Y no es nada malo

Y no es nada malo

No nos engañemos, no existen los solteros exigentes a partir de los 30

No puedo más que reírme cada vez que escucho que, con el tiempo, las personas que quieren encontrar pareja se vuelven más “exigentes”. Un término que no se ajusta para nada a la cruda realidad.

Solteros exigentes
Solteros exigentes | Pexels

MARÍA JIMÉNEZ | @tribusocultas | Madrid | 30/10/2018

Dicen que con el paso de los años las personas nos volvemos animales de costumbres. Y a esto le añado yo la coletilla de amorosas. Todas las parejas que me rodean ya se han hecho el uno al otro.

Recuerdo cuando comenzaron a salir y todo eran demandas en cuanto a la manera de decir o hacer las cosas. “Es que no me gusta cuando se pone quisquilloso”, me decía mi amiga Almudena del que ahora es su marido. Sin embargo, hace un par de meses, durante una cena, la misma (pero ya desencantada de la vida) me dijo “bah, que haga lo que quiera, después de siete años juntos yo ya paso”.

¡Bingo! Cada uno es como es y nadie cambia por otra persona. ¿Os acabo de sacar de vuestra burbuja de amor romántico? Ya lo siento. Y es aquí donde inicio mi alegato en favor de la no exigencia en las relaciones a partir de los treinta.

No, amigos, los treintañeros/as solteros/as no somos exigentes. Dejamos de serlo hace mucho tiempo. O quizá nunca lo fuimos y por eso seguimos sin cambiar nuestro estado civil en Facebook y en la declaración de la renta.

En bastantes ocasiones, más de las que me gustaría, he sido ‘atacada’ con la frase “es que eres demasiado exigente y por eso nadie es lo suficientemente bueno para ti’. Error, queridos.

Es cierto que llega una edad en la que lo único que quieres es estabilidad, salir a cenar una noche al mes, mantener relaciones sexuales una vez cada dos semanas (y tampoco hace falta que sean espectaculares) y que te toquen las narices lo menos posible. ¿Es eso ser exigente? Si es así, algo va realmente mal en las relaciones interpersonales.

Si yo me pusiese exigente respecto a encontrar al hombre de mi vida (expresión que me pone los pelos de punta), estas serían mis condiciones: con pelo, sin barriga, guapo a rabiar, con trabajo estable, un mínimo de ingresos de 60.000 euros al año, coche, casa propia, amante de los viajes exóticos, que le gusten los perros (pero no los niños) y que asuma que visitaremos más a mis padres que a los suyos.

Esto, señores y señoras, es ser exigente.

Sin embargo, la realidad que me espera es otra bien diferente. Seguramente el hombre con el que acabe compartiendo techo se ajustará más a este perfil: medio calvo (es lo que tiene superar la treintena y ser hombre), fuertecito (vaya, entrado en carnes), con trabajo semi-estable (funcionario no va a ser, ya os lo digo), un máximo de ingresos de 24.000 euros al año, coche heredado de sus padres, casa de alquiler, apasionado de los viajes a su pueblo, amante de los gatos y los niños, y enmadrado hasta la médula.

Y sí, seguramente lo querré y viviré con él hasta que la muerte (o el divorcio) nos separe.

¿Y por qué ya no soy exigente (si es que alguna vez lo fui)? Porque los que os echasteis pareja en la veintena me habéis hecho darme cuenta de que vosotros lo fuisteis y tampoco os salió bien la jugada. Muchas de mis amigas saltaron de hombre en hombre porque pensaban que el siguiente cumpliría todas sus expectativas y cuando creyeron haber encontrado a su alma gemela… ¡’Zas, en toda la boca’!

Puede que el adjetivo que más se adapte a un soltero/a treintañero/a sea el de realista. Sabemos lo que nos vamos a encontrar: dificultades en la convivencia, pérdida de interés romántico con el paso del tiempo, rutina… Todo eso lo he aprendido de cada conversación que he mantenido con personas que mantienen relaciones sentimentales estables de larga duración.

Ya no se trata de ser más o menos exigente, se trata de saber, a ciencia cierta, que los romances perfectos no existen. La media naranja es más bien un zumo exprimido a conciencia que con el tiempo pierde sus vitaminas. La vida, ni más ni menos.

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