la empatía como ingrediente cultural

la empatía como ingrediente cultural

Los comisarios de arte apelan a la empatía para detener la sexta extinción masiva y el desastre climático del planeta

Un alto cargo de las Naciones Unidas, Chrisjen Avasarala, fue capaz de evitar una guerra entre la Tierra y Marte. La Tierra había esquilmado sus recursos y estaba superpoblada. Los marcianos, en cambio, emancipados como colonia, sabían lo que significa no tener un océano en cuya orilla levantar una civilización, que necesariamente tendría que sostenerse sobre una roca polvorienta. Esto sucedió, o sucederá, en el siglo XXIII, según escribieron Daniel Abraham y Ty Franck en las novelas y en la serie de televisión que dan forma al universo de The Expanse.

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ELENA CABRERA| @elenac | Madrid | 26/03/2019

No dejamos de pensar sobre el futuro, porque el futuro ya está aquí. Blade Runner sucedía en 2019 y no por empujar la secuela 30 años más allá, la cosa va a cambiar mucho. Lo mismo le pasó a la ONU, que tras fracasar con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) fijados en el año 2000 para ser conseguidos en 2015, tuvieron que crear la secuela Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), dándose otros quince años de prórroga. Si hubieran tenido a Chrisjen Avasarala de negociadora, el siglo XXI habría sido diferente.

El Objetivo 7 de los ODM pretendía garantizar la sostenibilidad del medioambiente. No funcionó. La Cumbre del Clima COP21 de París, en 2015, fue un fracaso que maquillaron como “acuerdo histórico” al establecer como objetivo principal que la temperatura media global no superase los 2º C respecto a los niveles preindustriales. Lo de dejarlo en 1,5º C sería promoviendo “esfuerzos adicionales”.

Pero 1,5º C ya es una tragedia. Esa temperatura se alcanzará entre 2030 y 2052 si continuamos a este ritmo. En algunas zonas del planeta hará más calor, en unas se incrementarán las inundaciones, en otras las sequías y se elevará el nivel del mar.

El informe encargado por la ONU al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) marca importantes diferencias entre 1,5º y 2º, pero ninguno de los dos escenarios es una fiesta. De todo ese incremento, los habitantes de la Tierra tenemos la culpa de 1º de temperatura, gracias a nuestras industrias, extracciones y devoluciones contaminantes.

A esto que estamos viviendo, Greta Thunberg lo denomina “el principio del principio”, pero David Wallace-Wells lo llama “pánico”: el momento en el cual nos damos cuenta de que la batalla se ha perdido. Y ese momento es ahora.

Greta es una clarividente estudiante de 16 años, activista del clima e incitadora del movimiento Fridays For Future, que saca a la calle a los jóvenes, en una protesta global, todos los viernes. El 15 de marzo fue histórico y se prevé un 24 de mayo masivo. Por otro lado, David es periodista, subdirector del New York Magazine y autor de “The Uninhabitable Earth”, un libro que comienza diciendo: “es peor, mucho peor, de lo que piensas”.

El motivo por el que “el cambio climático nos parece un cuento de hadas”, escribe Wallace-Wells, es “por su lentitud”. Nos parece que el mundo natural no es el mundo de los humanos; que se extingan especies no es problema mientras sean los insectos; que el calentamiento global es algo que sucede en el Ártico, lejos de, pongamos, nuestro Benidorm; que la quema de combustibles fósiles es el precio que debemos pagar por el crecimiento económico.

Un crecimiento que traerá una tecnología, nos decimos envueltos en fe, que evitará a tiempo el desastre medioambiental. “Nada de todo esto es cierto”, escribe Wallace-Wells.

Los paleontólogos llaman “extinción masiva” al momento en que la Tierra pierde más de tres cuartos de sus especies en un intervalo geológico corto, cosa que ha ocurrido cinco veces en los último 540 millones de años.

Los biólogos sugieren que los periodistas estamos de enhorabuena: tenemos titular. Haciendo recuento de las especies de insectos que se han perdido en los últimos siglos -el 40 por ciento, y un tercio está en peligro- ya podemos decir que estamos en los albores de la sexta extinción masiva. En un siglo, se habrán evaporado. El problema es que, con este cambio de escala, el titular debería mantenerse en la portada del periódico al menos un año.

La lentitud de este proceso puede dejar a muchos en posición indiferente. Pero no a todos. 85 personas fueron arrestadas tras ocupar cinco puentes de Londres, seguidores de un movimiento irrefrenable iniciado por cien científicos: Extinction Rebellion. Agitaban unas banderas con un símbolo inquietante sobre fondo verde, amarillo o rosa claro: un círculo negro y en su interior dos triángulos invertidos tocándose en un borde.

Un anagrama que sugiere tanto las alas de los insectos como el reloj de arena que los amenaza. La campaña internacional de este movimiento radical comienza el 15 de abril en las capitales y grandes ciudades: “bloquearemos las calles cada día para ejercer presión sobre las autoridades”, dice su manifiesto. “La desobediencia civil funciona cuando es disruptiva, pacífica, respetuosa y se asume a gran escala”, advierten.

“Hemos intentado peticiones, marchas, cartas, informes, ensayos académicos, encuentros e incluso acciones directas. Hemos fracasado”, por lo que ahora planean “interrumpir la economía para llamar su atención”.

Cuando el filósofo Timothy Morton fue nombrado ministro del Futuro, él aceptó el cargo, aunque fuera solo en el contexto de una exposición artística en el CCCB de Barcelona.

“Represento a seres que aún no existen. Hipotéticos fantasmas del futuro. O, mejor dicho, unos fantasmas que son el futuro. O, para ser incluso más precisos, el futuro es un fantasma. El futuro es espectral. El futuro está condicionado por un campo energético llamado futuralidad. La futuralidad precede en un sentido lógico a un futuro predecible. El futuro titila, como un personaje que aparece en el teletransportador de Star Trek”, dijo, en lo que podríamos llamar su discurso de aceptación del cargo.

La cartera ministerial que se le concedió llevaba dentro pesados dosieres sobre futuros posibles y diferentes escenarios en los que desembocarán nuestros actos de hoy sobre los seres del futuro.

Morton deseaba que el visitante de la exposición sintiera, al final, “algún tipo de poder” porque los artistas proponen algo de esperanza, y no “que nos pongamos en posición fetal y a morir” porque “eso sería realmente catastrófico para nosotros y para otras formas de vida”.

José Luis de Vicente tuvo la idea de aquella exposición, titulada ‘Después del fin del mundo’. “Supuso el reto de hacer una exposición sobre algo que en el fondo ninguno queremos hablar, y obligar a la gente a permanecer durante un tiempo diciéndoles cosas que, por otro lado, ya saben, porque yo estaba convencido de que lo que tenemos no es un problema de información sino un problema de empatía”, explica.

Estuvo abierta durante seis meses y se desmanteló el primero de mayo de 2018. En este último año, los acontecimientos se han precipitado. “Para mí -dice De Vicente- la principal conexión con lo que ha pasado después fue que la idea que planteamos sobre el pacto entre generaciones, sobre cuáles son nuestras obligaciones hacia los que recibirán el planeta después de nosotros, obligándonos a pensar los problemas no a cuatro sino a 80 años vista”.

Esta idea está en el núcleo del movimiento Fridays For Future: “ese es el mensaje principal de Greta Thunberg, que el futuro genera unas obligaciones políticas y los que no tienen voz ni voto también tienen derechos políticos”, dice.

Para el comisario de la exposición y para los activistas del clima, no se trata solo de escuchar a los jóvenes que no tienen edad de votar o los que no han nacido todavía, sino de salirse de órbita antropocéntrica y especista, “como la gran barrera coral de Australia ya que los no-humanos no pueden ejercer un derecho político”. El Ministro del Futuro recalcó que para reflexionar sobre la humanidad había que hacerlo de una manera “no racista, ni misógina, ni especista”.

La creación de un Ministerio del Futuro es una ficción artística. Pero “está empezando a tener el mínimo grado de reconocimiento institucional como para que la idea de un representante político de las generaciones futuras ya no suene tan descabellada”, explica José Luis de Vicente. “Por ejemplo, en febrero Gales anunció que creaba la Future Generations Comissioner, y hay otros tres o cuatro países que lo están haciendo”.

Una de las principales preocupaciones, obsesiones incluso, de CTA-102, miembro del grupo Aviador Dro, es la interacción del humano con la tecnología, por eso reflexiona alrededor de la “tecnología humanizada”, que se adapta al hombre, y no al revés, con la que están experimentando artistas y tecnológos actualmente.

“Estas obras y este tipo de enfoque ponen al ser humano, a los seres vivos, los ecosistemas y el planeta en el centro, revolucionando el mismo concepto de habitabilidad y sostenibilidad”, dice Alejandro Sacristán, el comisario y asesor científico detrás del alias CTA-102.

“La principal función, si es que como tal la tendría este nuevo tipo de media art, sería la de conectarnos a nosotros mismos, generando empatía entre nosotros, los seres vivos, los ecosistemas, los océanos y la atmósfera. Las tecnologías inmersivas hacen que esa conexión, esta concienciación experiencial colectiva, sea más potente y efectiva, más profunda, y significativa”.

“Quizás la potencia de nuestro futuro esté precisamente en nuestra humanidad y no tanto en la codificación o el dataísmo”, dice Sacristán. “Tendrá que ver más con la inteligencia relacional, las habilidades sociales y con una mentalidad futurista, solidaria e imaginativa”, explica.

“En la futura sociedad digital aumentada los humanos deberán aportar las emociones, el sentido común, la imaginación y la inteligencia social; los robots, la productividad y la fuerza, y las inteligencias artificiales potenciarán nuestra inteligencia y conocimiento. El humano será amplificado, como ya lo es, por internet, la inteligencia artificial y los robots, evolucionando hacia el ciborg. Dirigiendo su propia evolución. Sobre esa futura sociedad digital reflexionan o provocan artistas como Ximo Lizana o el propio Aviador Dro”.

En el extremo opuesto de la empatía, al menos a simple vista, está la distopía. La escritora Silvia Terrón ha utilizado este género literario en su novela ‘Umbra’. “Lo que suele gustarnos de las historias optimistas es el resultado más que el proceso en sí, la calma de sentir que todo ha conseguido volver a encontrar el ‘orden’ perdido, a pesar de las dificultades”, dice la autora.

“Las distopías me parecen mucho más estimulantes porque su punto de partida siempre está fuera de ese orden; son un juego que se desarrolla lejos del tablero. Lo distópico es absolutamente ficción, pero siempre queda la duda de si esa ficción será profecía. Solo estirando la realidad podemos entrever sus límites, así como los límites de la naturaleza humana”.

En su primera novela, Terrón nos lleva a un tiempo futuro en el que la Tierra se ha detenido y una parte de ella se ha quedado a oscuras y, además, en silencio. “En ‘Umbra’, lo que se pone en duda es la existencia misma de la voz y el sonido. Ahora mismo prima el ‘altavoz’, tenemos muchísimos canales para decir sin parar lo primero que se nos pase por la cabeza pero, ¿qué pasaría si la humanidad perdiera la capacidad de emitir sonidos y viviera en un mundo de silencio y oscuridad?”.

Aunque suene radical, es la manera de poner a prueba a los personajes -”y a nosotros mismos, convertidos en personajes”- para ver “cuán lejos irían para encontrar una voz propia y construir un relato colectivo de su presente”, explica. “Esto entronca muy de cerca con el carácter cada vez más líquido de nuestro presente y lo volátil de las ideas y opiniones, pues por exceso de voz también se puede emborronar la realidad”. O extinguirla.

Para el investigador cultural José Luis de Vicente, “una de las posibilidades de la cultura es generar un grado de aceptación de ideas que parecen radicales, o absolutamente irrealizables o ridículas, como ideas que son posibles y factibles en un nuevo escenario social. Y ahí los artistas tienen un papel fundamental que hacer”.

“Me gusta mucho la idea de que la cultura puede ser el laboratorio de la sociedad. Donde ensayamos ideas que fuera de ese ámbito parecen extravagantes pero que con el tiempo se pueden revelar en muchos casos como claves esenciales para entender la evolución de nuestra lectura de las cosas”, dice.

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