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Gear S: el reloj adelantado

Samsung ha tenido varias incursiones en el mercado de los relojes inteligentes, en el que trata de imponer su sistema operativo Tizen. El último de ellos es Gear S, un adelantado a su tiempo. Pero un reloj adelantado no sirve de mucho.

Samsung Gear S
Samsung Gear S | Samsung

Los relojes inteligentes en realidad no lo son. Sería mucho más correcto -aunque desde un punta de vista marketiniano, nefasto- referirse a ellos como relojes parásitos. Y es que la inteligencia no es suya, sino del teléfono. Pebble, Gear Fit o Moto 360 son, para bien o para mal, poco más que un centro de notificaciones y un mando a distancia en la muñeca. Gear S ha ido un paso más allá. Y ha ido con todo.

Todavía no se puede decir que el nuevo reloj de Samsung sea independiente, porque es necesario disponer de un teléfono (uno de la compañía, además) para activarlo y sacar el máximo partido del dispositivo, pero sí es el más listo de la clase. Puede hacer cosas con las que sus rivales ni siquiera sueñan y es lo más cerca que hemos estado a un smartwatch como tal. El problema es que esto tiene un precio.

Cuando vemos los actores que participan en este mercado, Gear S destaca del mismo modo que lo haría un repetidor en una clase de gimnasia del instituto: es mucho más grande, maduro y experimentado. Corre más, salta más alto y es más fuerte. Pero cómo no lo va a ser si le saca una cabeza al resto de los alumnos.

Y es que el nuevo dispositivo de Samsung es enorme. La pantalla también, claro, pero su tamaño está muy lejos de ser una característica. Tan lejos que se acerca peligrosamente al terreno de los defectos. Por supuesto, depende de cada persona y de quién lo venda, pero en una muñeca normal quedará mal, casi como si se tratase de un juguete.

Samsung Gear R750

Lo peor es que este tamaño ni siquiera ha supuesto una vida útil superior a la media, sino más bien lo contrario. Con todas las conexiones activas, no llegará a una jornada de trabajo (y hablamos de unas 8 horas que son más una leyenda que una realidad). Lo sabe todo el mundo: el repetidor fuma, y así no hay quien aguante el test de Cooper, por mucho que tenga las piernas más largas y vaya al gimnasio. Esto es tan grave que hace que no importe que tenga moto -o procesador, para los puristas- y dinero para comprar caprichos como un sensor de ritmo cardíaco.

De hecho, Samsung parece ser consciente del problema y ha tratado de arreglarlo con un cargador que también sirve de batería portátil. Al final es otro trasto -pequeño, eso sí- en el bolsillo y más un parche que una solución digna de un dispositivo que ronda los 350 euros (sin contar el precio del teléfono en el caso de los usuarios que no tengan un terminal de la compañía coreana).

Las buenas noticias están en el software, aunque más de cara al futuro. Si Samsung no pierde la paciencia y le pone un profesor particular a Gear S, podría llegar lejos. Su sistema operativo, Tizen, aún resulta poco intuitivo, ya que el control basado en gestos requiere tiempo y ganas de aprender, pero ha demostrado que tiene mucho potencial. Hace prácticamente todo lo imaginable y lo hace bastante bien.

Con Gear S por fin es posible dejar el teléfono en casa y salir a correr (por qué éste es el deporte de moda es algo que no trataremos de explicar, porque es incomprensible), consultar un mapa, llamar a un contacto, recibir notificaciones o incluso escribir mensajes (aunque también tiene un asistente de voz que es bastante más práctico que el teclado en pantalla). Tal vez se parezca más al reloj de Anacleto que al de James Bond, pero va por el buen camino.

Guillermo del Palacio | @13370N3 | Madrid | 05/12/2014

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