
Raquel Díaz Reguera
Editorial: Nubeocho
Año de publicación original: 2026
Imagino que todos los que estamos reunidos en torno a esta reseña hemos ido tachando cosas de una lista alguna vez. Las listas de la compra, la de las cosas que nos tenemos que llevar a unas vacaciones a la playa, pero... ¿nos acordamos de aquellas listas que leíamos en la adolescencia? Aquellas revistas de los años noventa que llevaban por título: "30 trucos para que se fije en ti".
A la protagonista le gusta Martín. Y Martín no la mira
O aquellos programas de televisión que convertían a una chica corriente en otra —supuestamente— mejor a base de dietas, peluquería y ropa nueva. O también recordamos los consejos de un —otra vez supuesto— buen amigo bienintencionado para que dejes de ser tú mismo y te conviertas en otra persona, en teoría, mejor.
Todos estos ejemplos, en realidad, te están pidiendo una sola cosa: que dejes de ser tú mismo. Raquel Díaz Reguera ha cogido estos mecanismos, tan viejos como dañinos, y los ha destilado hasta su forma más pura para contárselo a los niños de seis años. Y resulta que, en vez de edulcorarlo, lo ha transformado en algo todavía más incómodo de leer.
Una lista que tachar
A la protagonista de Yo voy conmigo, que no tiene nombre porque podría ser cualquier niña, le gusta Martín. Y Martín no la mira. Así que sus amigos, con la mejor intención del mundo, empiezan a sugerirle qué cambiar de ella misma, qué tachar de la lista, para que se fije en ella. Las coletas. Las gafas. La sonrisa. Las pecas. Y, al final, lo más grande de todo: las alas que tiene en la espalda y los pájaros que sobrevuelan su cabeza allá donde va.
Martín, por fin, la mira. Pero para entonces ya no queda gran cosa que mirar.
Aquí radica el verdadero corazón de este cuento. En la misma lista conviven cosas tan pequeñas como unas gafas y cosas tan enormes como un par de alas. Lo cotidiano y lo fantástico. Lo real y lo alegórico. Lo físico y lo emocional. Como si tuvieran el mismo peso. Y en el fondo lo tienen, porque todo lo que se tacha, sea grande o pequeño, es un pedazo de quién eres.
Martín, por fin, la mira. Pero para entonces ya no queda gran cosa que mirar.
De pintora a fabulista
Raquel Díaz Reguera estudió Bellas Artes en Sevilla con la idea de dedicarse a la pintura. La vida la llevó por otro camino. Primero la música, después los cuentos. Debutó en 2010 con ¿Hay algo más aburrido que ser una princesa rosa?, otro título que ya dejaba clara su obsesión por desmontar mandatos impuestos a las niñas desde la cuna.
Desde entonces no ha dejado de escribir e ilustrar. Ganó el Premio Apel-les Mestres en 2022 y en 2025 dio el salto a la literatura juvenil con El caos de Beca. Yo voy conmigo, cuenta con las ilustraciones de Òscar Julve y pertenece a esa primera etapa en la que Díaz Reguera definió el terreno que después no abandonaría: la infancia como territorio donde se libran las primeras batallas por la propia identidad.
Sospechosos habituales
Yo voy conmigo tiene parientes evidentes. Está el clásico infantil Elmer, el elefante multicolor de David McKee, el elefante a cuadros que un día decide pintarse de gris para parecerse a los demás y descubre que su manada le echa de menos tal como era. También es familiar de Orejas de mariposa, de Luisa Aguilar, donde una niña aprende a convertir cada insulto sobre su físico en un motivo de orgullo.
Leído por un adulto, este cuento escuece bastante más que cuando lo leemos en voz alta a nuestros hijos antes de dormir
Los tres cuentos comparten una misma certeza incómoda. La presión por encajar comienza muchísimo antes de lo que cualquier adulto querría admitir y la única forma de plantarle cara es, paradójicamente, muy sencilla. Volver a ponerte las gafas. Volver a colocarte las coletas. Volver a dejar que los pájaros vuelen sobre tu cabeza, le guste o no a quien sea que estés intentando impresionar.
Si hay una cosa que distingue a Yo voy conmigo del resto es justo ese final, donde la protagonista no se conforma con haber sido vista. Se da cuenta de que el problema no era no ser vista por Martín, sino haberse dejado de ver ella misma. Es entonces cuando llega la catarsis y hace lo único que la vuelve a reubicar: recupera todo lo que le hace ser ella misma.
Este cuento tiene cuarenta páginas, está recomendado a partir de los seis años pero su mensaje, leído por un adulto, escuece bastante más que cuando lo leemos en voz alta a nuestros hijos antes de dormir. Quizá porque todos, en algún momento, tachamos algo de nuestra lista para que alguien por fin nos mirara. Y seguro que hoy lo seguimos haciendo.
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