¡LÍNEA! ¡BINGO!

¡LÍNEA! ¡BINGO!

Pasé la noche en un bingo de Albacete, y me río yo de Las Vegas

A pesar de haber estado dos veces en la ciudad del pecado por excelencia, he de decir que nada tiene que envidiarle el bingo de mi querido Albacete. Hagan juego.

Fui al bingo
Fui al bingo | Archivo Getty Images

Treinta y tres años he tardado en poner un pie en el bingo de Albacete. Curiosamente, y según el señor Google Maps. Sí, manda narices no haber ido nunca, lo reconozco. Pero en mi defensa diré que acabo de volver a la ciudad que me vio nacer después de 18 años fuera estudiando y trabajando.

“¿Qué nunca has ido al Bingo?”, exclama mi amigo José Ramón como si hubiese cometido el más grave de los delitos. “Esta noche vamos y punto, que vas a ver cómo lo pasamos”, matiza mientras se frota las manos. Como no sé muy bien si hay algún código de vestimenta, me atrevo a preguntar que qué me pongo. “Perlas y mucha laca, así podrás hacerles la competencia a su público mayoritario”, me dice José Ramón mientras se ríe de mí, que no conmigo. Vale, entiendo que seremos los más jóvenes del lugar. O no.

Diez y media de la noche y me hallo con cinco amigos más en la puerta del Bingo. Os juro que estoy nerviosa. ¿Qué queréis que os diga? Me siento como si estuviese haciendo algo malo e incluso ilegal.

Mientras que en Las Vegas me parecía totalmente normal ir de un casino a otro, ir al Bingo en Albacete me da vergüenza y hasta me parece un poco ca(n)sino. A ver si me va a ver alguna vecina y mañana le van a decir a mi madre en la panadería que me estoy gastando los ‘cuartos’ de la herencia en juegos de azar. Cualquier cosa es posible en una ciudad pequeña como esta en la que nos conocemos (casi) todos.

Me he puesto un pantalón, un top y una chaqueta americana. Todo negro. Sí, muy de luto ya que sé que no cantaré Bingo. “Siempre negativo, nunca positivo”, que diría Louis Van Gaal. Entramos y una señora nos pide el DNI y nos desea suerte, como quien se presenta a un examen. Me cae bien.

Nos indica por dónde se entra a la sala y cuando mis abrigos abren las puertas, yo me siento como la Bella cuando la Bestia le enseña la biblioteca. “La Virgen la que tienen aquí montada”, pienso. Pero como no quiero parecer cateta, me guardo mi sorpresa y entro como si fuese una parroquiana más.

Hay como cuarenta o cincuenta mesas redondas con cinco o seis sillas alrededor de cada una. Vaya, que esto da como para montar el banquete de una boda. Y para mi sorpresa, está medio lleno. En serio. Y aunque hay un poco de todo, el perfil que más abunda es el de señora mayor (70 para arriba) luciendo sus mejores galas. ¿Y cuáles son esas?

Medias color carne con zapato ergonómico negro de tacón intermedio, falda hasta debajo de la rodilla, blusa, rebeca de lana con botoncitos pequeños cerrada hasta el cuello, gafa ochentera, cardado o moño (depende de la señora) y pendientes y collar de perlas (los que se ponen luego para ir a misa los domingos, ejem ejem).

Nos sentamos en una mesa y pedimos unos cartones (no de tabaco, que os conozco). Hoy cuestan dos euros porque no es noche especial. Cinco euros cuando la ocasión lo merece como botes o primas (no me preguntéis la diferencia, pero la hay). Hay unas pantallas gigantes en las que puedes ir siguiendo los números que salen y la megafonía es casi o igual de nítida y perfecta que la de Zara o Bershka cuando llaman a Trini a caja para una devolución. Yo lo flipo.

De repente, oigo la canción ‘Despacito’. Un momento. ¿Por qué parece que la están cantando en directo y que no es exactamente la misma versión de Luis Fonsi? Miro a un lado y veo a un hombre al teclado. ¡Ay mi madre que tenemos concierto incluido! Ni en Las Vegas, en serio.

Comenzamos a jugar y a los cinco minutos uno de mis acompañantes canta línea. ¡Toma ya! Lo celebramos como si fuésemos Iniesta (que para algo es Albaceteño) marcando el gol que nos dio el Mundial. Sin embargo, nuestra euforia no es bien recibida. Normal, somos los últimos en llegar y acabamos de cantar línea. Y la ‘línea’ que separa el buen rollito de la competencia a muerte en un Bingo es muy fina.

De hecho, me percato de que muchas señoras tienen puesto el bolso al lado de sus cartones y se lo tapan. ¡Como cuando en el colegio poníamos el estuche para que no se copiase el de al lado! Esto es mil veces mejor que Las Vegas.

Cero postureos, cero despedidas de soltero, las bebidas son infinitamente más baratas y la presencia de las ‘old ladies’ es todo un plus. No sé desde qué hora llevarán allí pero me juego lo que quieras a que mucho. Las delata la cantidad de revistas del corazón que adornan sus mesas.

La noche avanza y es fácil sentirse a gusto. No sé si es por las copas (que también), pero ese ambiente enrarecido (por no decir sucio) que se respira en Las Vegas no está presente. Y mira que aquí el dinero también corre por las mesas que no veas.

Bueno, los cartones, que para el caso es lo mismo. Pero cuidadito porque no solo tenemos bingo, también hay un huequecito dedicado a las maquinitas. Aunque bien es cierto que no hay nadie y que me encantaría ver a la típica señora con un cubo echando monedas.

Llega la hora de cerrar (no hemos ganado, por si había alguna duda) y me da pena irme. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien en un ambiente tan opuesto al que suelo frecuentar. La próxima vez que venga, prometo llevarme la revista ‘Qué me dices’ y cardarme el pelo. Larga vida a los bingos, pero a los de provincias.

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 09/03/2018

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