Los expertos lo llaman misofonía

Los expertos lo llaman misofonía

Cuando escucho a la gente comer, beber, respirar o roncar, la ira y la violencia se apoderan de mí

'Misofonía,' no confundir con 'misofobia,' es el miedo patológico a la suciedad, la contaminación y los gérmenes. Esto es lo mismo pero con los sonidos. Obviamente, no con todos los sonidos, ya que es una 'aversión selectiva al sonido.' Los que la sufrimos, nunca, o yo al menos, nunca he asociado esto a algún tipo de 'trastorno psiquiátrico,' que es como muchos lo quieren ver.

Ruidos molestos
Ruidos molestos | Agencias

PEDRO MATEO | @pedromateo2011 | Madrid | 06/04/2018

Es, como digo, una aversión, odio o intolerancia, hacia una serie de sonidos producidos por el propio ser humano en su día a día. Os invito a que intentéis entender, o al menos empatizar, con aquellos que sufrimos la misofonía.

Puede que lo veáis como una frivolidad e incluso como una estupidez, pero os puedo asegurar que es una auténtica tortura. Estamos rodeados de personas, personas que comen, beben, respiran, roncan, etc. Son rutinas diarias a las que casi nadie les da importancia. Pero en cada uno de vuestros nauseabundos y dolorosos sonidos hay alguien cuya forzada sonrisa oculta a otro alguien que os estrangularía con sus propias manos.

Por desgracia, a menos que uno decida hacerse anacoreta, tendrá que incorporar la misofonía a su pack de actividades sociales vitalicias. Masticar, tragar, sorber, comer en general, es uno de esos rituales indisolubles a la más estricta cotidianidad y que para nosotros no es sino una diabólica gincana que sufrimos en silencio día tras día hasta el final de nuestras vidas.

Te gusta repelar los huesos de ese ex trozo de carne como si fueras un cánido mientras me hablas de no sé qué. No escucho lo que dices, sólo una mezcla de ira y odio mientras tus palaras se amontonan en una boca a su vez abarrotada de comida.

Me hablas justo en el momento en el que la comida viaja por la laringe camino del estómago. El resultado es el horror en estado puro, un indescriptible tormento que me obliga a subir el volumen de la TV.

Ahora viene el turno de la sopa y los caracoles. Me percato y subo todavía más el volumen de la TV, pero por mucho que lo haga, no hay decibelios en el mundo capaces de parar un ejército de labios que son lo más parecido a la aspiradora más potente jamás fabricada. Labios sorbiendo sopa, caracoles, y por qué no, cabezas de gambas.

Miradas inyectadas en sangre y alguna que otra forzada tos no sirven de nada, nadie pilla las indirectas. Para facilitar la ingesta, alguien termina de beberse un gran vaso de agua y remata la acción con el clásico: 'Aaaaahhhhh.' La forma de escribir la onomatopeya varía según la persona pero el resultado es el mismo: la 'misantropía.'

Tras el banquete, algún que otro comensal decide que el sofá que está justo a mi lado es el mejor sitio para finiquitar la jornada con un recital de inhumanos y atronadores 'ronquidos.' Y hablando de ronquidos, recuerdo que cuando me independicé cumplí con todos los tópicos: piso de estudiantes, muebles viejos, cuadros de caza, un casero déspota y un par de odiables compañeros de piso.

Pero nada era comparable a la dictadura acústica que cada noche tenía su génesis en el dormitorio paternofilial y resonaba cual terremoto en el dormitorio contiguo, es decir, el mío. Ni auriculares ni tapones para los oídos, nada podía detener ese loop que infestaba de pesadillas, estrés e insomnio los pabellones auditivos de un chico al borde del suicidio. Afortunadamente me independicé antes de cometer una locura.

Los ronquidos y las respiraciones fuertes son nuestros terroristas privados nocturnos. Uno tiene que experimentar con una serie de protocolos, a cada cuál más retorcido, si quiere consumar algo sin lo que sería inviable la existencia: dormir.

Y esta es sólo una pequeña muestra de un inmenso catálogo de sonidos o martirios que provocan nuestros más incontrolables 'impulsos criminales.' Una banda sonora que se repite una y otra vez desde que amanece hasta que anochece. Y lo peor de todo es que encima, tú, el tipo silencioso y educado, eres el quejica, el gris y el neurótico.

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