Con la guerra de Vietnam nació un fenómeno que se ha demonimado como ‘Sufrimiento a distancia’, cuando personas que viven muy lejos de conflictos, injusticias o desastres, se sienten en el debe de empatizar.

Varios sociólogos han analizado el fenómeno de la solidaridad y han llegado a la conclusión de que, para el occidental, apoyar causas humanitarias es una forma de completar su identidad, de adherirse a un posicionamiento moral.

Según un estudio de la investigadora, Helena Flam (publicado en España por Aposta Digital), hay en concreto una tipología de cooperante (voluntario) que asiste a campos de refugiados, orfanatos y situaciones en conflictos, que se desplaza como una forma más de turismo. Es un turismo de beneficencia.

Y lo es porque, en todo momento, el voluntario tiene la sartén por el mango: elige en qué momento, en qué lugar y en qué tipo de conflicto se sumergirá.

Y así transita con las máximas garantías de seguridad. El voluntario es, en sí mismo, una burbuja protegida, que se da un baño de caridad y regresa luego a su país sintiéndose también una víctima. Según Flam, no por estar traumatizado por lo que vio, sino porque ese es su souvenir.