Así lo entiende Mari Carmen, vecina de Marbella, cada vez que mira a su bichón maltés y le sobreviene un sentimiento compasivo –“Pobrecito, ¿cómo no le voy dar todo lo mejor?”–, de modo que le engancha la correa en casa y se la suelta en el Tiny Dog Hotel, un hotel canino de lujo ubicado en el fastuoso paraíso del exregidor Jesús Gil. “Cuando llega al hotel está excitado: si mi cuerda tiene 5 metros, esa es la distancia que el perro va por delante de mí”, afirma la marbellí.

El bichón maltés de Mari Carmen es una gota en en el mar de mascotas que disfrutan estos días de unas vacaciones sofisticadas, normalmente proporcionadas por residencias caninas de alta gama cuyas atenciones no distan demasiado de los hoteles para humanos. El Tiny Dog Hotel, por ejemplo, cuenta con un spa en el que se ofrecen baños de oceanoterapia y aromaterapia, servicios incluidos en su llamado club de spa y mimos.

“Nuestro hotel es solo para perros de no más de 8 kilos y estos generan el efecto de ser considerados casi como niños. La gente lo exige todo para ellos”, cuenta el director José Antonio Canales, que abrió este espacio en medio de una etapa oscura: “Era director financiero en una multinacional, trabajaba 90 horas a la semana y tenía muchos problemas de corazón. Pensaba que no iba a durar demasiado y le dije a mi mujer que se montara algo para cuando yo no estuviera. Pero aquí sigo: el hotel me salvó la vida, literalmente”, afirma.

Tras 12 años después de desanudarse la corbata vive de las 30 habitaciones caninas cobradas a 21 euros la noche. El precio no disuade a Mari Carmen, que reconoce sentir envidia de su perro –“está más feliz que un ocho, ojalá me traten a mí en las vacaciones como le tratan a él”–, pero sin duda es el mayor hándicap al que se enfrenta cualquier persona que busca agasajar a su mascota. Obviamente centellea el pensamiento de que no son hijos, pero luego muere apagado por otro argumento de peso: en el mundo de los perros, las desigualdades económicas no son tan bestias.

“Yo antes llevaba a Curro, mi bulldog francés, a una residencia barata y me lo devolvían hecho un asco, pero empecé a dejarlo en una que costaba 3 euros más la noche –17 euros– y ahora está súper feliz”, relata Patricia, actual clienta de la Residencia Canino Welcome, un espacio al norte de Valencia con calefacción, aire acondicionado, piscina en forma de hueso, hamacas y una cuenta de Instagram fascinante. “Parece una tontería, pero en invierno te preguntan: ¿podemos darle caldito?”.

De modo que les dan caldito en invierno y vacaciones de lujo en verano, ofrecidas, sobre todo, gracias a las cuidadoras que juegan permanentemente con las mascotas. A diferencia del Critterati en la India o del Luxury Pet Boarding Hotel en Las Vegas, donde exploran más intensamente el lujo de lo material, aquí la vocación del personal es el valor diferencial de las residencias que se dicen lujosas.

“Las cuidadoras actuales están muy implicadas y eso se nota. Cuando Curro iba a otras residencias luego no me “hablaba” durante días, pero ahora entra con tantas ganas que la última vez hasta se hizo caca de la emoción”, cuenta Patricia.

Es fácil entender la incontinencia intestinal de Curro ante la perspectiva de unas vacaciones a cuerpo de rey. Más allá del marketing que desprenden las redes sociales de estas residencias, el subidón debe ser auténtico, porque cada vez hay más clientes que sacrifican parte de su salario en el cuidado pomposo de sus animales. Un ejemplo sintomático: la joven Sandra Vela se ganaba la vida cuidando unos pocos perros hace menos de 10 años y hoy regenta un resort para mascotas con 4.500 clientes –según cifras facilitadas por la propia empresa–.

“El nombre de Mr Pet Resort se lo damos porque dentro tienes todos los servicios necesarios para la mascota. Tienda, veterinario, spa, peluquería, alojamiento, etc. Es como un resort para humanos donde te pones la pulserita y en un mismo sitio lo encuentras todo reunido, sin la necesidad de salir a ningún sitio”, afirma la directora de este resort canino que, una vez más, sobre todo presume de cuidadores.

“Los animales siempre están con sus veterinarios o auxiliares veterinarios, porque aquí todo el equipo tiene formación con animales. Además trabajamos 24/7 y el cliente lo ve todo en directo a través de su móvil: esto es como un Gran Hermano”, explica Sandra Vela. Un GH pet edition de 30 euros la noche –en el caso de los perros– y un zoo doméstico, porque el recinto admite todo tipo de mascotas: gatos, cerdos, aves, roedores e incluso reptiles. “Hay gente que viene a visitarnos y no tiene ningún animal. Solo para verlos”, añade.

Quizás las iguanas o los cerdos vietnamitas no necesiten las comodidades de un resort. Pero los perros tampoco. Y sin embargo: ¿cómo negarle a Curro la posibilidad de celebrar su naturaleza frente a las puertas de su recinto vacacional?