Cómo es pasarse la mayor parte del año lejos de todo

Cómo es pasarse la mayor parte del año lejos de todo

Así es trabajar (y vivir) en alta mar

Hablamos con trabajadores de barco, que nos cuentan cómo es pasarse la mayor parte del año lejos de todo… y rodeados de agua.

El mar
El mar | cc

DANI CABEZAS | @danicabezas1 | Madrid | 06/11/2018

En un inolvidable capítulo de Los Simpson, Homer decidía dar un giro radical a su vida para embarcarse a bordo del Buque de las Almas Errantes, un barco mercante en el que viajaban a la deriva toda una serie de personajes oscuros con terribles historias a sus espaldas. La suya era la peor de todas: tras no haber tenido el valor suficiente para someterse a una operación de trasplante de riñón que salvaría la vida de su padre, y consumido por la vergüenza, decide huir dejándolo todo atrás. “El mar lo perdona todo”, musita antes de abandonar el puerto.

Lo cierto es que, ni el mar lo perdona todo, ni las personas que pasan en él largas temporadas tienen un perfil tan estrafalario como de los compañeros de Homer en aquel viaje. De hecho, son trabajadores como todos los demás. Eso sí: con una serie de particularidades para las que hay que estar hecho de una pasta especial.

De entrada, estar dispuesto a pasar largas temporadas lejos de casa, la familia y los amigos. Pero también, y no es cosa menor, levantarse cada mañana frente a un horizonte azul infinito. Comer, dormir, ducharse o hacer de vientre en un constante bamboleo. Hacerlo todo en un medio que, por una mera cuestión biológica, no es el natural de los humanos.

“Mi primer contacto con el mundo del mar fue a través de los libros”, cuenta Ignacio Soaje, oficial de los buques de Greenpeace, a bordo de los cuales ha recorrido el mundo entero. “Julio Verne, Emilio Salgari… Aquellos libros hablaban de barcos y aventuras al otro lado del horizonte. En 1995 entré a la armada de mi país, Argentina, y descubrí que me encanta el mar. Desde hace diez años estoy en Greenpeace, y es un trabajo del que estoy muy orgulloso. Paso en alta mar seis o siete meses al año. Y creo que no es tanto que me guste irme, sino que me gusta volver”.

Lo peor, sin duda, es la distancia. Pero frente a ella, los marinos han encontrado un potente aliado en la red. “Internet nos ha cambiado la vida: hace que la distancia se achique, porque nos permite estar en contacto permanente con nuestras familias”, cuenta Ignacio. “Tengo una hija de dos años, y está siendo más duro de lo que pensaba. Nada reemplaza un abrazo, un beso o una caricia, pero al menos Facebook o Whatsapp lo hacen todo un poquito más fácil”.

Caterina Torresani es italiana, y comparte muchos de los viajes con Ignacio como médico en los buques de Greenpeace, organización en la que lleva nueve años. “Empecé como asistente de cocina, luego como marinera y finalmente como médico cuando terminé la carrera”, cuenta. Sus contratos estipulan que pasa tres meses en el mar y otros tres en tierra, siempre con una cierta flexibilidad.

“Al principio se hacía duro, porque echas de menos las cosas y personas que tienes en tierra”, cuenta Caterina. “Pero lo que me hace ir a los barcos son las campañas, el trabajo de ciencia o de acción directa, el saber que voy a aprender cosas con gente muy distinta pero con valores e ideas muy similares”.

Un día cualquiera en la vida de un marino como Caterina arranca con la limpieza del barco, actividad a la que sigue el meeting de campaña y el plan del día.

“Siempre que hay posibilidad entrenamos con los botes, o ayudamos a la gente especializada que llega al barco para participar en la campaña. También hay momentos mas tranquilos en los que nos dedicamos a cuidar de los barcos: quitar el oxido, pintar, limpiar, ordenar a los almacenes…” Y aunque a veces sea duro, Caterina lo tiene claro: “Amo mi trabajo. Es impresionante llegar a los lugares más lejanos del mundo con gente unida por una misma causa: luchar por el medioambiente y protegerlo”.

Pero no todo el mundo necesita una causa para disfrutar del mar. Fabián Pérez vive en Sao Paulo (Brasil), y trabaja a bordo de barcos de apoyo a plataformas petrolíferas. “Es un trabajo estable”, cuenta a Tribus Ocultas.

“Me gusta su componente de aventura y su técnica. El sueldo es también un factor importante, así como los largos periodos de licencia cuando estoy en tierra”.

En un mundo laboral cada vez más precario y volátil, la estabilidad del sector a la que hace referencia Fabián es un elemento muy valorado por los que trabajan en él. “Mucha gente que pasa toda la vida en la misma empresa”, confirma. “Y si lo prefieres, también hay posibilidades de trabajar de manera más irregular”. En su caso, ha hecho un poco de todo.

“Ha habido años que he pasado 180 días seguidos en el mar, y otros en los que el periodo ha sido de tres meses. Poco si se compara con las naciones de tripulaciones baratas: filipinos, chinos, etc, que a veces pasan hasta 12 meses seguidos navegando”.

Aunque en España hace un sol radiante, en el puente de mando donde se encuentra Ignacio, al otro lado del mundo, es noche cerrada. Toca despedirse tras una última pregunta. ¿Volverías a escoger esta vida en caso de volver a empezar?

Él no tiene dudas: “Claro que sí. Gracias a ser marino he conocido 45 países. He viajado del Ártico a la Antártida. Y disfruto muchísimo. Si alguien está pensando en dedicarse a esto, le animo a probarlo: es una experiencia única”.

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