“No me creo que vaya a ir a Palm Springs”, le dije a mi amiga Carlota por Skype cuando le conté que mi plan para pasar mi primer ‘Memorial Day Weekend’ en Estados Unidos era irme a esta ciudad de la que tanto había disfrutado en las películas. Por lo que Hollywood me había mostrado de ella, lo que podía esperar era gente con mucho dinero, edificios de estética vanguardista y calor, mucho calor. Sin embargo, lo que vi y viví fue una historia MUY distinta. A excepción de las temperaturas estratosféricas.

Habíamos alquilado una casa con piscina y barbacoa. Es lo que hacen los americanos cada vez que tienen vacaciones tipo ‘puente’. Me lo estaba pasando bien, pero preferí abandonar por un momento esta típica escena americana de película de adolescentes para visitar el centro de la ciudad. Y digo centro cuando lo que debería decir es calle.

Resulta que Palm Springs, o bueno, su Downtown, es una calle llena de bares y tiendas. Y sí, todo el que pasea por ella tiene ese toque marbellí de estar forrado de pasta, tener un gusto por la moda bastante dudoso y haber estado tomando el sol sus últimos 20 años. Hasta ahí todo correcto. Decepcionante, pero correcto.

Drag Queen Bingo

Pero cuál fue mi sorpresa cuando llegué a una calle en la que un enorme cartel me daba la bienvenida al ‘love of pride’. ¿Había dado con el barrio gay de Palm Springs? Exacto. Arenas Road es su paraíso LGTBIQ+. Me di cuenta enseguida. Más que nada porque eran las 4 de la tarde y en cada uno de los bares que conforman esa calle estaba teniendo lugar un ‘Drag Queen Bingo’.

Y sí, es lo que estáis pensado: un bingo presentado por Drag Queens. No mentiré al decir que por un minuto me sentí como en casa. Es decir, en España. Con bares llenos de gente, riendo y chillando. Me gustó.

Además, me topé con una señal que me gustó aún más todavía y en la que se anunciaba lo siguiente: “El departamento de policía de Palm Springs está aquí para protegerle y para hacer que su visita sea segura y la disfrute. Por favor, reporte cualquier actividad criminal inmediatamente al departamento de policía de Palm Springs. Orgullosos de servir a la comunidad LGTB”.

Así pues, con el sueño de una calle que prometía ser mucho más divertida por la noche, volví a casa. “¿Tú sabías que tienen una zona gay?”, le dije a mi amigo Carlos como una niña que acaba de descubrir que los Reyes son… Felipe y Letizia (ejem, ejem).

“Pues claro nena, ¿dónde te crees que vamos a ir esta noche?”, me contestó poniendo los ojos en blanco. Y no, Carlos no es gay, pero parece ser que en Estados Unidos los mejores bares (y también los más bizarros y divertidos) están siempre en el barrio LGTBIQ+. No di saltos de alegría porque con 35 años creo que hay cosas que ya no debo hacer, pero reconozco que estuve a punto.

La noche llegó y con ella el Uber que nos llevaría al primer bar. Y ya os aviso de que solo fuimos a dos, ¡pero qué dos! Desde fuera, ‘Quadz’ no parece un garito demasiado ‘cool’. Es más, esperando para entrar (aquí en EEUU a todo hijo de vecino le piden el DNI), me pareció que no había música. Solo podía escuchar a un montón de gente coreando algo a la vez.

“A ver dónde narices me han traído estos”, pensé mentalmente. Nada más entrar me di cuenta de que este no era una bar cualquiera, era EL BAR (y no la película de Álex de la Iglesia).

Todos los allí presentes estaban mirando hacia varias televisiones y en ellas se podía ver a Celine Dion cantando ‘My Heart Will Always Go On’ durante la actuación que ofreció en la gala de los Oscar en el año 1998. Pero no solo miraban, ¡cantaban! La voz de la canadiense podía oírse de fondo, pero en este bar los verdaderos protagonistas son sus tertulianos. Eso sí, si no estás muy metido en la dinámica gay, mejor ni lo pises.

Después de Celine Dion, llegaron Cher, Madonna, ABBA… Lo mejor es que no ponen los videoclips, ponen actuaciones en directo donde la intérprete se entrega al máximo. Reconozco que no me costó nada ponerme a cantar y a abrazarme con desconocidos mientras me dejaba la piel intentando bordar el tema ‘Alejandro’ de Lady Gaga.

No lo conseguí, pero gracias a Dios la programación de la noche me dio un respiro cuando algo parecido a una telenovela comenzó a proyectarse en las pantallas. Ah, no, espera. ¡Era una telenovela! “Menudo bajón, ahora nadie va a cantar”, pensé yo. Craso error. El pub enteró comenzó a recitar la pelea verbal que las dos mujeres estaba teniendo en pantalla. En serio. Nunca he visto nada igual. De hecho, me pregunto si algo así triunfaría en España. Todo es ponerse.

“Cambiamos de sitio”, me dijo Arthur tirando de mí. Lo cierto es que no quería irme, pero me moría de ganas por ver a dónde me llevaban. ‘Hunters’ era nuestra siguiente parada. La verdad es que este local era muchísimo más grande. Con reservados y mesas privadas, pensé que nada me sorprendería. Pero no. Ahí estaba él. Un gogó que, no miento, tendría unos cincuenta años. Hay cosas que no engañan.

Y lo digo porque la única prenda con la que iba vestido era un tanga del que sobresalían dólares perfectamente insertados por chicos (y chicas) que querían que siguiese bailando. De nuevo, no pude evitar preguntarme mentalmente: “¿Habrá algo parecido en España?”. Si lo hay, por favor, decídmelo. Y si no, quizá sería buena idea exportarlo como modelo de negocio. Una cosa está clara: en Estados Unidos todo es más grande, más extravagante y más bizarro. Da igual a qué acera pertenezca.