
Luis Landero
Editorial: Tusquets
Año de publicación original: 2026
La nevada que abre Coloquio de invierno no funciona ni como detonante dramático ni como simple decorado. Es, ante todo, una suspensión del mundo. El aislamiento forzoso de los nueve personajes que conforman esta novela crea un paréntesis en el tiempo ordinario. Un espacio cerrado donde no hay otra cosa mejor que hacer —ni quizá otra forma más digna de estar— que hablar y escuchar.
Luis Landero construye así un marco que huele y sabe —deliberadamente— a clásico. Es decir, un encierro, una comunidad provisional y la palabra como única forma de acción. Algo así como una versión invernal y desencantada del Decamerón donde cada voz aporta su relato y, con él, una forma de estar en el mundo.
Personajes que se desahogan
Desde ese punto de partida, la novela se despliega como una sucesión de relatos personales que no buscan deslumbrar. Solo justificarse. Solo existir y, si acaso, desahogarse. Cada personaje toma la palabra para contar un episodio decisivo, una experiencia íntima o una historia guardada desde hace tiempo que luchaba desesperadamente por salir.
En ese gesto se va dejando al descubierto no solo lo vivido, sino la manera en la que uno aprende a explicarse a sí mismo. Lo que emerge no es un fresco social ni una intriga coral, sino algo más frágil y reconocible. Un conjunto de vidas narradas desde la conciencia de su propia imperfección.
La novela se despliega como una sucesión de relatos personales que no buscan deslumbrar
Landero no establece jerarquías claras entre las voces. No hay protagonista ni relato dominante, y esa renuncia es uno de los aciertos del libro. Cada historia ocupa su espacio y encuentra su tono —a veces irónico, a veces melancólico, a veces abiertamente confesional— sin que el autor fuerce una síntesis moral.
Como lectores, asistimos así a un coro desigual, donde las versiones de la experiencia no siempre encajan entre sí. Porque contar no es aclarar el pasado, sino volverlo habitable. La conversación se convierte, poco a poco, en un ejercicio de identidad.
Confesiones con extraños
Los personajes no solo recuerdan. Se ensayan ante los otros, ajustan su relato, tantean la reacción ajena. En ese intercambio, la memoria aparece como un territorio inestable, más próximo a la invención que a la crónica. Esta idea —que es central en toda la obra de Luis Landero— encuentra aquí una formulación especialmente nítida: No somos lo que hicimos, sino lo que somos capaces de contar de ello sin derrumbarnos.
Y en Coloquio de invierno, muchas de esas historias podrían hacer derrumbarse a más de uno.
A cierta altura de la vida, uno ya no espera redención, solo un relato aceptable
El invierno, en este sentido, no es solo una circunstancia externa, sino un estado vital compartido. Los personajes hablan desde una cierta conciencia de final. No necesariamente de vejez, pero sí de cierre. Estas historias están marcadas por oportunidades perdidas, por decisiones mal calibradas, por afectos que nunca llegaron a cuajar por torpeza, dejadez o, incluso, vileza.
Sin embargo, el libro evita convertirse en una elegía. Hay lucidez, incluso humor, en la manera en que estos hombres y mujeres miran su propio recorrido y se dan cuenta que, a cierta altura de la vida, uno ya no espera redención. Solo un relato aceptable.
Un estilo muy depurado
Desde un punto de vista formal, Coloquio de invierno es una demostración de la maestría de Landero en la oralidad literaria. Cada voz está trabajada con precisión. Se evita la caricatura, la homogeneización de las voces.
No hay alardes. Es un estilo contenido, muy clásico —puede que demasiado—, cuya narración avanza a base de digresiones y pausas que imitan el fluir real de una conversación que se alarga durante días. No hay prisa, y esa lentitud es parte esencial en la experiencia de esta lectura.
Esta novela puede entenderse como una síntesis coral de obsesiones largamente cultivadas
Integrada en el conjunto de su trayectoria, esta novela puede entenderse como una síntesis coral de obsesiones largamente cultivadas. Si en Juegos de la edad tardíau Hoy, Júpiter la distancia entre la vida soñada y la vivida se encarnaba en figuras individuales, y si en El balcón en inviernoesa reflexión adoptaba una forma más autobiográfica, aquí Landero opta por dispersar ese conflicto en múltiples voces. El resultado es más una resonancia que una suma: cada historia ilumina lateralmente a las demás.
Conversar, conversar y conversar
Es cierto que el libro exige una disposición particular del lector. La ausencia de una trama progresiva y la acumulación de relatos pueden generar una sensación de reiteración. Pero esa insistencia forma parte del sentido profundo de la novela. Coloquio de invierno es una defensa de la conversación como forma de conocimiento y de hospitalidad.
Mientras la nieve bloquea los caminos, los personajes construyen un espacio común de palabras compartidas. No salen de allí transformados en un sentido convencional de la palabra. Pero sí son algo más conscientes de sí mismos. Y eso, en la literatura de Landero, ya es una forma de salvación modesta, pero suficiente.
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