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RESPUESTAS A PREGUNTAS QUE TE HACÍAS

¿Por qué Chucky y otros muñecos nos ponen los pelos de punta?

No a todo el mundo le dan miedo las muñecas. Sin embargo, ante una estantería o una habitación repleta de estas figuras, es difícil no sentir escalofríos. El cerebro y la evolución tienen parte de culpa de la inquietud que nos provocan.

Algunas muñecas dan mucho miedo, ¿por qué si son inocuas?

Thomas Mercado en Flickr CC Algunas muñecas dan mucho miedo, ¿por qué si son inocuas?

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Lucía Caballero | @Lulucille_ | Madrid
| 31.08.2015 00:17

El miedo a los muñecos tiene un nombre: pediofobia. Podríamos englobarlo dentro de otro área más amplia, la automatonofobia (el miedo a las figuras humanoides) y, por si fuera poco, está relacionada con la pupafobia (el miedo a las marionetas).

Sin embargo, una cosa es gritar de pánico al ver al malvado Chucky en acción, y otra que tus viejas muñecas te den escalofríos. El hecho de que te sientas incómodo en una habitación llena de estos juguetes no implica que tengas pediofobia. Es una reacción totalmente normal e inherente al ser humano.

En 2013, el psicólogo estadounidense Frank McAndrew y su colega Sara Koehnke, trataron de averiguar qué convierte algo en espeluznante. Durante su investigación, preguntaron a 1.300 personas sobre las cosas que les ponían los pelos de punta. Entre las aficiones que consideraban más inquietantes estaba la de coleccionar muñecas.

Sabemos que las figuras no son peligrosas, no dan asco, ni llegan a dar miedo exactamente. Pero su mirada fija o la expresión de sus caras nos hacen sospechar inconscientemente sobre sus intenciones. Cuando algo nos inquieta pero no tenemos ninguna evidencia de que suponga una amenaza real, el cuerpo, simplemente, se mantiene alerta.

Según los investigadores, este estado de alerta define la sensación que ellos querían describir: cuando las personas no tienen tanta información como para responder ante un estímulo, pero sí la suficiente como para ponerse en guardia.

La evolución también tiene algo que ver en todo esto. La alerta derivada de la sospecha y la inseguridad habría servido a nuestros antepasados para sobrevivir. Hace millones de años, quienes estaban atentos podían detectar cualquier cambio (un peligro real), mientras que los que ignoraban las señales o las consideraban inocuas antes de tiempo sufrían las consecuencias.

Suomenlinna

El cerebro reacciona ante rostros humanos

En el caso de los muñecos, objetos totalmente inofensivos, es el cerebro quien nos juega una mala pasada. La mente está acostumbrada a reaccionar y procesar información a partir de rostros humanos. Además, tendemos a ver caras en todas partes: en tostadas, en las nubes y hasta en pieles de plátanos.

El hecho de que las figuras artificiales se parezcan demasiado a las personas, hace que el órgano se haga un lío. Algunas investigaciones apuntan también a los gestos y los movimientos que integran el lenguaje corporal: si hay demasiados o muy pocos, algo anda mal. Por otra parte, un estudio de científicos de la Universidad de Groningen (Holanda) reveló que las muecas inapropiadas producen escalofríos.

Doll face

¿Los robots humanoides dan más miedo que los muñecos?

La hipótesis del valle inquietante va un paso más allá. Según está idea, aplicada originalmente a los autómatas, las personas reaccionan favorablemente a las figuras humanoides hasta que estas se vuelven demasiado humanas. En este punto, cualquier diferencia con un individuo real nos resulta inquietante.

Aunque el concepto fue descrito por primera vez en 1970 por el fabricante de robots japonés Masahiro Mori, se ha relacionado con teorías previas de los psiquiatras Ernst Jetsh y Sigmun Freud. Pese a las diferencias en la interpretación, ambos aluden a que los signos que nos resultan familiares pueden llegar a convertirse en extraños y que la incomodidad se basa en la incertidumbre.

No sabemos cómo serán los robots humanoides del futuro, o si también, como las muñecas, llenarán las salas de museos y estanterías de coleccionistas. De todas formas, la idea de sentirse observado por un puñado de autómatas de ojos saltones resulta igual de desagradable.

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