Dicen que los jueves son los nuevos viernes. En realidad, se trata de una excusa como otra cualquiera para salir a tomar cañas, algo de lo que en España sabemos mucho.

Pero más allá del dicho, cada vez son más las empresas de todo el mundo que empiezan a apostar por una jornada laboral de cuatro días a la semana. El objetivo: aumentar la productividad y la motivación entre sus trabajadores. ¿Es posible?

Países como Holanda, Suecia o Reino Unido llevan años viendo cómo crece el número de empresas que apuestan por este modelo. En otros, como Nueva Zelanda, se han realizado experimentos como el de la compañía de testamentos Perpetual Guardian, que el año pasado redujo un día la jornada a todos sus empleados sin alterar los sueldos.

Los resultados fueron concluyentes: los trabajadores rindieron más, fueron más puntuales, conciliaron mejor la vida familiar y laboral y disminuyeron sus niveles de estrés.

En un estudio similar, realizado por la Universidad de Oxford tomando como ejemplo a los 5.000 empleados de British Telecom durante seis meses, las conclusiones apuntaron en la misma dirección: aquellos que trabajaron cuatro días a la semana redujeron su absentismo y se manifestaron “más felices”, lo que se tradujo directamente en un aumento de la productividad.

“La semana de cuatro días a la semana ya se está empezando a introducir, y por lo tanto es viable”, asegura Teresa Jurado, del departamento de Sociología de la UNED.

Como ejemplo, además de las citadas empresas extranjeras, pone el caso de Conento, compañía dedicada al big data con sede en Madrid que ha introducido una semana de cuatro días dos veces al mes, y donde también se ha pasado de la jornada partida a la jornada compacta con flexibilidad horaria de entrada y salida.

“Una semana de cuatro días a la semana es viable, también en España, en aquellas empresas que han dejado de lado el presentismo y y están centradas en los resultados, en el bienestar de la plantilla y en el buen trabajo en equipo”, reflexiona Jurado.

Y es que las ventajas del modelo, aunque suene lejano, son muchas según la socióloga. “Permite descansar mejor, ayuda a los progenitores a turnarse en el cuidado de los hijos, hacer otras gestiones, realizar el trabajo doméstico, preparar comidas para varios días… Y ante todo, convierte el fin de semana en periodo de ocio”.

Filósofos como el austriaco André Gorz (1923-2007), uno de los principales teóricos de la llamada ecología política, sostuvieron una idea clara: la consecución de la jornada laboral de ocho horas a finales del siglo XIX no ha tenido la continuidad que exigen los cambios en el mercado laboral, marcados por la automatización de los procesos productivos.

Es decir: si hoy en día las máquinas hacen buena parte de nuestro trabajo, ¿no deberíamos tener más tiempo para nosotros mismos? De hecho, ¿no deberíamos trabajar menos para que más gente pudiera trabajar?

Esa premisa fue, precisamente, la que llevó al sindicato UGT a presentar, el pasado mes de octubre, el estudio ‘Impacto de la automatización en el empleo en España’, en el que se mostraban partidarios de la reducción de la jornada a cuatro días semanales ante la irremediable pérdida de puestos de trabajo que trae consigo la citada automatización.

Según aquel estudio, la irrupción tecnológica “permitirá producir más con menos mano de obra y que las empresas aumentarán aun así sus beneficios y su productividad”.

Por tanto, y en aras de que la pérdida de empleos no sea masiva, el sindicato propone “caminar progresivamente hacia un escenario laboral de lunes a jueves en el plazo de diez años”.

Otros sindicatos, como CNT, llevan años planteando la jornada laboral de 30 horas. Preguntado por una hipotética semana de cuatro días de trabajo, Enrique Hoz, su secretario general, hace hincapié en un aspecto concreto: “Es importante que hablemos de horas, no de días”, apunta.

“Si se pasa a trabajar las mismas 40 horas en cuatro días no cambia nada para el trabajador”.

La realidad, en opinión de Hoz, es clara: “Los avances científicos y tecnológicos no se han desarrollado desde una perspectiva socializadora que se haya traducido en una mayor calidad de vida para los trabajadores, sino para crear más precariedad. Eso sí: que no se le eche la culpa a la máquina: quien despide es la patronal” advierte.

“Son todo decisiones políticas”.

En ese sentido, el secretario general de CNT opina que la reducción de la jornada “sería una de las medidas a tomar, pero dentro de un paquete: por sí sola no tendría la repercusión esperada. La sociedad española no es un ejemplo de conciencia de clase trabajadora y no está preparada para grandes revoluciones. Hoy por hoy es más pertinente hablar de los salarios o de suprimir los destajos y las horas extraordinarias, porque si no estamos haciendo un brindis al sol, que es lo que suelen hacer los sindicatos mayoritarios en los despachos”, denuncia.

Cabría pensar que los empresarios están en contra de que trabajemos menos. No es así en todos los casos. José Luis Casero, presidente de la Asociación Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE) y empresario, considera la jornada de lunes a jueves “un objetivo ideal” y reconoce sentir “envidia” por casos como el de la neozelandesa Perpetual Guardian.

Eso sí: al mismo tiempo considera que “hay que ser realista: hay que construir la casa por los cimientos y no por el tejado”.

“Hoy por hoy, nuestro objetivo es que trabajemos cinco días a la semana, pero con un horario flexible que permita conciliar la vida laboral y familiar y saliendo entre las cuatro y las seis de la tarde en función de la hora de entrada”, apunta.

“Ese es el modelo sensato y normalizado al que creemos que debe ir la sociedad española. Una vez consolidado, podremos plantearnos ir un escenario más allá”.