EL GRAN SHOWMAN

EL GRAN SHOWMAN

El nuevo musical de Hugh Jackman es mejor que La La Land, pero todo lo que cuenta es mentira

El cáncer de los musicales son sus argumentos, pocos tienen algo consistente que contar. Y cuando no, lo que cuentan es una absoluta exageración descontextualizada. Este es el caso de 'El Gran Showman', el musical más reciente de Hollywood que pisa fuerte para llevarse un trozo de gloria este año, siguiendo la estela del oscarizado La La Land.

DAVID NAVARRO | @madnavarro | Madrid | Actualizado el 21/03/2018 a las 19:48 horas

El Gran Showman
El Gran Showman | Agencias

De hecho, musicalmente este le pega mil vueltas a La La Land, y también a Moulin Rouge, como referente pop al que se le ha asociado. Estamos ante un musical con canciones dignas de figurar entre los hits del star system musical estadounidense, temazos que ya querrían en su repertorio Rihana o Miley Cyrus.

Y para muestra un dato. La votación popular de FilmAffinity (AKA: trolls puñeteros) le da un 7,2, una cifra absolutamente brutal que no me extrañaría que fuera la reverberación de una nominación al Oscar (en 30 días lo sabremos). Sí: 'El Gran Showman' es un musical majestuoso, armónico y de un virtuosismo técnico envidiable.

Pero es una gran farsa: está tan hueco de argumento como un huevo de chocolate falso. La historia hace aguas por todos lados, los personajes son ramplones y los acontecimientos ocurren con una superficialidad pasmosa. Pero, un momento, ¿esto no era un biopic? El personaje que interpreta Jackman existió, pero la película le define justo al revés de como fue.

Phineas Taylor Barnum no fue un emprendedor idealista y amante de su familia, fue un farsante con mayúsculas, con más sombras que luces, y diametralmente opuesto al personaje encarnado por Hugh Jackman en El Gran Showman.

Barnum no nació en la pura indigencia, como muestra la película. Su padre era un sastre de cierto prestigio y cobijado bajo el abuelo de Barnum: político, juez y latifundista. Sin embargo, al abuelo le perdía el juego, pero no apostar, sino ver la forma de trampearlo: estafar montando estructuras de azar, para que siempre gane su banca.

Funcionaban casi como una estafa piramidal, muchos ponían pasta, y el ganador siempre era anónimo. A esa lotería siempre ganaba el abuelo de Barnum. Esto al joven Phineas le pareció un planazo, así que el mismo puso en práctica estafas en juegos de azar, loterías incluídas.

Antes de montar un circo (como muestra la película), se metió en política, como su abuelo. Pero no para luchar por los derechos civiles sino para plantarle cara a los legisladores calvinistas que pretendían atar en corto los juegos de azar en Connecticut, es decir: para defender su propio lobby desde dentro del sistema.

Su batalla pro-juego fue tan feroz, que montó su un periódico para servir de altavoz de sus luchas para liberalizar los juegos de azar. A su diario le llamó The Herald of Freedom. De nuevo la figura de Barnum se viste de oveja, cuando en el fondo lo que pretende es ser libre para estafar.

La ley no se puso de su parte, y su negocio de loterías trucadas tuvo que dejar de operar, el periódico no tenía sentido si no era para conseguir legalizar los juegos de azar, y sus ideales políticos tampoco. Se vio arruinado y sin un negocio al que agarrarse. Todo esto pasó antes de los hechos que muestra la película, antes de 1841.

En la película hay una escena preciosa en la que Barnum entra en una lavandería con sus hijas, atraído por una bella voz de mujer, cuando llega a ella descubre que es negra, y tiene barba, se hacen amigos, y ella le sigue en su aventura circense. Así lo muestra la peli, y si te emocionaste con eso, te vas a caer de culo cuando sepas como fue de verdad.

Barnum tuvo una idea: ¿cuál es la mano de obra más barata? Los esclavos. Pues bien, compró a Joice Heth, una esclava (negra) que por estar ciega salió a precio de saldo, y le llevó a su circo ambulante donde le colgó un cartel del cuello en el que se leía: “Soy la niñera de George Washington y tengo 161 años”. ¿Mola? Pues hay más.

Cuando Joice murió a los 81 años, y el Gran Showman cobró 50 centavos a todo aquel que quisiera ver su cuerpo por dentro. Fue la primera (y tal vez última, espero) autopsia realizada en un circo. Y a nadie le sonrojó, Joice era negra y si en vida no tenía derecho a quejarse, muerta menos.

Otro de sus “empleados” era un esclavo negro que aprovechó que el circo ambulante de Barnum pasaba por Carolina del Norte (uno de los primeros estados abolicionistas) para escapar y dejar a Barnum con las entradas vendidas y sin su cantante principal. Barnum no quería perder el dinero de la taquilla, y para no devolver las entradas se pintó la cara de negro y fingió ser su propio esclavo.

Pese a estos contratiempos, a Barnum no le fue mal con el circo, y fue esa la razón por la que se estableció en Nueva York, fundando su propio espectáculo permanente en el Museo Americano Barnum. Y en adelante su vida prosperó como empresario teatral.

Es verdad (como se muestra en la película) que trajo desde europa a la soprano Jenny Lind, y que financió su gira americana. También es cierto que hubo un incendio colosal en el Museo que acabó completamente con sus cimientos, y que él supo salir adelante, y volver a prosperar. Eso es lo que luce en su historia, lo que se rescata: es un hombre hecho a sí mismo, varias veces: que cuando cae se levanta y vuelve a luchar por… por… por la pasta.

Hollywood está en su derecho de ficcionar un biopic, colorearlo, darle alegría y buen rollo. Pero es una oportunidad perdida para conocer al verdadero Barnum, y lo que resulta aun más interesante: para demostrar al siglo XXI que como sociedad hemos recorrido un camino arduo y en la mayoría de los casos boicoteado por falsos prohombres de los que deberíamos de desconfiar.

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