Según los últimos datos del Instituto de Salud Carlos III y la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica, nuestro país ha registrado un incremento del 8,3% en los casos notificados durante el último año, una tendencia ascendente que se mantiene desde 2021 y que aleja a las autoridades sanitarias de los objetivos fijados por la Organización Mundial de la Salud para 2025.

Este repunte en el entorno europeo indica lo que los expertos denominan una "reactivación de la transmisión". En España, la tasa se sitúa ya en 8,8 casos por cada 100.000 habitantes, con una incidencia especialmente marcada en hombres y en personas nacidas fuera del país. El Ministerio de Sanidad advierte que el manejo de la enfermedad se ha vuelto más complejo debido al cambio en los patrones de vulnerabilidad, lo que dificulta el seguimiento de los pacientes y el control de los brotes en un escenario de creciente movilidad.

El desafío de la vulnerabilidad social

La Sociedad Española de Epidemiología y la Fundación Unidad de Investigación en Tuberculosis de Barcelona coinciden en que el aumento de casos se produce, fundamentalmente, a expensas de las poblaciones más desfavorecidas. Los menores de 15 años y las personas en situación de exclusión social son los grupos donde más ha crecido la tasa de notificación. Esta realidad evidencia que la tuberculosis no es solo un problema médico, sino un indicador de desigualdad que requiere una intervención que combine la asistencia sanitaria con el apoyo de los servicios sociales.

Los expertos alertan de que, si no se refuerzan las estrategias de prevención, la situación en Europa podría agravarse debido a factores externos como los conflictos internacionales, los desplazamientos forzados de población y el cambio climático. Estos elementos, sumados a la aparición de cepas más resistentes a los fármacos, complican el objetivo de reducir la incidencia en un 80% para el año 2030, una meta que hoy parece difícil de alcanzar sin una inversión decidida en detección precoz.

Una enfermedad prevenible y curable

A pesar de las cifras, los especialistas recuerdan un mensaje fundamental: la tuberculosis tiene cura y se puede prevenir. La clave para frenar el avance de la epidemia reside en la identificación temprana de los contactos de cada paciente y en asegurar que quienes inician el tratamiento lo completen estrictamente para evitar recaídas y resistencias.

Mejorar la salud pública implica, en este caso, poner el foco en los determinantes sociales que facilitan la propagación de la bacteria en entornos de hacinamiento o precariedad. La lucha contra la tuberculosis debe recuperar su lugar prioritario en la agenda política. Solo mediante un enfoque que integre a todos los agentes implicados; desde la atención primaria hasta las unidades de vigilancia epidemiológica, será posible revertir la curva ascendente.

Invertir hoy en programas de cribado y en el acompañamiento de los pacientes más vulnerables es la única garantía para evitar que esta enfermedad del pasado comprometa el futuro de la salud pública en nuestro país.