“Con la edad la gente pierde nervios y adquiere kilos, maldita sea”. Lo escucho en la radio. He sintonizado (digo “sintonizar” por escribir en estilo clásico; en realidad, he hecho clic) Ràdio Ciutat Vella, de Barcelona, y Alberto Valle está haciendo su programa semanal El aperitivo del ritual. Alberto comparte hoy el micro con una joven invitada a la que advierte de que llegará un día en el que dejará de estar nerviosa en las entrevistas. Ella es Hary Vicious, una cantante que viene del rockabilly y que está recién lanzada a la promoción de eventos.

“El northern soul en Barcelona estaba muerto”, dice ella. “Yo creo que la última vez que hubo una fiesta northern soul en Barcelona tú acababas de nacer”, le contesta Alberto. Hary está presentando un nuevo club: se llama Breakaway y arranca el 20 de julio en la sala New Underground de Barcelona.

“El rollo northern ha desaparecido —insiste la cantante de Hary & The Compasses—, vas a una fiesta de soul y además de soul hay [los géneros de principios de los 70] modern y crossover y a mí lo que me gusta es bailar northern, a mí que me pongan inventos raros, me raya”. Alberto Valle pone perspectiva al asunto.

“Barcelona es una ciudad que tiene una fuerte tradición en mezclar sonidos e ir más allá, y de ahí han resultado clubes bastante eclécticos y por eso es curioso que vuelva una fiesta a base de oldies y northern canónico”. La conversación radiofónica prosigue en esa línea de contraste entre pasado y presente, entre ortodoxia y heterodoxia. Es una gozada poder asistir a ella.

Alberto Valle tiene 41 años pero Hary alude a él como “vosotros, los mayores”. “Yo empecé en esto a principios de los 90 —nos cuenta él, unos días después del programa— y ahí ya había gente que para mí era mayor. Porque cuando tienes 14 o 15 años, un tío de 21 o 22 es mayor. Y un tío de 28 ya es matusalén”.

“Esa gente mayor vestía muy bien, conocía mucha música y, en fin, estaba lógicamente muy por delante en todo. Algunos miraban por encima del hombro a los más jóvenes, otros no. Independientemente de todo ello, cada uno creció y siguió su camino e hizo o dejó de ‘hacer escena’. Así que, si no te gusta lo que ves, si aborreces una escena de gente mayor, haz algo tú e invéntate tu escena de la misma, exacta, manera en que nosotros, en nuestro día, nos inventamos la nuestra”, dice.

Alberto piensa que, los que son mayores, han de estar ahí para apoyar lo que venga nuevo pero que “las subculturas deberían seguir siendo jóvenes”. Eso, si es que viene algo nuevo; luego hablaremos de ese tema.

“Mod o, mejor, Modernista, es una buena manera para definirme”, dice Valle. “Claro que, viendo algunas luminarias del actual entorno mod, que si unos muy instalados en el tópico, que si otros defendiendo a partidos de extrema derecha, siempre hay la preocupación de que te confundan con según qué gente. Pero qué cojones. Es algo que para mí ha estado ahí siempre y nadie va a cambiarlo”.

Por otro lado, aunque admite que es necesaria la disparidad de opiniones, le cuesta entender “cómo se puede hacer comulgar el Modernismo, una subcultura nacida en la Inglaterra de los años 50, por parte de jóvenes internacionalistas, mayormente judíos, enamorados de la música negra, el look continental y muy atentos a la creatividad estética de la comunidad gay de su tiempo, con idearios racistas, antisemitas, homófobos o ultranacionalistas. Cuando el asunto siempre fue de pillar lo mejor de cada sitio, y divertirte haciéndolo”.

De la misma generación mod de los 90 que Alberto Valle es el mallorquín Albert Petit, de 37 años. Albert tiene ahora una agencia de management y contratación de artistas, Pink Tiramisú, pero hace 20 años las aventuras sucedían los fines de semana.

“Los fanzines, las visitas a las tiendas, las generaciones anteriores o los viajes a concentraciones fuera de tu ciudad” eran la fuente de conocimiento en unos tiempos anteriores a internet.

“En aquella época también había muchos skinheads, punks, etc... era divertido compartir música, fiestas y alguna que otra bronca con ellos —nos cuenta—, para mí, el enemigo en aquella época eran los poperos, que de alguna forma intentaban llevarse ‘lo mod’ a su terreno de flequillos lánguidos y polos con corbata, algo horrible".

"Ahora, para mí, ser mod es diferente, hoy no necesito la música o una estética como un accesorio para sentirme parte de algo, disfruto de todo, me da igual lo que suena en la radio, lo que escucha la gente o si mi pareja no es mod, aunque yo siga vistiendo con estética mod y disfrutando del soul, el jazz y el R&B como el primer día. Ya no hay nada que me obsesione, puedo ir a un concierto de Rosalía y a la semana siguiente coger un avión a Londres para ir al [club] St. Moritz del Soho un jueves, el viernes ir a comprar discos y volver a casa”.

Su compañero de andanzas Alberto Valle, con el que creó el club de The Boiler, empezó en la escena mod con 14 años.

“Siendo un jovencito, ser mod significaba participar de un estilo de vida excitante —recuerda— , donde nunca dejabas de descubrir músicas, estéticas, letras, cine y arte capaces de plantearte nuevas obsesiones. Era algo enormemente obsesivo como, imagino, todas las subculturas. A la vez, era algo personal, no gregario, abierto a la crítica y la autocrítica, a interpretaciones y a avanzar en muchas direcciones distintas a la vez, que recorrías sin el permiso de nadie".

"Al mismo tiempo, me pareció la forma más excitante de huir del mundo aburrido y francamente feo de mis coetáneos”. Aunque Alberto lo vive hoy de manera más adulta, cree que la obsesión por la idea de atemporalidad que hay detrás del Modernismo permite que se pueda envejecer dentro de esta subcultura “sin parecer un Peter Pan” gracias a “sus valores ético-estéticos, su apetito de estímulos, su banda sonora interminable y su noción de less is more”.

A los once años, Alberto Valle —conocido también bajo el pseudónimo Pascual Ulpiano con el que firma sus novelas pulp— escuchó por primera vez y por casualidad la canción ‘My Generation’, de los Who. Lógicamente, a partir de esa tarde nada volvió a ser lo mismo: “cuando hay gente que habla de canciones que te cambian la vida, puedes creértelo. A mí me pasó”.

A partir de ahí se metió en el R&B y el beat británico, pasando por el revival mod de los 70 y los 80. Recorre “el 60s punk y la psicodelia” y acaba “en el funk y las rare grooves”. De ahí al ska, al rocksteady y al reggae. Ahora mismo, está atrapadísimo por el jazz contemporáneo, al que ha llegado desde el bebop de los 40 al free jazz de los 70. Albert Petit, en cambio, entró primero a la música por el sonido jamaicano, que descubrió con quince años.

“Iba de un rollo más hard mod ya que me movía con colegas skins, luego coqueteé con el lado garajero de la vida, con grupos como Fuzztones o los Cynics, para luego sumergirme a los 20 años en la escena northern soul, que aunque no tiene nada que ver con los mods, aquí en España siempre ha estado bastante relacionada por lo musical. Siempre he navegado por las mismas aguas, se podría decir, incluso ahora, cuando tengo tiempo para salir, elijo ir a algún sitio donde pueda escuchar música jamaicana, garage, freakbeat, soul o R&B”.

John Leo Waters, uno de los primeros hard mods, describió esa etiqueta como aquella que servía para definir “a los modernistas que iban más allá de una rebeldía en el estilo y la elegancia, y que pasaban directamente a las peleas callejeras, el tráfico de drogas, el juego arreglado y otros actos violentos que muy probablemente los harían terminar tras las rejas”. Aún a riesgo de caer en una injusta generalización, suele atribuirse a los mods de los 80 ese tipo de violencia juvenil que deja de existir en los 90. De igual manera, suelen encontrarse más ejemplos de ortodoxia o pureza musical en la escena modernista de los 80 que en las posteriores.

“Los 80 eran caldo de cultivo para culturas underground juveniles ya que había mucho paro, mucha violencia, y mucho facha por las calles”, recuerda el madrileño César Andión, de 55 años, perteneciente a la generación anterior a la de Alberto y Albert.

“[Ser mod] era una forma de rebelarse contra todo, los mods lo hacíamos con ropa elegante o de inspiración 60s, pelo corto y sin escupir o sin ser demasiado violentos. Sí que estuvimos en mil peleas pero simplemente por autodefensa. Nos veían como niños pijos y éramos todo lo contrario. La mayoría de mods venían de clase obrera o clase media-baja y la política no influía en nosotros. A mí, en los bajos de Aurrerá, me sacaron una pistola los de Fuerza Nueva porque llevaba una [bandera] Union Jack en mi gabardina verde y me dijeron que por qué no llevaba la española, a lo que contesté que me gustaba la música inglesa”.

“Mi juventud moló mucho pese al poco dinero que teníamos y la violencia constante en la calle que te hacía ir mirando por todos lados. Cuando la gente idolatra los 80 es porque no los han vivido, fueron una puta mierda de violencia, heroína, desempleo, disturbios sociales, robos a abuelas, a bancos, terrorismo salvaje de ETA, etc… un asco”.

César abrazó, con ganas, la identidad mod en torno al año 79 u 80. “Varios factores me hicieron llegar a interesarme por ello. El punk me pilló demasiado joven y desde 1978 o 1979 la música que me gustaba era la new wave. El primer grupo del que fui fan acérrimo fue The Police, que me flipaban y me siguen encantado, nunca cambiará eso. Me acuerdo de que veía programas [en La 2] cenando, como Popgrama, y flipaba con las actuaciones de Ian Dury, Elvis Costello o The Police. De siempre, de muy pequeño, he estado muy interesado por los guiris. De pequeño, en los campings me mezclaba más con niños holandeses, alemanes, ingleses, suecos que españoles y siempre me gustó aprender inglés y las culturas distintas”.

Pero lo que realmente cambió el curso de la vida de César Andión fue ver el video de ‘My Sharona’ de The Knack y escuchar el disco ‘Paralell Lines’ de Blondie. “De repente, vi a unas bandas con pelo más o menos corto y haciendo música con mucha marcha y melodía. Fue ver el ‘My Sharona’ y los trajes negros y corbatas estrechas de The Knack y al día siguiente me fui al colegio con una corbata negra y un chaleco de traje negro, ambos de mi padre. No era conscientemente mod, pero sí lo era en potencia".

"De ahí al ‘Setting Sons’ de The Jam, que me gustó más que el ‘London Calling’ de The Clash, quizás por su costumbrismo británico. Y por supuesto lo que realmente cambió todo fue ‘Quadrophenia’, tanto la película como el doble álbum de la banda sonora, ambas cosas son Biblia y jamás pasarán de moda por lo bien que están hechas. The Who hicieron una obra maestra de film y banda sonora, me empollé, como todos, todo al milímetro, las fotos, los diálogos, las canciones, las scooters, absolutamente todo… supe que era lo mío, una juventud que quiere divertirse de una forma salvaje pero a la vez elegante. A partir de ahí, todo fue ropa, scooters, discos y actitud, porque ser mod es tener actitud”.

Después de esta magnífica narración biográfica, César añade: “obviamente los tiempos, y yo, hemos cambiado mucho, pero ese teenage angst, ese ansia de conocer cosas, de tener mucha ropa molona y de tener mucha música molona sigue en mí”.

Igual que le pasa a Alberto Valle, César Andión no entiende que haya mods con ideología política de derechas, porque “es un movimiento de clase social baja… todo viene de [la pandilla de vándalos elegantes de Birmingham] Peaky Blinders, de los [mods originales de Brighton] Sawdust Caesars, de gente de clase obrera haciendo dinero y siendo elegante y bailando en night clubs”.

“Los uniformes con dianas, [los polos] Fred Perrys, parkas y escuchando northern soul en gente de 50 años que vota Brexit pues yo no lo veo. Y yo tengo parka, tengo Fred Perrys, me encanta el northern soul pero mi mente es mucho más progresiva y progresista porque me gusta muchísima música que en teoría no es mod pero que sí lo es. Pero mira, cada uno que sea feliz como quiera”.

Ángel de la Iglesia nació en el mismo “buen año mod” que Andión, 1964. Entre 1985 y 1987 publicó el fanzine Manzanares, por lo que desde entonces Ángel carga con ese sobrenombre. Se metió en la música después de ver la película ‘Quadrophenia’ y descubrir a The Jam.

“Haciendo la mili, conocí a gente que me llevó a Rock-Ola y me quedé enganchado”, nos cuenta. “Me metí en un mundo que me apasionaba: la música, el look, los scooters, juntarte con gente con las mismas pasiones, fue muy bonito ir descubriendo cosas, viajar, investigar y luchar por conseguir discos, ropa, una Vespa de los años 60, un Mini…”, rememora.

“Ahora lógicamente no es lo mismo. Soy un oficinista, padre de familia. Pero me sigue apasionando el universo mod, me sigo juntando con amigos de hace treinta y tantos años, conservamos discos, scooters y la ropa que todavía nos vale. Seguimos manteniendo en cierta medida la pasión, aunque ahora solo algún fin de semana”.

Para Ángel, la palabra “tribu” estaba bien aplicada en los 80: “ibas donde iban los demás e intentabas copiar cómo vestían, que era de uniforme Carnaby Street. Luego fuimos aprendiendo y nos fuimos individualizando, intentando diferenciarnos y buscando ya una imagen totalmente años sesenta”. Tirando de los Jam llegó a The Who, Small Faces, Kinks y, por medio de estos, al soul americano de la primera mitad de los 60, y de ahí al R&B de los 50: “un viaje musical apasionante en el que lo que me deslumbró al principio (The Jam) se fue quedando en un tercer plano y me he ido quedando con lo original, tanto americano como británico”.

Después de Manzanares, Ángel siguió con una publicación menos ambiciosa, Hablando de nosotros, una hoja informativa de un par de páginas con menos artículos y más opinión, que estuvo vigente entre 1988 y 1990. Con la llegada de internet, montó junto a Carlos Zoot Suit y su hermano Jorge la web mod-madrid.info, ya desaparecida.

Además, publicó el libro ‘Londres 1960-66’ como evolución del trabajo que venía desempeñando en los fanzines. Aunque hay un retorno al fanzine —no específicamente en esta escena, sino en las subculturas en general— internet lo ha cambiado todo.

“La información sobre los mods londinenses originales, los que a mi me interesan, del 59 al 65 aproximadamente, no para de llegar. Hay foros donde intervienen esos mods de los primeros 60, se editan libros en Londres, se puede conseguir vía internet el disco que siempre soñabas pinchar y las fotos más alucinantes. Hay muchísima información, lo que no hay son generaciones jóvenes y va a ser muy difícil que aparezcan. El mundo mod se ha convertido en toda Europa en un mundo de cincuentones”.

Es el momento de volver al tema que dejamos colgado en el segundo párrafo de este artículo. ¿Sigue habiendo una escena mod en la España de 2019? Para Alberto Valle, “no hay una escena mod propiamente dicha en Barcelona” pero sí hay un evento anual, organizado por él, llamado Le Clean Cut, “que se nutre mayormente de gente de fuera”.

El problema es que “no hay gente joven, al menos no en el ámbito propiamente mod. Sí se ven caras jóvenes que disfrutan con determinados sonidos y con el baile de estos. Disfrutan, bailan, conocen y sonríen. Algo es algo”. “Pues claro que sí hay escena”, contesta César Andión. “Va por oleadas, quizás [esta] sea más pequeña y necesite gente joven... llegará un día que a los chavales les guste más ir con Levi’s y desert boots que con chanclas brillantes y que les guste más bailar a Arthur Alexander que a un trapero. El estilo y la música es algo eterno” y añade, entre risas: “hay quienes se creen o se dicen mod y no lo son, y otros que por mucho que renieguen, siguen siéndolo, yo no les he quitado el carnet”.

Albert Petit coincide en que sí que hay escena: “en muchas ciudades sigue habiendo locales donde se pincha buena música y siguen siendo punto de encuentro de gente de la escena mod, siguen habiendo concentraciones, festivales e incluso ¡¡¡fanzines en papel!!!!! Desconfía de quien te diga que no existe una escena mod, normalmente son gente que está detrás del ordenador y lleva años sin salir de casa, ¿Que nada es como antes? Seguramente... ¿y qué?”.

César matiza: “No creo que haya muchas bandas mods, ni locales mods, ni festivales mod per se… claro que los hay pero tampoco es lo más importante porque el Modernismo siempre ha sido muy DIY [hazlo tú mismo] y molan más las cosas montadas por la misma gente desde dentro”. “Lo mod no es algo estrictamente musical”, recuerda Alberto Valle. Como subcultura que es, “abarca un sinfín de estímulos que van desde el arte figurativo, hasta el cine, pasando por la literatura, la fotografía o la arquitectura”, no se trata solo de “tener unos gustos musicales y unos discos”.

Se suele identificar el ser mod con una forma de vivir la juventud. A la par, como opina Alberto, la escena mod es una de las mejores para hacerse mayor dignamente sin abandonar tus valores. Ángel Manzanares está de acuerdo: “yo he vivido una juventud apasionante, he hecho grandes amigos por toda Europa con los que sigo manteniendo lazos por los gustos que todavía nos unen. Y llegada cierta edad tampoco vas dando la nota si apareces con un buen traje a medida en una Lambretta de 1964 y pinchas rhythm and blues de Hammond, puedes quedar como el más cool del vecindario”.

De la tribu, escena o subcultura mod, como estamos viendo, se descuelga, con la edad, mucha menos gente que de otras. Del entorno de Ángel Manzanares, mucha más gente está aquí de la que se ha ido, aunque percibe que han abandonado más mujeres que hombres.

“También entiendo a los que se han distanciado —dice—, la vida te lleva por caminos a veces duros, otras veces te absorbe tiempo y decides que tu tiempo libre lo ocupas con otras cosas. Pero en los ratos libres es muy agradable juntarte con otros frikies, comprar discos, buscar ropa o simplemente tomar unas copas oyendo buena música. Nos enganchó tanto el mundo mod que ahí seguimos y seguiremos”.

De la generación de Ángel, Albert Petit recuerda que hay “gente incombustible”, como César Andión o Miguel "el Mono", “auténticas leyendas vivas de gente que vio nacer la escena mod y fueron parte activa de ella”, que siguen pinchando con frecuencia en Madrid. Además del mencionado Miguel “el Mono”, Andión recuerda más gente de los 80 que sigue activa: “Jadd, Miguel Pardo, Suso, Chema, Navarro en Barcelona, Elena Flechazo, Igu, Javi Sun, Charly o Ese en Sevilla, Álex en León y muchos más, cada uno a su manera y visión y en distintos momentos de la vida. Puedes ir y volver, siempre estás dentro”.

Respecto a la generación de los 90, para Albert Petit es indispensable la aportación del Le Clean Cut de Alberto Valle, un club que califica de "epitome of modernism", donde “el purismo hace gala y vienen mods de toda Europa”. César cita, además de a los dos protagonistas más jóvenes de este reportaje, a “Mocky y Álvaro, Escarles, Rami, Arpi, Oscar Spansuls o Morgado” y pide disculpas porque sabe que se está olvidando de muchos y muchas.

¿Es posible que alguno de los mods desaparecidos hayan cambiado los discos por los hijos? “Puede que sea incompatible con según qué colecciones”, piensa Alberto Valle. “Es obvio que, con hijos, y a menos que ganes muy buen parné, según qué discarrales no te los podrás permitir. Pero se puede perfectamente disfrutar de discos teniendo hijos, y muchos de los mejores coleccionistas que conozco tienen prole”.

“La inmensa mayoría de mods que conozco ya lo eran en los 80 y los 90”, explica Alberto Valle, “y muy pocos lo son ya de este siglo” y, de los que lo son, la “aplastante mayoría” son ingleses. Por otro lado, “lo mod es, por definición, evolutivo, y es obvio que cada uno ha emprendido un camino u otro. Pero no creo que haya habido mucho descuelgue de la música. Simplemente unos han acabado escuchando electrónica, otros hardcore, aquel de ahí hip-hop y boogie disco, aquella del fondo country & western, la otra de acullá hard rock y progresivo y ese de allá folk ácido. Pero siempre queda un poso de curiosidad y hambre de conocimiento. De distinción y sibaritismo. De ir un poco más allá”.

Y añade: “de hecho, comulgo mucho más con esa actitud, ahora mismo, que con la de un señor vestido con los jam-shoes de su juventud y que lo vive de forma nostálgica, u otro señor que solo escucha dos o tres estilos musicales de una época muy concreta. Son posturas respetables, pero con las que conecto menos”.

“It’s a way of life!”, dice César Andión. “Mod is mod and not fade away”, añade, entonando viejos himnos. Chulería, actitud, actualidad, modernidad. ¡Se siguen repartiendo carnés para el movimiento juvenil del que no hace falta seguir siendo joven para formar parte! Ángel Manzanares sigue pinchando en las noches Go-Go Nite Klub del Costello varias veces al año. En junio salen con los scooters a la sierra para el Ain’t no mountain high Rally bajo el lema “soul, rhythm and blues, scooters, gastronomía, amistad y elegancia a raudales” y si hay que salir por la noche madrileña, se busca en qué garito de Malasaña o Lavapiés pincha Miguel “el Mono”, o se va a las fiestas que organizan las jóvenes djs de Hey Sister Club.

En su corto documental sobre la escena mod malagueña, ‘‘The “In” Crowd’, una de estas jóvenes chicas de la escena, Claire Retro Girl, entrevista a la banda Briatore. Dice el vocalista y cantante Fabi: “a estas alturas de la película, no queremos inventos, vamos a la base. A nosotros lo que nos flipa es que sigan vigentes unas propuestas que nos han movido desde el principio. Nosotros no somos niñatos ni mucho menos y volvemos a donde estábamos al principio, nos encanta que esto siga vivo y creemos que ya es tarde para que muera”. “¿Eres viejoven?”, le pregunta su compañero Tete Lambretta, vicepresidente del Club Scooterista Marbella, sentado a su lado. “Un poco”, le contesta, sonriendo, antes de estrecharse la mano.