No eres oro todo lo que reluce en la tierra de las oportunidades

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Las tiendas 24 horas donde los veteranos de guerra cambian su medicación por drogas

“Es un secreto a voces. El gobierno lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado”, me dice una enfermera que trabaja en un VA (Veterans Affairs) Medical Center. De locos.

Medicinas por drogas
Medicinas por drogas | Pexels
MARÍA JIMÉNEZ
  Madrid | 26/06/2019

Lo primero que me llamó la atención cuando llegué a los Estados Unidos (Los Ángeles, para ser más exactos) fue la gran cantidad de descuentos que muchos comercios ofrecían a todos aquellos veteranos de guerra que hay en el país. Y no son pocos.

Según los datos más recientes, en USA viven, aproximadamente, 18,8 millones de veteranos, lo que representa un 7,6 % de la población. Ahí es nada. Además, cabe decir que el presidente Donald Trump aumentó el presupuesto del ‘US Deparment of Veterans Affairs’ en 12 mil millones en 2019, siendo el total de un poco más de 198.000 millones de dólares. Unos datos que nos llevarían a pensar que todos y cada uno de los veteranos tienen cubiertas todas sus necesidades.

No solo cuentan con su propia ‘ministerio’, sino que también pueden presumir de disfrutar de sus propios centros médicos. De hecho, en todo el país hay 172 ‘VA Medical Centers’ en los que solo atienden a veteranos de guerra.

Por no hablar de que el 11 de noviembre se celebra el ‘Día de los Veteranos’. Una fecha en la que los descuentos son si cabe más espléndidos y se realizan ceremonias en muchos monumentos e instalaciones militares para agradecer a todos ellos sus servicios. De ahí que en mi cabeza se forjase la idea de que si de algo podía presumir el paraíso de la comida basura era de preocuparse por sus veteranos. Craso error.

“Es de admirar lo mucho que se preocupa el gobierno por lo veteranos, sobre todo en el tema salud. Me parece impresionante que cuenten con sus propios centros médicos. Es una idea que me parece muy buena”, le digo a Austin, un norteamericano amigo de un amigo español que también reside en Los Ángeles y con el que tengo la suficiente confianza como para tratar este tipo de asuntos.

Saco el tema porque en nada llegará el famoso 4 de julio y me siento como una niña con zapatos nuevos ante tal evento que, espero, sea tan espectacular como en las películas. Arthur no responde a mi reflexión y pone cara rara. Amy, su hermana, que está sentada a nuestro lado, me mira y comienza un discurso que me pone los pelos de punta.

“Entiendo que en España no tenéis nada parecido, pero créeme cuando te digo que la realidad no tiene nada que ver con lo que se ve desde fuera. Soy enfermera y trabajo en el ‘VA Medical Centers’ de Westwood. Sé que vives cerca y que habrás visto el enorme edificio, majestuoso, lleno de banderas y de anuncios sobre los múltiples beneficios que los veteranos pueden encontrar en su interior.

Y sí, es cierto que les damos todo lo que necesitan, pero no existe un control sobre su medicación. O al menos no como debería”, para y bebe un poco del cóctel que tiene delante. La miro pidiendo que siga y ella parece cómoda contando algo que es su pan nuestro de cada día.

“A ver, lo primero que tienes que saber es que la mayoría de los veteranos de guerra están muy jodidos. Pero mucho. Gran parte de ellos tiene secuelas psicológicas que derivan en problemas físicos que les hacen sufrir muchísimo tanto a nivel mental como corporal.

Es por eso que los tratamos con fuertes calmantes, antidepresivos, ansiolíticos. Vaya, que salen cargados de drogas legales por la puerta”, hace una pausa porque creo que se está dando cuenta de que lo estoy flipando mucho. A ver, que no soy idiota, pero claro, lo que me cuenta me está dejando de piedra.

“El problema es que, como ya te habrás dado cuenta, aquí hay que ganar mucho dinero para intentar tener un nivel de vida normal. Una casa, comprar comida, un coche… Y la mayoría de los veteranos, aunque tienen una especie de paga del Estado, acaban malviviendo. ¿Solución?

Venden sus drogas a ‘homeless’ a cambio de otro tipo de drogas”, sentencia sin ni siquiera parpadear y continúa: “¿Sabes esas tiendas 24 horas que siempre tienen el parking plagado de vagabundos? Pues ahí hacen negocio. Es un secreto a voces. El gobierno lo sabe, pero prefiere mirar hacia otro lado”. La verdad es que me imaginaba de todo menos eso.

Veteranos de guerra vendiendo su medicación a cambio de drogas. Ni al mejor guionista de Hollywood se le podría haber ocurrido. “Vale, pero cuando vuelven al centro médico a por más, entiendo que el médico y vosotras notaréis que algo está pasando. ¿Por qué no le negáis la medicación?”, le dijo toda naif. “No podemos. Es decir, hablamos con ellos, les ofrecemos terapia, pero tienen derecho a su medicación. Lo que hagan con ella no es asunto nuestro”, me dice.

Noto por la manera en la que me habla que está harta de su trabajo. Bingo. “Estoy estudiando la especialidad de anestesia para cambiarme en cuanto pueda. No sabes lo agotador que es formar parte de un sistema que no funciona.

Por no hablar de que muchas veces son los propios ‘homeless’ los que se acercan hasta los centros médicos para buscar veteranos con los que hacer negocio”, asegura mientras se termina de un trago el cóctel. “Bienvenida a los verdaderos Estados Unidos de América, querida”, me dice mientras hace el gesto de chocar su vaso con el mío. Madre mía, que alguien me traiga otra copa, por favor.

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