Jorge Matías

Editorial: Altamarea

Año de publicación original: 2026

Jorge Matías no tiene tiempo para hostias. A su debut en la novela no le dedica una palabra de más, no lo necesita para destrozarte por dentro. La frontera azul es seca como los parterres que decoran el barrio en el que está ambientada. Es un puñetazo en el estómago, de esos que te dan mirándote a los ojos, mientras que quien te ha zurrado ni se inmuta.

Como otros barrios, Lianchi se concibió más como un aparcamiento de vidas que como un lugar para vivir

La frontera azul ocurre en el Lianchi, uno de esos lugares que los de fuera acostumbran a llamar "barrio de mierda". Cada gran ciudad tiene uno de esos. Este está en el extrarradio de Alcalá de Henares, demasiado cerca como para tener una buena vida rural, demasiado lejos como para disfrutar de los cuidados que se les brinda a los grandes núcleos. Lianchi es Alcalá de Henares, pero como si no lo fuera, porque Lianchi es pobre.

Como otros barrios, se concibió más como un aparcamiento de vidas que como un lugar para vivir. Pisos baratos en los que acabaron familias que no podían pagar mucho, o nada, de las que se presupuso que no necesitaban cosas bonitas para vivir. Si los pobres solo trabajan, demasiadas veces ni eso, para qué ponerles parques o calles que merezcan la pena ser paseadas. Para los pobres nunca hay presupuesto, siempre hay algo que mejorar en otros sitios antes.

Vida de este barrio

Por este barrio, a finales de los 70 y principios de los 80 deambulaban cientos de almas que hacían lo que podían. El chatarrero, el cartonero, los hijos de unos y otros y un buen puñado de mujeres abnegadas, de esas que solo empezaron a vivir cuando el desgraciado que les hizo la vida imposible murió con las arterias reventadas de alcohol y tabaco.

Atrapados todos en jaulas de hormigón en las que es fácil entrar, pero muy jodido salir, como de las drogas, Lianchi es, como tantos otros, el lugar del que muchos han soñado con marcharse y no volver jamás. Cordilleras de ladrillo visto en las que la colza destrozó más de una vida.

Jorge Matías saca la radial, secciona el barrio y nos cuenta lo que ve en capítulos autoconclusivos

Las consecuencias de aquel veneno que muchos compraron engañados como sustituto del aceite de oliva, son una cuestión de clase, porque solo los pobres necesitaron sustituir con algo barato el aceite de oliva, como solo los pobres mueren asfixiados por una estufa mal apagada o una vela porque no pudieron encender la calefacción. Los ricos también lloran, dicen; será de risa.

Matías nos habla de todos ellos con la agudeza de quien no solo lo ha vivido, también lo ha sabido mirar. Su mirada no es condescendiente, tampoco romantiza este lugar ni lo juzga. Para quien se ha criado en un lugar parecido, corriendo entre jeringas en los parques de tierra, viendo cómo la heroína se llevaba a los buenos muchachos y el alcohol a tantos más, la lectura de La frontera azul ha sido terriblemente dolorosa. Pero Jorge Matías no se regodea en la mierda ni deja que tú lo hagas.

Este escritor alcalaíno saca la radial, secciona el barrio y nos cuenta lo que ve en capítulos autoconclusivos que se centran, cada vez, en captar las historias que se generan en torno a cada uno de los elementos que lo conforman, desde las farolas a las bicicletas robadas, el fuego o los perros. "La historia de un barrio la escriben sus perros muertos", cuenta.

Una mirada genuina

Conocimos a Jorge Matías hace dos años gracias a Vinagre, aquel ensayo en torno al alcoholismo con mirada de clase que tanto reconocimiento (y algún que otro lector enfadado) le ha traído. Con Vinagre, en el que contaba su proceso para desengancharse, ya demostró que tenía buen gusto, talento y una mirada especial. La frontera azul es la confirmación de que no nos equivocábamos.

Vuelve al lugar que mejor conoce, su barrio, para contarnos lo que mejor conoce: cómo el Estado de Bienestar se olvida sistemáticamente de los que menos tienen. Ayuda a los desfavorecidos que todavía cree que se pueden salvar, pero no a todos. Un sistema que arroja a los desgraciados las migajas que otros no quieren.

Con 'Vinagre', un ensayo sobre el alcoholismo con mirada de clase, Jorge Matías demostró que tenía una mirada especial

Como el profesor que se da por vencido y emplea sus esfuerzos en atender solo a quien ya sabe que va a aprobar, mientras cruza los dedos para que el del fondo, que en realidad necesita más atención, moleste lo menos posible y que el curso siguiente sea problema de otro.

Matías sabe de lo que habla porque él mismo lo ha sufrido. Él mismo, que tiene la sensibilidad y el talento para escribir La frontera azul, fue dado de lado por profesores que le recomendaron que dejara de estudiar, porque no era lo suyo, y que se pusiera a trabajar pronto. Seguramente su profesor también podría aparecer en este libro, porque no son las personas, es el sistema el que falla.

'La frontera azul' está escrita con el polvo de los descampados, con sabor a porro y a sudor

La frontera azul está escrita con el polvo de los descampados, con sabor a porro y a sudor, suena a perro ladrando en mitad de la noche y a discusión por el patio de luces. Penetra como el vinacho picado de la bodega donde compras los encurtidos, esa que regentan los hijos cansados de los dueños más cansados todavía.

No hemos terminado febrero y ya podemos decir que estamos ante uno de los libros del año. No es exageración, ven en diciembre y te diremos lo mismo. Esta es una de esas novelas que querrás que otros lean para poder hablar juntos de ella. Ojalá la carrera literaria de Jorge Matías no acabe aquí. Si es así, ganaremos todos.

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