The Looming Tower

The Looming Tower

Machista, infiel y prepotente: ¿por qué odiamos tanto a los personajes de Jeff Daniels?

No resulta demasiado complicado imaginar la escena. Se ha visto infinidad de veces en el cine y las series. Un hombre, poderoso él, de traje y corbata, entra en plano. Cruza la puerta de un apartamento y al otro lado, mientras suena una canción, su canción (o eso dice él), una mujer le espera. Puede que esté cocinando, puede que esté corrigiendo trabajos de sus alumnos.

The Looming Tower
The Looming Tower | Agencias

MARIA JOSÉ ARIAS | @mariajoarias | Madrid | 15/03/2018

Lo que esté haciendo es lo de menos. Lo que importa es que está esperando a ‘su’ hombre. Este llega, le regala algún piropo manoseado de manual, saca ese ramo de flores que lleva escondido tras la espalda y ambos se funden en un apasionado abrazo y beso. ¿Es tu pistola o es que te alegras de verme? ¿En serio ella ha dicho eso? ¿En serio? Sí, lo ha hecho.

La escena es tan típica, tan bochornosa y está tan cargada de tópicos y machismos que molesta. Protagonistas así hay muchos. Un personaje arquetípico infinidad de veces visto y reutilizado por los guionistas. Es machista, autoritario, infiel y con una soberbia que irradia por los cuatro costados y que resulta imposible de digerir para una nueva generación de espectadores cuyos criterios y modelos han cambiado.

Un ejemplo masculino para no seguir, que sirve para señalar lo que no se debe ser en la realidad y que, por otra parte, no deja de ser un buen personaje. Eso es importante. Que no sea modélico ni deba ser representativo no le resta valor dramático. Sobre todo si cae en manos de Jeff Daniels, un actor que sabe muy bien cómo sacarle punta a tipos así, incómodos y para con los que la empatía no es una opción.

Lo hizo en ‘The Newsroom’ con aquel periodista televisivo que se marcaba un discurso memorable pero cargado de prepotencia en el primer episodio de la serie y lo repitió con su villano de western en ‘Godless’. Will McAvoy era alguien con el ego por las nubes y muchos problemas internos y traumas que hacían que el espectador acabase cogiéndole cierto cariño. No así Frank Griffin. Nadie quiere al villano de una del Oeste.

Igual que nadie puede sentir ni el más mínimo aprecio por un personaje como el que le ha tocado en suerte en ‘The Looming Tower’, su última aventura seriéfila en la que se mete en la piel de un jefe del FBI por el que le lloverán buenas críticas por su actuación. No es para menos. A John O’Niel consigue darle ese toque despreciable que se ve ya solo con el piloto.

Basta un solo capítulo, un puñado de escenas y entradas en acción para repelerle como persona. Es así. De entrada se le ve engreído, pagado de sí mismo y acostumbrado a aplastar a quienes se oponen a sus ideas. Tiene poder y sabe cómo usarlo. Como alto cargo del FBI está acostumbrado a trabajar en ambientes hostiles que a veces incluso él mismo provoca. Su carácter encaja a la perfección con lo que pretende ‘The Looming Tower’, reflejar ese enfrentamiento y rivalidad entre esta agencia y la CIA en base a la teoría de que su falta de colaboración en materia de terrorismo facilitó el terreno a Bin Laden y Al Qaeda.

Frente a él, para darle la réplica, un Peter Sarsgaard que va también sobrado de prepotencia y ego desmesurado pero que, al quedar relegado a un segundo plano en el piloto, no pasa de ahí. Y eso que con solo una hora ya se ve que esta historia va de una lucha de egos masculinos en la que al final quienes perderán serán los ciudadanos.

Frases y comportamientos que lo retratan

En quien más se profundiza en ese primer episodio es en O’Niel. Se ve mucho más de él, se asoma su cara más personal y esta desagrada inevitablemente. Hay una frase que lo retrata a la perfección. Hablando en un bar con uno de sus agentes sobre Bin Laden llega el periodista que lo entrevistó quejándose de que lo que a la opinión pública le interesa en realidad es Monica Lewinsky y su relación con Bill Clinton. Eran los noventa.

La respuesta del personaje de Daniels es tan asquerosa como significativa. “Me he corrido en mil vestidos y a nadie le importa”. Efectivamente, a nadie le importa. Al espectador tampoco, pero ese conjunto de palabras le retratan y sirven de puerta de entrada hacia lo que vendrá después. Esa escena con el ramo de flores descrita al principio que, además, se verá por duplicado. Porque O’Niel, además de prepotente, soberbio, engreído y autoritario es infiel.

Tiene novia, amante y madre de sus hijos. Ninguna de las tres es la misma. Es capaz de mentir a una diciéndole que no puede ir a verla porque tiene que trabajar mientras está subiendo las escaleras del apartamento de otra que le espera con la cena y la velas puestas. Y, a renglón seguido, sentarse a cenar con sus dos hijas como si fuese el padre del año.

Personajes como este no son lo que la sociedad quiere como modelo. Han existido, existen y seguirán existiendo y, ciertamente, dan mucho juego. Son modelos para no seguir. Un reflejo de lo que no se debe ser, pero potentes dramáticamente. La clave, como ocurre en esta serie basada en el polémico libro del mismo título ‘The Looming Tower’, es no ensalzarles.

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