La moda de los remakes de las películas de animación Disney es una pequeña plaga. No solo se están ventilando sus clásicos de los 90 en menos tiempo del que pasó entre aquellas películas, sino que además sufren de una verdadera falta de creatividad a la hora de traducir sus obras a imágenes reales.

En el caso de ‘El Rey León’ la cosa es casi una fotocopia, solo que esta vez con felinos que mueven los labios y se dan arrumacos en vez de hacer lo que hacen las fieras en los documentales de la 2.

Pese a todo, aunque técnicamente también sea una película de animación y no de acción real, se agradece que no hayan utilizado animalitos de verdad. En primer lugar porque molestarles a estas alturas tampoco tiene mucho sentido, en segundo, porque la integridad de los actores debería de ser preservada a toda costa.

 

No es broma. Si no, que le pregunten a Tippi Hedren y su pierna rota, a su hija Melanie Griffith, que requirió una cirugía de reconstrucción facial o al propio director de ‘El Gran Rugido’ que llegó a tener gangrena, mientras el director de fotografía —el futuro director de ‘Speed’—necesitó 220 puntos en el cuero cabelludo.

Se considera una las películas más peligrosas que se han realizado, y fue principalmente porque se usaron una buena cantidad de grandes felinos salvajes, muchos de los cuales “interactuaron” con montón de actores y miembros del equipo.

La historia de ese rodaje empieza con su director, Noel Marshall y su entonces esposa, Tippi Hedren, que tuvieron la gran idea de hacer una película con animales salvajes a finales de los años setenta. En ella presentarían su propia familia, incluida Melanie Griffith, y los hijos de Marshall, Jerry y John, que se mostrarían como un clan aterrorizado por un grupo de leones y tigres que tenían como mascotas, aparentemente domesticados.

Un rodaje planificado para nueve meses se convirtió en una inabarcable epopeya de cinco años. Quizá esa mala suerte podría estar relacionada con la famosa maldición de ‘El Exorcista’, ya que Marshall fue productor de la misma y usó su propio dinero recaudado gracias al demonio para financiar el proyecto que casi le mata a él y a su familia.

La trama básica es que Marshall está trabajando como zoólogo en África y su mujer e hijos se mudan a un complejo en el que campan a sus anchas leones, tigres o pumas por el interior de la casa, en el porche o el pequeño muelle donde llegan los barcos. El conflicto viene cuando un grupo de cazadores furtivos a los que no les gusta la idea de que protejan a las fieras mete sus narices en el asunto. Hasta ese momento, todo bien.

El festival comienza cuando Marshall intenta explicar su punto de vista y ni siquiera puede completar su oración porque un león enorme se abalanza sobre él y lo tira al suelo. En la misma secuencia, se puede ver que hay sangre, y que no es precisamente de bote.

Y es que ‘El gran rugido’ es puro cine de riesgo. No es ninguna obra maestra narrativa ni destaca por su dramaturgia, pero ni los cientos de millones en texturas y renderizado de ‘El Rey Leon’ puede compararse con ver a personas de carne y hueso exponiéndose a quedarse sin lo primero.

Y es que, quitando algunas charlas familiares, el filme es una sucesión de verdadera acción real felina. Leones que empujan al suelo a la joven Melanie Griffith, un tigre que vuelca una balsa e incluso un elefante que manda a la actriz de ‘Los Pájaros’ a volar por los aires. Mordiscos en la cabeza, arañazos, derribos… la escena de los velocirraptores y la moto de ‘Jurassic World’ se emula aquí con criaturas de verdad.

Tras el rodaje, el director tardó dos años en recuperarse, la pareja se separó y casi no hicieron promoción en su estreno. La reserva en dónde vivían con los leones aún existe, y Hedren aún la administra.

Lo divertido de todo es que la película quería mostrarse como una defensa de los animales, con un espíritu diferente a las distintas copias de ‘Tiburón’ de la época. Hay escenas que los muestran mansos y juguetones, incluso hay amagos de hacer momentos divertidos como tigres montando en patinete, pero lo cierto es que la gran lección que aprendió Marshall y su familia es que los grandes felinos son depredadores que deben vivir en libertad y, sobre todo, que no son animales de compañía. Bastante bien acabó la cosa.