La adicción a la pornografía es cada vez más común, muchos jóvenes descubren así su propia sexualidad y acaban disociando lo que debería ser una relación con otra persona con lo que vive en solitario.

Esto no significa que sea común que se intenten recrear en la “vida real” las fantasías que vemos en la pantalla, como violaciones, etc.

No, esta disociación sexual significa que el placer que se encuentra con la masturbación y el visionado de pornografía llega a eclipsar cualquier otro tipo de sexo y este tipo de saciedad sexual instantánea se acaba convirtiendo en una adicción, tomando el control de la persona.

Hablamos con Adriana Royo, sexóloga que trata este tipo de casos en su consulta.

“Hay quien necesita hacerse una paja antes de entrar en clase y se mete en el aseo para ver algo de porno. También hay quien se masturba en el coche, antes de entrar en el trabajo. Cuando la pornografía frena nuestra vida y sentimos ansiedad si no le dedicamos tiempo, estamos ante una adicción”, explica Adriana.

Muchas veces es un acto reflejo, ni sentimos excitación ni hay nada en nosotros que nos motive especialmente, pero sentimos la necesidad de ocupar el tiempo con eso, es como una llamada, rutinaria, que nos obliga a ver porno y masturbarnos.

Porque el cerebro es como una esponja, aprende y se modela con la información que tiene delante, y si es pornografía, se desarrollará pensando que aquello que ve es un impulso común, y podrá hacerse dependiente.