Me fui sola a casa, y eso que me podría haber acompañado un chico, colega de uno de mis mejores amigos, que se ofreció cortésmente a dejarme sana y salva en mi hogar. Aun así, a las cuatro de la mañana escogí caminar en soledad por las desiertas calles de mi ciudad natal, como tantas otras noches que salgo de fiesta.

Con paso firme y ligero, escucho el retumbar de mis tacones e intento no pensar en todo lo que podría pasarme. No es fácil. Tras los recientes (y gravísimos) casos de violaciones que han tenido lugar en nuestro país, cada vez contemplo más la posibilidad de que yo pueda terminar siendo una de esas chicas a las que intimidan, violan e incluso matan.

A mis treinta y cuatro, puedo decir que siempre he hecho lo que me ha dado la gana en cuestión de hombres. Me explicaré mejor. Llevo toda mi vida soltera, por lo que la mayoría de mis relaciones han sido ‘polvos de una noche’, hablando claramente.

Chica conoce a chico en discoteca, tontean, se lían y acaban en casa de él (o de ella) disfrutando de una tórrida noche de sexo desenfrenado (bueno, igual no tanto, pero sexo al fin y al cabo). No sé las veces que habré repetido la misma escena. Decenas, supongo.

Y puedo prometer y prometo que nunca en mi vida sentí miedo. Me fui con hombres a los que acaba de conocer, a los que había visto un par de veces en el mismo garito, amigos de amigos… Me fiaba de ellos, supongo. ¿El motivo? Quién sabe.

Sin embargo, no sé en qué momento mi cerebro ha comenzado a activar una señal de alarma y de autoprotección que ha hecho que cambie radicalmente de actitud.

Emm... va a ser que no | Pexels

Había salido a cenar con unos amigos. Entre copa y copa, nos encontramos con unos antiguos compañeros de universidad de mi amigo Pablo. Uno de ellos, Jaime, siempre me ha hecho tilín y tenemos una especie de tonteo que dura ya varios años.

Vaya, que los dos sabemos lo que hay. Así pues, Jaime y yo nos situamos en la barra alejados de los demás y comenzamos a charlar de lo divino y de lo humano. Todo va de perlas. Yo toco su brazo y le hablo al oído y él posa su mano en mi cintura y me acerca a él para escuchar lo que le digo. Bingo.

Esta noche pillo. Tras más de dos horas en las que nos dedicamos a besarnos cual adolescentes en mitad del bar, me doy cuenta de que he bebido más de lo que debería y de que solo tengo ganas de dormir la mona.

Así pues, sin ningún tipo de miedo ni de pudor, le digo a Jaime que me voy a casa y que nos vemos otro día. Él asiente y me dice que me acompaña. Y es ahí cuando me doy cuenta de que he cambiado. No quiero que me acompañe. Prefiero irme sola. ¿Por qué?

En aquel momento solo recuerdo que me agobié, mucho. De repente nos imaginé en el portal, él intentado subir y yo diciéndole que no. Malpensada, dirán algunos. Totalmente. “En serio Jaime, que me voy sola. No te preocupes”, le digo.

Me mira con lo que creo que es asombro (y un poco de indignación, me atrevería a decir) y me suelta: “De verdad, que no quiero follar, pero déjame que te acompañe al portal”.

Volviendo sola a casa | Pexels

¿Me lo creo? Sí. ¿Al 100%? No. Y ahí está la clave. Ya no me fío de los hombres en este tipo de situaciones. Ni siquiera de aquellos a los que conozco o de los que tengo referencias. Un verdadero problemón, la verdad.

No tengo ni la menor duda de que sus intenciones son solo esas, pero no me la juego. Y creo saber otro de los motivos, más allá del de no creerme que no quiera nada más ni vaya a intentar el último triple desde mi portal. No quiero que nadie diga que “me lo he ganado”.

No quiero que nadie diga que “me lo he buscado”. No quiero que nadie diga que “qué hacía esa chica en el portal con ese chico si no quería nada”. ¿Estoy dejando de hacer cosas porque no quiero ser señalada y culpabilizada de algo injusto? Exacto.

Sé que mi nueva forma de proceder probablemente esté mal. Muy mal. Me estoy privando de hacer lo que me da la real gana porque tengo miedo de ser la culpable y no la víctima.

Es algo en lo que nunca me había parado a pensar hasta que comenzaron a aparecer casos de violaciones y/o agresiones en los que las víctimas eran culpabilizadas.

Es culpa nuestra por llevar falda, por llevar escote, por coger ese camino poco transitado, por volver a casa solas, por volver acompañadas, por estar en una discoteca a las 4 de la mañana…

Sé perfectamente lo que hubiese dicho mucha gente si me hubiese dejado acompañar a casa por Jaime y hubiese tenido que pararle los pies. Ya no por agresión o violación, simplemente por si se hubiese puesto ‘pesado’ por eso de que algunos no entienden que “no es no”.

Muchos (y muchas) hubiesen expresado en voz alta que “si no quería nada que no se hubiese liado con él”. Vaya, me hubiesen tildado de ‘calientapollas’.

Así, sin más.

Por eso, y aunque creo que estoy dando un paso atrás, prefiero protegerme incluso de hombres a los que conozco. “No te fíes ni de mí”, me decía mi abuelo cuando era pequeña. Pues parece que, tristemente, le haré caso.