Nunca he tenido novio en mis treinta y cinco años de vida. Nunca. Ni una sola vez. Y por novio me refiero a una relación sentimental estable tradicional. Lo que viene siendo cogerse de la mano por la calle, ser monógamos e ir a comer a casa de los suegros los domingos. ¿Me avergüenzo? No. ¿Creo que es un estigma que me condenará a la soltería perpetua aunque yo no lo quiera? Definitivamente sí.

Todo sucedió durante una cena con Mattia, un chico italiano con el que mantengo una relación puramente sexual. Quedamos, lo pasamos bien, cenamos, bebemos y terminamos la velada con un polvo sin complicaciones. Lo conozco desde hace dos meses y solemos hablar de temas poco profundos dada la naturaleza de nuestro emparejamiento.

Sin embargo, aquí mi amigo decidió que era hora de ‘fardar’ de sus ligues. No lo culpo. Estoy acostumbrada a que los hombres hagan eso cuando creen que sus ‘folla amigas’ no tienen clara la naturaleza de su relación. Y es que, no sé por qué, el género masculino tiende a pensar que toda mujer que se acueste con él terminará enamorándose perdidamente de él. Bendita autoestima.

Así pues, ahí estaba Mattia hablándome de todas las mujeres que habían pasado por su cama y todas aquellas que habían podido presumir de ser sus novias. Esto de presumir lo digo yo en tono sarcástico, por si no había quedado claro. Terminó de hablar y me preguntó: “¿Y tú cuántos novios has tenido?”. Cogí aire, sabiendo de antemano que mi contestación le iba a sorprender, y le dije: “Ninguno”. ¡Bingo! Esa cara. Un gesto que quien lo haya visto lo reconoce al instante. Mitad asombro, mitad pánico.

“¿Me estás diciendo que nunca has salido con alguien de manera formal y continua?”, contraatacó para cerciorarse de lo que acababa de escuchar. “No”, contesté sin querer entrar en detalles. Pero lo que pasó a continuación, no me lo esperaba. “Buah, pues déjame decirte que algo está mal contigo si nunca has tenido novio con 35 años”.

Me quedé pálida. Bueno, miento. Me puse roja y me odio a mí misma por haber tenido esa reacción infantil e insegura. Mis ojos se humedecieron y por un minuto pensé en salir corriendo. ¿Acaso me avergüenzo de mi historial sentimental? En absoluto, pero esa contestación confirmó mis más terribles sospechas: estoy marcada de por vida.

Siempre he pensado que el hecho de no haberme involucrado jamás en una relación tradicional me dejaba en una posición de desventaja frente a las demás chicas. Intuía que los hombres pensarían que algo me pasaba si no había querido comprometerme nunca. Y Mattia fue el encargado de dejarme claro que así es.

“A mí no me pasa nada malo”, quise decirle, pero opté por dejarlo pasar y continuar una velada que terminó como siempre. En la cama, cigarrillo mediante y la promesa de vernos en un par de semanas. Por si no lo habéis adivinado ya, el número de Mattia ya no duerme en mi teléfono. Mala suerte.

Sin embargo, voy a deciros todo lo que no pude decirle a él por vergüenza, pereza o vete tú a saber qué. Que no haya tenido una relación convencional no quiere decir que no haya tenido relaciones, como tampoco quiere decir que algo esté mal conmigo.

He tenido relaciones, pero nunca de la manera tradicional. He estado liada con gente durante años, pero nunca he querido comprometerme de manera seria con nadie. Me he acostado con gente soltera, casada, divorciada… ¿El motivo? Tras cuatro años de terapia solo puedo decir que he llegado a la conclusión de que dos son las razones que me llevan a actuar de esta manera.

La primera es que me da un miedo atroz perder mi independencia. Siempre he hecho lo que me ha dado la gana. Me levanto a la hora que quiero, me voy de vacaciones dónde quiero, lavo los platos (o no) si quiero, vivo donde quiero, como lo que quiero, salgo cómo, cuándo y con quien quiero… ¿Suena egoísta? Puede, pero no le hago daño a nadie.

El novio de una amiga una vez me dijo: “Es que eso no puede ser así. En una pareja hay que llegar a acuerdos, entendimientos… Unas veces se gana y otras se pierde”. Efectivamente. Y a mí no me gusta perder. Es lo que hay. Os parecerá una tontería, pero no quiero tener que ponerme de acuerdo con nadie para decidir en qué barrio vivir o a qué hora debemos ir a hacer la compra. No es egoísmo, es simplemente que siempre he vivido así y me gusta.

La segunda es que me da un miedo atroz que me dejen. Porque no os creáis que durante mis veinte no intenté ser ‘normal’. Lo intenté, y nunca funcionó. Me forcé a hacer algo que, obviamente, no estaba hecho para mí. El problema es que llegué a creerme que debía tener novio para encajar en la vida tal y como está montada. O al menos, tal y como la concibe la mayoría de la gente. Lo intenté varias veces, pero todos acabaron dejándome a las pocas semanas de intentar empezar algo serio y yo sufrí un dolor indescriptible creyendo que yo estaba averiada.

Miedo. El denominador común de las dos ecuaciones expresadas en los dos párrafos anteriores. ¿Me asustan las relaciones convencionales? Creo que ha quedado más que claro que sí. ¿Por qué? No lo sé. Solo puedo confesaros que ya desde pequeña yo sabía que no era como la gran mayoría en ese sentido. Incluso en el instituto miraba a las parejas y pensaba “qué coñazo”. Sin embargo, intenté moldear mi forma de ser y así me fue, fatal.

Desgraciadamente, ningún hombre se creerá las palabras que acabo de escribir. Caso distinto es que hubiesen salido de la mente de uno de su especie. Los hombres llegan solteros a la treintena porque lo deciden ellos mismos, las mujeres no. O esa es la creencia general. Ellos son vistos como almas libres que disfrutan de su juventud sin preocupaciones.

“Míralo, qué cabrón, con su pisito de soltero y con una cada noche”, he oído en multitud de ocasiones. Eso sí, si es una mujer la cosa cambia: “Menuda debe ser si ninguno ha querido acabar con ella. Como no se dé prisa se le va a pasar el arroz”. Aunque las mujeres tampoco se quedan cortas. Muchas de mis amigas me han dicho en alguna ocasión lo típico de “eso es porque todavía no has encontrado al hombre de tu vida”. Bien de clichés, cómo no.

¿Tan difícil es comprender que quiera ser libre emocionalmente para poder hacer con mi vida lo que me dé la gana? Claro que a veces me pienso en cómo debe ser vivir con alguien. No soy tan rara. Pero si no soporto pasar con un hombre que me gusta más de tres días seguidos de viaje, ¿cómo narices voy a aguantarlo cada día de mi vida? “El amor es llegar a acuerdos”, dicen algunos. Bueno, pues entonces estoy de acuerdo en que no quiero llegar a acuerdos, pero de ahí a que yo no esté cuerda hay un gran paso.