Mucha gente de buena voluntad de pregunta qué ha pasado en la izquierda y cuál ha sido la razón por la que no han podido ir todos juntos en una lista. Muchas de las razones ya se han dado, las más superficiales, las más novedosas como el pacto con Rufián y ERC, las menos importantes, pero quizás haga falta algo de contexto para comprender por qué es imposible que alguien maltratado acabe de nuevo frente a la estructura que lo maltrató.

Para entender a Pablo Iglesias hay que leer a Steinbeck. Digo Pablo Iglesias porque hoy solo todavía los que están a sueldo de Podemos pueden pensar de manera sincera que el partido morado no forma parte del entramado comercial del empresario. El autor inglés tiene una obra menor, no muy conocida, titulada El breve reinado de Pipino IV en la que lanza una crítica feroz de la política y sus inquinas. En su trama, un periodo de anarquía y desgobierno en Francia lleva a los partidos a buscar una salida a la coyuntura en la que cada uno juega sus cartas; los realistas, los centristas, los socialistas y los comunistas buscan cómo conseguir sus objetivos sin pensar en el bien común, solo haciendo lo que consideran mejor para su propia supervivencia y la de sus dirigentes. Uno de los partidos comunistas, porque Steinbeck menciona al menos cinco diferentes partidos comunistas, cada uno con su propia estrategia, deja claro que lo mejor para el objetivo de la revolución es la llegada de un nuevo rey y acabar con la república.

El líder de ese partido comunista, que se llama Deuxcloches, argumenta ante su comité su postura política. En ella explica que la función natural del Partido Comunista es la revolución. Para que eso se produzca es necesario que existan las condiciones materiales objetivas para que prenda. El líder explica que cualquier cambio político que empuje en esa dirección es una ventaja para el partido y por lo tanto debe ser promovido, incluso aunque sea contradictorio en apariencia con los valores de la formación. Así que según Deuxcloches no hay nada mejor para una revolución en Francia que la llegada de un rey y por lo tanto tienen que empujar en esa dirección, pero sin que trascienda al exterior porque eso supondría el descrédito para siempre del partido.

Iglesias es como Deuxcloches. Podemos quiere un gobierno de PP y Vox. Lo quería en 2023 cuando se unió en contra de su voluntad a Sumar por su posición de extrema debilidad y boicoteó la campaña electoral de su propia coalición. Entiendo y asumo que haya a quien le cueste creer que esto es así. Lo entiendo porque no todo el mundo tiene por qué conocer la manera de operar del empresario mediático político desde antes de llegar si quiera a crear Podemos. Y como lo entiendo voy a narrar unos cuántos episodios indubitados que pueden ayudar a entender que la política se sustancia con el buen hacer como persona y que cuando eso no existe todo es aceptable para conseguir los objetivos individuales.

La caída del gobierno de Venezuela y Colombia han provocado un grave quebranto en la posibilidad de conseguir recursos para la pyme. México sigue proveyendo, pero no es suficiente para mantener el nivel de vida que el líder emérito de la formación morada quiere para sí. En TVE se le acaba el tiempo al consejero Roberto Lakidain que a cambio de su voto afirmativo en votaciones importantes para el PSOE pidió que Pablo Iglesias y todos su minions de Canal Red tuvieran plaza fija en TVE y RNE. Hay que buscar nuevas formas para engordar la causa porque ya no quedan demasiadas excusas para exprimir a la militancia con nuevos crowdfundings.

El plan de Podemos en estas negociaciones no ha sido más que un trasunto émulo de lo que lleva haciendo desde que Yolanda Díaz se revolvió ante la tutela de Pablo Iglesias y en venganza patriarcal trazó un plan junto a ERC para tumbarle la reforma laboral. Porque esto pasó. Pablo Iglesias conspiró para tumbar un derecho fundamental para todos los españoles por llevar a cabo una de sus campañas de venganza personal. Aunque viendo cuál era su aspiración empresarial es bastante comprensible que quisiera tirar abajo una ley que otorga derechos a los trabajadores y ponía en el centro de la política española el papel de los sindicatos de clase, si no que se lo digan a Sergio Gregori y la sección sindical de la CNT que denunció la situación de algunos trabajadores en Canal Red y en la Taberna Garibaldi.

El maquiavelismo ha formado parte de una constante en la política de Podemos con Pablo Iglesias al frente. No es algo exclusivo de su época como líder político, sino que ya lo dejaba en evidencia cuando hablaba de la necesidad de hacer lo que fuera para tener algo de visibilidad mediática cuando le reprocharon el papel que tenía en la televisión de Irán en España. El empresario reconocía que no le importaba demasiado la exigencia de la cadena de que las mujeres fueran con el hiyab si con ello conseguía tener un altavoz con el que expresar sus demandas políticas. Ese mismo proceder lo continúa ahora como dueño de su propia empresa de comunicación al no tener ningún reparo en firmar acuerdos con la dictadura China para, tras un viaje propagandístico al país en el que llegó a alabar al rey Felipe VI que acaba de estar de viaje oficial en el país, comenzar a emitir en su medio de comunicación la programación del canal público chino.

Nunca ha habido límites y el líder del partido morado siempre ha usado su influencia para buscar su beneficio personal. Lo hacía desde que fue vicepresidente preparando su salida y favoreciendo a los empresarios afines que luego le ayudaran en su propio proyecto. Hay un suceso que no es conocido y que salió mal pero que muestra hasta qué punto funcionaba como lobby de sí mismo. El vicepresidente del Gobierno, a través del que entonces era su jefe de gabinete, pidió que la oficina económica de Moncloa se reuniera con un empresario de medios para que se valorara la concesión de un PERTE para que pudiera construir en las Tres Chimeneas de Barcelona un emporio audiovisual y de paso dar un pelotazo inmobiliario. No le salió bien porque alguien en Moncloa entendió la irregularidad, pero el intento se produjo.

La lógica destructiva ha sido siempre la constante en las relaciones personales. En Iglesias opera la lógica schdmittiana de amigo-enemigo y para eso no ha dudado en buscar la destrucción de amigos íntimos como Juan Carlos Monedero cuando no obedecían la doctrina zhdanoviana que emanaba de la voluntad del líder. Quizás el ejemplo más miserable de maltrato emocional al que se ha asistido de forma pública se produjo cuando la diputada y secretaria de organización, Lilith Verstrynge, abandonó la formación sin expresar de manera pública cuáles eran los motivos de su decisión. La diputada no quiso decir la razón, si era personal o política, pero la dirección del partido no podía permitir que se difundiera que se debía a desavenencias políticas, como así era, y se empezó a trasladar con mensajes coordinados en redes sociales que le deseaban una rápida recuperación, haciendo creer a la opinión pública que su dimisión no era por discrepancias políticas, sino que se debía a un problema de salud mental.

Estos son solo unos cuántos casos. Quizás los menos graves por ser los más confesables. Es fácil deducir viendo el comportamiento que los líderes de Podemos han tenido con sus propios compañeros en la búsqueda de mejorar su posición individual, política y económicamente que nadie que los conozca quiera estar cerca para evitar acabar destruidos por los juegos sádicos con los que buscan la desaparición social de quien no considera sus aliados, incluso tensando la cuerda con estrategias de mobbing, acoso y hostigamiento. Hubo un tiempo en el que mucha gente se ilusionó con la formación morada y con toda la razón para hacerlo, hoy solo puede quedar quien no conoce el proceder cruel e inhumano del que sigue siendo su líder.

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