Es una idea tan retorcida que parece escrita por el guionista más macabro del mundo. Quentin Tarantino, tal vez, ¿quién sabe? El problema es que es una realidad y es LA realidad a la que se enfrentan las miles de personas que cada día aterrizan en Los Ángeles anhelando convertirse en estrellas. Es la historia que Hollywood ha exprimido una y otra vez.

Un completo desconocido llega a la ciudad donde los sueños se hacen realidad (no es Disneylandia, no) y lo consigue tras haber pasado alguna que otra penuria. Muy bien. Sin embargo, hay un pequeño detalle que el séptimo arte se guarda para no alarmar a los aspirantes a celebrities.

Tras cuatro meses viviendo en esta ciudad de tráfico interminable, olor continuo a fritanga y carteles de ‘Dios nos juzgará’ por todas partes, el otro día me di cuenta de que “la fama cuesta”, que dirían en la mítica serie ‘Fama’. Pero no costar de sacrificio y esfuerzo, sino de dinero. Contante y sonante. Karina, que así se llama una de las chicas que conocí en clase de ‘The Business of Entertainment’, no paraba de hacer castings desde el primer día que pisó la ciudad.

Ilusa de mí, yo pensaba que esta jovencísima chica de origen ruso de veinticuatro años, melena pelirroja y ojos verdes se lo estaba currando a saco (perdonad el vocabulario pero es lo que tiene volver a la universidad y codearse con millennials). “Madre mía Karina, ¡estás haciendo muchísimas pruebas!”, le dije dándole la enhorabuena cuando salía medio corriendo de clase porque tenía una audición en la otra punta de la ciudad.

“Bueno, pago por ellas… así que mientras siga teniendo fondos, seguiré teniendo más oportunidades”, me contestó con una sonrisa agridulce en los labios. Mi cara me delató sin yo decir una palabra. “¿Es que te pensabas que me salían estos casting de manera gratuita?”, me dijo mientras no pudo más que reírse a carcajada limpia viendo mi expresión de “pue sí, lo pensaba”. “¡Qué va! Aquí se paga por todo. Y en efectivo, no vaya a ser que quede constancia. 25 dólares por audición y ni siquiera son de las buenas, pero por lo menos gano experiencia para luego poder dar el salto a alguna agencia más importante”, me explicó.

Curiosa de mí, quise saber más. “A ver, los actores profesionales (básicamente los que se ganan la vida únicamente actuando) firman con agencias de talento que les consiguen los castings. Se convierten en sus agentes, por así decirlo. No cuesta dinero que te acepten, pero ninguna de ellas trabajará contigo si no tienes mucha experiencia en televisión, cine, teatro… Debes demostrar que ya eres un actor y que pueden mandarte a un casting sin miedo a que les dejes en ridículo. Eso sí, si te dan el trabajo, ellos se quedan un porcentaje de tu sueldo”, comenzó Karina.

“¿Y qué pasa con los que, como yo, estamos empezando?, te preguntarás. Pues que contactamos con agencias mucho más pequeñas que trabajan exclusivamente con ‘novatos’. ¿Quieres meter la patita en Hollywood? Pues prepárate para pagar una cuota de 25 dólares por casting. Y esta es la tarifa más barata".

"Por supuesto, yo sé que por lo que estoy pagando me están mandado a audiciones de mierd*. Sobre todo son castings para anuncios y para hacer de extra en películas de bajo presupuesto. A veces hay suerte y sale algo con Netflix, HBO… pero, de nuevo, son papeles como extra y sin diálogo. ¿Se aprovechan? Sí. ¿Es así como funciona la industria? También”, zanjó la conversación parando el autobús que la llevaría, tras hora y media de trayecto, a unas oficinas en Downtown LA. De locos.

Sin embargo, Karina lleva razón. Todo joven actor que quiera abrirse paso en Hollywood sabe cómo funciona este negocio. Lo tomas o lo dejas. ¿Acaso no sabía toda la industria lo que pasaba con Harvey Weinstein? ¡Por supuesto! Repudiado ahora, este productor era solo la punta de un iceberg de una industria cuyos cimientos no pueden ser más inestables, sórdidos y oscuros. Bienvenidos a la meca del