propio emperador estaba en paz con la idea de entregarle la gestión de sus territorios a Carlos V.
Quienes observaron aquel mundo fueron los últimos en hacerlo, quedando reducido a cenizas tras la conquista de Cortés
Es el propio Mocteczuma, en palabras de Bernal y el paje Orteguilla —quien aprendió la lengua náhuatl durante la expedición—, quien le explica a sus gobernadores que su deber es doblegarse ante el monarca español porque "de donde sale el sol habían de venir gentes que gobernarían estas tierras", según una supuesta profecía azteca enunciada años antes de la llegada de Cortés.
La muerte del emperador indígena se presenta como un asesinato por parte de las tropas mexicas en el asalto al palacio en el que se encuentran los castellanos. Y la noticia de su fallecimiento es recibida con lloros y lamentos por parte de estos, reafirmando la versión, ampliamente discutida, de que el magnicidio lo cometió su propio pueblo.
Surgen así algunas de las lagunas que Bernal desborda en el libro para reparar la imagen de las tropas españolas y poner un énfasis inusual en la buena voluntad que todos tenían a su llegada, a pesar de los numerosos intentos de los mexicas de asesinarles y enfrentarse a sus arcabuces. Lagunas que, como lectores contemporáneos, no hacen que se encasquille el relato pero que es necesario coger con pinzas.
Una historia 'verdadera'
Son dos los problemas principales a los que se enfrentan los historiadores precolombinos. La primera es la naturaleza sesgada de los códices mexicas que se conservan. Solo tres han sobrevivido hasta nuestros días y su elaboración fue coetánea a la invasión española, por tanto corregida y supervisada por los censores españoles. La otra es que los códices anteriores a la unificación de los mexica fueron destruidos tras el ascenso de Itzcóatl para consolidar el relato único del nuevo poder establecido.
Bernal es fiel a algunas de las exageraciones propias de la época con respecto a los sacrificios rituales o la buena voluntad, antes expresada, de estos pueblos a ser conquistados. La crueldad de Moctezuma o los impuestos abusivos existían, y fueron una de las razones que precipitaron las alianzas con las tropas de Cortés, pero el relato se empeña en retratar a los castellanos como seres inocentes, bienintencionados y sin atisbo alguno de avaricia.
Se sorprende de las cifras que aporta Gómara de la cantidad de indígenas muertos, de las tropelías que compara con "Atila o Genserico". Dice que "ni atados los indígenas habrían sido tan fáciles de aniquilar" y que buena parte de aquella campaña la pasaron intentando no morir, empeñado en alimentar una imagen de los de Cortés como de hombres virtuosos y para nada crueles.
600 bajas españolas frente a los cientos de miles de cuerpos mexicas
Aunque reconoce que, al término de la campaña, no pueden ni permanecer en la ciudad porque "el suelo, la laguna y las cabañas sobre los árboles estaban todas llenas de cadáveres". Describe el olor insoportable de muerte que invade la ciudad, el desigual resultado de las 600 bajas españolas frente a los cientos de miles de cuerpos mexicas que no pueden pasar desapercibidos para su lealtad: "Algunos de los pobres mexicanos no podían salir de entre los cadáveres".
Aún así se enfrenta a fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas y el primer defensor desde el seno de la Iglesia de la humanidad de los indígenas. El clérigo había denunciado las acciones de Cortés y su tropa en Brevísima relación de la destrucción de las Indias, recogiendo asesinatos y castigos que se habrían infringido como "pasatiempo".
Siempre con el objetivo sacrosanto de acabar con los cultos sacrificiales a sus dioses y demostrarles que la Santa Fe era el camino correcto, aunque fuese a través de más sangre y más violencia. Ironía en la que Bernal no se detiene y justifica hasta el final describiendo la supuesta brutalidad de los oficios religiosos mexicas.
Fuera de la visión obviamente propagandística, las palabras de Bernal, al menos, derriban el tópico manido de que los mexicas no sabían pelear y que fueron aplastados por la llegada de los españoles por este motivo. Aunque resulte paradójico que a unos se les tilde de paganos y supersticiosos, mientras nuestro cronista da crédito a las apariciones marianas o de Santiago apóstol en plena batalla, gracias a las cuales explica las victorias de los españoles.
Picaresca, épica y novela
Las lagunas de Bernal las suple esta lectura contemporánea que no es, ni más ni menos, que la de un autor con una capacidad narrativa brutal, que hace acopio de géneros literarios que van desde los de caballería, a las crónicas de conquista como la de Julio César en La guerra de las Galias, pasando por la antes mencionada picaresca o la novela de aventuras, varias décadas antes de que Miguel de Cervantes sintetizase todo ello en el Quijote.
Buen ejemplo de la imaginación de Díaz del Castillo es el de la escena de los caciques de Cempoal, intentando embaucar a Olintecle y otros jefes de Zocotlán para convencerles de que los españoles son dioses, teules en su lengua, para que les brinden banquetes y regalos. Bernal cuenta esto haciendo acopio de lo aprendido del género de la picaresca pero dejándonos el regusto incrédulo de una conversación que resulta más novelesca que real.
Hace acopio de géneros narrativos que van desde los libros de caballería a las crónicas de conquista
Tan cómodo se siente su autor escribiendo esta crónica que hay pasajes que da igual si fueron inventados de divertidos que resultan. Desde las flatulencias de uno de los soldados de Cortés que hace guardia en frente a la celda de Moctezcuma y que obligan a este último a pedir al español que haga algo al respecto con los vientos de su tropa.
Pasando por la incredulidad de la tropa cuando llega a Cholula con su enorme pirámide de casi 60 metros de altura y que por la blancura de cuanto ven deciden de forma unánime que les recuerda a Valladolid. O en otra ocasión cuando el propio autor compara el mercado central de la capital de los mexicas con el que se celebra en su pueblo, Medina del Campo.
Hay algo que resulta enternecedor en pensar que aquellos hombres que tomaron sopas con una las más grandes civilizaciones de la historia no podían más que comparar cuanto veían con lo que ya conocían. Como el turista español que ve en Petra el contorno de Ronda o la Quinta Avenida en Manhattan confundida con la Gran Vía de Madrid. Tampoco hemos cambiado tanto.
Historia verdadera de la conquista de Nueva España
La mayor baza con la que cuenta esta Historia verdadera de la conquista de Nueva España está en la entidad que su autor logra sobre su crónica. Más allá del fanatismo religioso y de la justificación de las atrocidades cometidas por la tropa, Bernal Díaz del Castillo ofrece un relato en el que incluso los momentos más crueles de la campaña española se describen con la humanidad de quien todavía sufría sus efectos.
Bernal escribe la que, posiblemente, sea la primera descripción del estrés postraumático. Cuenta cómo "desde entonces temí la muerte más que nunca", que empezó a sentir un "temor desacostumbrado" y que incluso "antes de entrar en batalla sentía una especie de grima y tristeza en el corazón y orinaba una vez o dos". Sintomatología que coincide con la de dicha afección.
No podemos evitar pensar en que aquellos recuerdos de sangre y fuego le persiguieron muchos años después
Lo que más sorprende al medinense del final de la batalla de Tenochtitlán es el silencio que queda en toda la ciudad tras 80 días de asedio. Podemos imaginar que el ruido de su conciencia nunca se detuvo y que ver las crónicas de Francisco López de Gómara acrecentaron aún más esa tristeza de Marte que aflora tras la batalla, cuando la euforia muere y solo queda el recuerdo de la sangre derramada.
Los historiadores han destacado la memoria prodigiosa de Bernal Díaz del Castillo, la capacidad de recordar cuanto ocurrió de una forma más o menos precisa, más aún cuando empezó a escribirla muchos años después de que todo aquello ocurriese. No podemos evitar pensar que aquellos recuerdos de sangre y fuego le persiguieron muchos años después, como la condena por todo lo que es imposible de olvidar ni pagar ni con honra ni con oro.
Sigue el canal de Ahora Qué Leo en WhatsApp para estar al tanto de todas nuestras reseñas, reportajes y entrevistas.
