En el Madrid de Tierno Galván había 1.300 quioscos: hoy la cifra ronda los 400

En el Madrid de Tierno Galván había 1.300 quioscos: hoy la cifra ronda los 400

Así es vivir de un quiosco de prensa en plena era de Twitter, WhatsApp y Facebook

Son las siete de la mañana de un día cualquiera. Enrique Fernández, dueño de un quiosco de la madrileña calle Conde de Peñalver, abre las puertas de su negocio. Lleva más de tres décadas haciéndolo.

Quiosco de prensa
Quiosco de prensa | Pxhere

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | Actualizado el 21/08/2018 a las 11:02 horas

“Mi abuelo trabajaba en la imprenta de ABC”, recuerda Fernández, cuya actividad de quiosquero heredó de la tradición familiar y que incluso le llevó a presidir la Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid (AVPPM) de 2004 a 2015.

“Tras la guerra se quedó sin trabajo, por lo que mi abuela empezó a vocear periódicos por la calle. Era un trabajo muy duro. En 1953 consiguió que le dieran un quiosco, que finalmente acabé regentando yo a mediados de los 80, a pesar de que estudié Magisterio”.

Aquella época era infinitamente más próspera para el gremio. “En el Madrid de Tierno Galván había 1.300 quioscos. Hoy la cifra ronda los 400”, lamenta. Atrás quedan los tiempos en los que podía contratar a otra persona para cubrir las tardes. Hoy el quiosco lo lleva él, abriendo incansablemente todos los días de la semana: de lunes a domingo.

No basta con estar abiertos: hace falta clientes. Y los datos no invitan precisamente al optimismo. “El descenso de la venta de prensa es imparable, y en las revistas pasa algo parecido. Hoy día se vende un 30% de lo que se vendía en 2007”. Eso se traduce, en su caso, en “unos 80 periódicos al día, que pueden ser 120 en el mejor de los casos”. Cada uno de ellos le deja un margen del 25% de beneficio. “No me quejo, porque aquí sigo”, apunta con resignación.

Aunque esas ventas permiten sobrevivir a Enrique, el problema es el futuro. “La media de edad de mis clientes está por encima de los 65 años. No es que dejen de comprar periódicos: es que se mueren y no hay relevo generacional”, cuenta con tristeza.

Hay quien baja esa media de edad y sigue poniendo de su parte para preservar la estampa callejera del quiosco de toda la vida. Roberto Enríquez, más conocido como Bob Pop y habitual en programas televisivos como ‘Late Motiv’, de Andreu Buenafuente, es uno de esos clientes asiduos. No en vano, en su último libro, ‘Un miércoles de enero’, hace una radiografía de la situación de España a través de los periódicos y revistas que compra en el quiosco.

“Los fines de semana, que es cuando puedo leer la prensa, compro siempre dos o tres periódicos”, cuenta Bob Pop a Tribus Ocultas. “De hecho, antes hacía en el programa una sección dedicada a la prensa del corazón. Iba al quiosco cada miércoles y compraba todas las revistas. El quiosquero estaba super contento, porque no estaba acostumbrado”, bromea.

Y es que ya no hace falta acudir cada mañana al quiosco para enterarse de lo que pasa en el mundo. “La gente solo lee en el smartphone”, apunta Enrique. “De hecho, me gustaría pensar que leen, pero realmente no es así. En este país siempre ha existido un problema de lectura, y con internet estamos aún más desinformados”.

Bob Pop coincide en el diagnóstico. “Hoy día todo el mundo se informa a través de las redes sociales, pero lo hace parcialmente. Hay una gran diferencia entre leer un periódico y consultar cachitos de periódicos editorializados por alguien con escasa credibilidad”.

Dicho lo cual, ¿es posible que los quioscos sobrevivan en un panorama como el actual? “Muchos se han convertido en bazares. En los quioscos de Las Ramblas es realmente complicado encontrar la prensa del día entre sombreros mejicanos, camisetas del Barça, botellas de agua y refrescos”, lamenta Bob Pop.

“Tratamos de reinventarnos”, confirma Enrique. “Antes se vendían fascículos, pero ahora también han caído mucho. De vez en cuando me voy a Chinatown (el polígono Cobo Calleja, en Fuenlabrada) y compro carcasas para móviles. O muñecos para los niños. También agua y refrescos, pero no estoy en Sol o la Gran Vía, donde en verano venden agua como para subsistir durante un año. Al final, esto es pan para hoy y hambre para mañana. Ser quiosquero se ha convertido en el sálvese quien pueda””.

En opinión de Bob Pop, los quioscos serán pronto lugares casi de culto. “En un tiempo habrá, como mucho, uno por barrio. Pero seguirán teniendo lo que los hace únicos: esa posibilidad que ofrecen de consultar, de un solo vistazo, toda las portadas de la prensa del día. Y, sobre todo, esa relación directa con el quiosquero, que conoce perfectamente tus gustos, a diferencia de lo que ocurre en las grandes superficies”.

Enrique lo tiene igual de claro: “Sin los quioscos, la ciudad pierde humanidad. Nosotros estamos a pie de calle y hacemos ciudad, pues somos gente muy arraigada en los barrios desde hace muchísimos años. No te imaginas la cantidad de gente que se para a preguntarnos cosas: a menudo hacemos de guías. Y a menudo, más que clientes, tenemos amigos”.

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