La música electrónica como experiencia sagrada

La música electrónica como experiencia sagrada

Hablamos con gente que tiene una experiencia catártica cuando baila música electrónica

Hablamos con varios amantes de la música electrónica para qué nos cuenten qué clase de sensación catártica experimentan, qué comportamientos se observan en la pista de baile (u otros escenarios posibles) con mención especial para quienes a menudo rompen la magia a base de actitudes invasivas y malos modales.

Imagen de archivo de un concierto de Avicii
Imagen de archivo de un concierto de Avicii | EFE

ELISA VICTORIA | Madrid | 09/07/2018

De entre los tipos de ocio diurno y nocturno, tal vez el de los aficionados a la música electrónica sea uno de los que manifiestan una comunicación más particular. Donde otros disfrutan echando las horas bebiendo y charlando sin prestar especial atención al hilo musical, que en caso de haberlo no es más que una banda sonora en segundo plano, para aquellos que se toman la electrónica en serio la música puede llegar a serlo todo, el hilo que enhebre sus vidas por unas horas a base de preciosas filigranas.

Susi, fotógrafa de veinticinco años, se define como una persona sociable pero reservada, y encuentra en el baile la mejor forma de comunicarse con sus amigos. Aunque disfruta de otros tipos de música como el folk, el pop o el flamenco, ésta siempre la que le causó más atracción por los ritmos, los sonidos y las estructuras: “Me lo puedo pasar bien de un montón de formas, desde hacer un pícnic en el parque a estar en una terraza con colegas, pero nunca disfruto tanto como cuando vamos a bailar. Puede ser un concierto, una pinchada o en casa. En esos momentos me siento muy conectada a ellos, incluso si estamos con los ojos cerrados (yo soy muy de cerrar los ojos) y para mí lo tiene todo. Es divertido, es bonito, es intenso, es espiritual, me da la vida”.

Lo importante no es hablar alzando la voz por encima de la música. Las palabras suelen reducirse a lo mínimamente necesario para no ensuciar la experiencia auditiva: “Hay muchísima gente que no lo pilla y se aburre sólo bailando y sintiendo la música”, explica Pablo, seguidor de Kiasmos de veintinueve años, “se acercan y quieren hablar y hablar, no entienden que de algún modo están fastidiando un poco. Procuro ser flexible y adaptarme al momento y la compañía, pero que alguien insista en contarme una historia larga y me arruine una canción buena en un live irrepetible, por ejemplo, me puede llegar a molestar bastante. Además sé que está molestando también a la gente de alrededor y eso me incomoda”.

¿Que por qué es tan serio el asunto? Micaela lo explica: “Para mí puede llegar a ser una experiencia mística. Y no te hablo de combinarlo con drogas, aunque con eso también hay muchos prejuicios y no tiene por qué ser malo. Lo que quiero decir es que yo, por ejemplo, si la pinchada es buena me puedo llegar a pegar bailando ocho horas casi sin parar bebiendo agua y refrescos sólo por lo interesante que es para mí conectar la música con mi cuerpo. Ni siquiera necesito moverme demasiado. Si además el entorno es agradable, hay luces, buena temperatura y buen rollo, la estimulación sensorial es brutal. Es un momento de meditación que puede llegar a ser muy profundo, y de comunión con la gente también”.

Pese a la fama de ir acompañada del consumo de drogas como el MDMA, una gran porción de aficionados no suele asociarlo tan fácilmente: “A veces me he drogado con amigos para disfrutar más del baile, aguantas mucho, es más sensitivo, los efectos visuales se acentúan, puede ser muy lisérgico”, explica Pablo, bailarín entusiasta e incansable de movimientos enérgicos y marcados, “pero la verdad es que no he observado que se haga más que en otros entornos. Entre mis amigos no solemos beber alcohol, coincidimos en la impresión de que eso ensucia la experiencia. A algunos nos gusta el éxtasis de vez en cuando, pero sobre todo si es un ambiente seguro. Si es un festival o cualquier sitio grande a veces nos rayamos porque ahí nunca sabes lo que puede pasar. Un entorno privado es ideal, pero claro, en una casa o un patio no va a haber un concierto que te encanta.”

Para Ángela Bermúdez, lo peor son los típicos chicos intentando ligar: “Cuando los tíos se acercan a mí o a mi grupo de amigas les hacemos el vacío totalmente, pero a menudo les cuesta entender lo importante que está siendo en ese momento el baile para nosotras. Está rompiendo algo muy valioso. Una vez estaba flipando con Nicholas Jaar y un tío se me acercó y no me dejaba tranquila, creo que para él si yo estaba bailando sólo podía significar que me estaba luciendo deseando ser vista para que alguien se acercara a mí, y es que no tiene absolutamente nada que ver con eso. Es algo íntimo, muy personal. A veces nos cambiamos de sitio huyendo, y si se ponen pesados les damos cortes muy secos y se acaban yendo indignados viendo que no hay nada que rascar. Nos da igual que se enfaden, la verdad, los maleducados son ellos”.

Susi teme especialmente las pandillas destructivas que conciben la fiesta como algo ruidoso y descontrolado: “Imagínate que estás en un corrito con tus mejores amigos, con los ojos cerrados todos, compartiendo algo delicado, y llegan unos cuantos chavales borrachos hasta arriba de cocaína, gritando, dando saltos y empujones, que no atienden a razones y parece que están deseando pelearse con alguien. Para mí puede llegar a ser muy triste. Si el sitio es pequeño yo me acabo yendo porque me siento vulnerable y parece que su diversión consiste en molestar, en buscar reacciones violentas, y esos momentos para mí son muy sensibles.”

Algunos de los artistas preferidos de Susi son John Talabot, John Hopkins o The Field: “me gusta especialmente buscar cierto trance lleno de bucles que se van intrincando, introduciéndote en estados de conciencia cada vez más profundos, por lo que si estoy bailando y algo chungo me perturba siento como si me hubieran despertado de golpe de una fuerte hipnosis. Por eso muchas de las mejores experiencias las he tenido en casas donde todos nos respetamos, o incluso yo sola”.

Después de una sesión satisfactoria de baile electrónico, todos afirman encontrarse renovados, refrescados psicológicamente, aliviados de las tensiones de la vida cotidiana: “Yo, si hay espacio, suelo moverme mucho”, puntualiza Pablo, “pero es curioso que cuando la cosa termina lo que más me satisface no es el cansancio físico. También me gusta ese desfogue, está claro, pero lo mejor son los efectos psicológicos, siento un enorme descanso mental, paz, calma, alegría y unión con la gente que me haya acompañado. En esos momentos no hay nada mejor que comerte algo con tus amigos y descansar sintiéndote nuevo. El baile tiene ese efecto para mí. Es como haber asistido a un ritual purificador”.

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