y que el cura ensalce la pedofilia no es algo que ocurra todos los días

y que el cura ensalce la pedofilia no es algo que ocurra todos los días

Cómo es ir a un funeral en un pueblo minúsculo de la España profunda

Asistir a un funeral y que el cura ensalce la pedofilia no es algo que ocurra todos los días. Sin embargo, yo no esperaba menos, mi pueblo es un rincón oculto de la profunda geografía española, donde no pasan los años y donde la religión lo es todo.

Entierro rural
Entierro rural | David Navarro

DAVID NAVARRO | @madnavarro | Madrid | 20/03/2019

Lo primero que tengo que decir es que soy ateo. Nunca he creído en Dios, y en muchas ocasiones he sentido que para los creyentes eso significaba estar esperando mi turno para el día en el que por fin me pasara algo muy gordo. Solo viviendo un gran trauma, algún detalle de la vida me advertía de que estaba equivocado en eso de no creer, y sólo entonces me llegaría el turno de tener fe.

El lugar donde más ateo me he sentido siempre es el pueblo de mis raíces, de donde proviene mi linaje. Es un lugar diminuto al pie de una de las montañas más altas de Guadalajara, en la castilla profunda. Allí la iglesia juega un papel importantísimo, porque el pueblo solo tiene tres calles coronadas por un gran templo románico.

Los habitantes de este pueblo han sido católicos, apostólicos y romanos desde que el mundo es mundo. La telefonía se ha abierto paso muy lentamente, apenas había cobertura móvil hasta hace poco, no hay más tienda que una, solo un bar, y solo una forma de ver el mundo. En el pueblo solo hay censados 123 habitantes, pero vivir: solo viven alrededor de cincuenta.

Hay días que el pueblo amanece con esvásticas pintadas por las calles, a las que no acompañan mensajes de odio hacia un colectivo en concreto, sino simplemente de orgullo. Viva España, o lemas así. El PP lleva ganando la alcaldía de este municipio, también, desde las primeras elecciones democráticas.

Cementerio rural | David Navarro

Y llegó el día de ir a un entierro

Murió mi tía abuela a los 100 años. Una mujer de pueblo que vivió toda la vida en el valle, arropada por la gran montaña. Hasta hace bien poco lanzaba el hacha a los troncos con maestría y rutina. Desde que murió su marido ya no le tuvo miedo a nada, cuando él estaba ella sufría “de los nervios”.

Ir al entierro de alguien que siempre ha sido más fuerte que tu, aun teniendo 100 años, causa una sensación muy extraña de que algo va mal en el planeta. Yo no sé coger un hacha, yo me moriría si comiera latas de conserva caducadas de hace una década, yo me curaría una herida en la pierna y no la dejaría sangrar a borbotones hasta que se seque sola. Sin embargo yo estaba vivo y ella muerta.

El cura entró en la pequeña capilla auxiliar, que se llenó en cuestión de segundos. Todos los ancianos del pueblo coparon los asientos, ellos representan el 80% de los habitantes del lugar. Yo seguía muy impresionado con todo, y con ganas de que la religión me trate bien, hoy necesito que digan algo que me reconforte… o que me entretenga. Sí, para mí la religión sería como el Netflix de los rituales, pasar el rato, pero intentar ver algo de calidad en las intenciones.

El cura explicó que estamos aquí reunidos para honrar a mi tía, que hoy ha pasado a la otra vida. Y entonces empezó a hablar de la pedofilia. No me preguntes porqué. Dijo que si existen curas que se dejan llevar por las delicias de los pequeños es porque Dios ha querido probarlos, y que si no existiera la pedofilia, no podríamos estar seguros de tener curas virtuosos, porque por cada pecador hay decenas de hombres buenos. WTF? Sí.

No dijo mucho más sobre mi tía. Y nadie pareció reparar en que un sermón de funeral se hubiera convertido abruptamente en una “defensa” de la pedofilia en la iglesia. El 99% de quienes estaban allí eran ancianos que llevan demasiadas décadas poniendo el piloto automático en misa, como para que hoy, pasados los 90 años de edad, fueran a ser capaces de abrir las orejas y entender algo de lo que se dice en la iglesia. Nadie se escandalizó, todo parecía normal. Yo me quedé con la cara de susto hasta que regresé a Madrid y escuché el piar de los semáforos.

Cementerio rural | David Navarro

Un año después

Regresé al pueblo por otra muerte, la hermana de mi tía falleció y seguimos un protocolo similar, visita al pueblo acompañados de un coche fúnebre y una furgoneta de enterradores. Y misa, esta vez en la iglesia románica. Yo temía el momento de volver a ver al cura, no podría aguantar otro alegato pro pederastia.

Pero el párroco aquel ya no estaba, era muy anciano, y tal vez se ha jubilado, pensé. En su lugar había dos negros jóvenes y francófonos, que chapurreaban castellano. Sí. Puede parecer que me ensaño recordando el color de su piel, pero es que yo jamás había visto a alguien así en este lugar, y sí muchas esvásticas. No me cabe en la cabeza que, precisamente, ahora los párrocos sean negros.

Me ofrecieron acompañarlos a la sacristía, y mientras se vestían me pidieron datos para poder hacer el funeral con información de primera mano. Como se llamaba el marido de la fallecida, y sus hijos, cómo era ella, qué cosas le gustaban… Mientras tomaban notas en un cartón reciclado.

Así, asistí a uno de los funerales católicos más bonitos que recuerdo, que realmente no es decir mucho porque yo solo había estado en aquel en el que el cura hablaba de pedofilia como si fuera una bendición.

Los dos sacerdotes hablaron de la fallecida con cariño, tratando de ser cuidadosos con una memoria que no conocían, pero que, por ser creyente, estaba dando sus primeros pasos para encontrarse con el Creador. Sí, aquel a quienes ellos habían consagrado sus vidas.

Y no te digo que esta sensibilidad me acercara a ser un poquito más creyente, pero me pareció un funeral de calidad.

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