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Así es ser un hombre bajo en España

Retaco, enano, tachuela, David el gnomo, pequeñito, El Principito, duende, el breve, chiquipark, chiquirritín, Liliput, miniman, pigmeo, micromachine. Durante su infancia, Germán recibió estos apodos, y muchos más que ni recuerda ya. El lector deseoso de creer que vive en un mundo amable pensará: "Bueno, es normal, los niños son crueles, no es extraño; todos teníamos un mote en el cole". Pero lo cierto es que la mayoría de estos motes no provenían de sus compañeros de clase, sino de sus propios tíos, sus amigos más cercanos e incluso de algunos profesores del colegio.

Un hombre bajo
Un hombre bajo | Agencias

SABINA URRACA | @SabinaUrraca | Madrid | Actualizado el 08/02/2018 a las 08:40 horas

"Siempre pasa que cualquier observación sobre el físico de alguien parece de mala educación, se evita. A una profesora no se le ocurriría, por ejemplo, llamar ballena a un niño que es gordo, pero ser bajito le da a la gente carta blanca para decir lo que quiera", dice Germán, que mide 1,56.

También el trato que se profesan los hombres entre sí, el menosprecio y el mofarse del otro como forma de comunicación natural en una amistad entre machos, es algo que le ha afectado mucho. En su caso, el mote relacionado con la estatura lo ha perseguido en peñas de amigos, grupos de música y trabajos. "Llega un momento en el que te lo tienes que tomar con humor", sentencia con seguridad, como si no le importara demasiado. Pero, curiosamente, a lo largo de la entrevista, usa mil salvoconductos para no tener que pronunciar la palabra fatal: su mote.

Pero, ¿qué es exactamente ser bajito? ¿Qué altura tiene que tener un hombre para recibir la calificación de bajo? Tras hablar con varios hombres que insistían en ser bajos, me di cuenta de que, en algunos casos, la altura era una cuestión más de percepción propia. Horacio, por ejemplo, mide 1,68 (una altura que, a priori, no me parece propia de un hombre bajo, pero él insiste en que lo es). El problema, en su caso, parece centrarse en el tamaño de su mujer, que es "alta, grande y me saca media cabeza por lo menos, mientras que yo siempre he sido poquita cosa".

Horacio insiste en que es una mujer maravillosa, que se quieren mucho y que son muy felices con la hija que tienen en común. "Sin embargo, la diferencia de estatura es un tema que aparece cíclicamente en nuestro matrimonio. Intentamos olvidarlo, pero ahí está. Alguna vez incluso hemos pensado en separarnos", confiesa apesadumbrado. El problema, en concreto, es que Horacio no puede evitar sentirse atraído y desear estar con mujeres más pequeñas que él. "He intentado reeducarme, quitarme esto de la cabeza, pero mis instintos más primarios me piden unas caderas más estrechas, un culo más pequeño que estrujar", dice.

De primeras, estas confesiones sacarán de quicio a más de uno, y podrán tachar las preferencias de Horacio de egoístas, o, si me apuran, hasta de machistas. Pero lo cierto es que nadie puede controlar las imágenes que nos dicta el deseo, y que todas y todos vivimos inmersos en un mundo lleno de imágenes estereotipadas que modelan nuestros deseos.

Desde la cantinela machacona que nos imprimieron de pequeños para que tomásemos leche para ser más altos, ensalzando siempre nuestra altura y lo mucho que íbamos a crecer si comíamos bien, hasta las imágenes de los medios, pasando por las clásicas ilustraciones del cuerpo humano, en las que el cuerpo del hombre siempre aparecía más grande que el de la mujer, todo son estímulos para que, en caso de salirnos mínimamente del esquema marcado, nos sintamos extraños y erróneos en nuestro cuerpo. En este sentido, seas hombre o mujer, lo mismo da: los barrotes de la jaula de la imagen serán algo más irrompibles en el caso de las mujeres, pero los de los hombres tampoco son moco de pavo.

En el caso de los hombres, el gran problema derivado de la baja estatura que brilla por encima de todos los demás suelen ser las relaciones de pareja, ligar, la mirada femenina. En lo que respecta a los hombres gays, los problemas por tener baja estatura parecen reducirse significativamente. Esto es algo que, a grandes rasgos, y reduciéndolo todo a lo más puramente animal-tribal, tiene que ver con un modelo mental en el que el hombre debe ser grande y fuerte para proteger a la mujer y la posible camada de cachorros.

A pesar de que actualmente la fuerza física no es un valor imprescindible para la supervivencia, este modelo se perpetúa, y provoca escenas en las que una chica desdeña en una discoteca a un tío diciéndole sin ambages: "Eres demasiado bajito para mí". Tomás, que mide 1,58, sostiene que es un esquema profundamente enraizado en nuestra sociedad. "No está mal visto que una chica rechace a un hombre porque es demasiado bajo, y me parece correcto, pero luego todo el mundo pone el grito en el cielo sin un hombre dice que le gustan las mujeres tetonas", observa.

Philipp mide 1,57. A pesar de que en España se encuentra mucho más cómodo que en su Londres natal, sigue encontrando las mismas barreras sociales, los mismos cánones de pareja con hombre alto y mujer más baja. "De todas formas, las mayores barreras siguen siendo las mentales, las mías propias. Los hombres tenemos metido en el cerebro sentirnos más grandes, tenerla más grande. Si eres un hombre pequeño y te acuestas con una mujer más grande que tú, te sientes pequeño y, en consecuencia, sientes que la tienes pequeña. Es terrible, pero es así", asegura.

En el caso de Javier, uno de los grandes puntos oscuros de su vida fue cuando, tras un estirón precoz que le llevó a ingresar en un equipo de baloncesto, tras unos años se vio expulsado porque su 1,70 (que quizás podría considerarse el intermedio entre un hombre bajo y un hombre de estatura media) no superaba el 1,80 mínimo que se requería. "Algo a lo que había dedicado un montón de horas al día, siete días por semana, durante cuatro años, tirado a la basura por un requisito de corte", recuerda con frustración. Otro sinsabor relacionado con su altura fue la ruptura con su primera novia, modelo y actriz, que le sacaba casi 10 centímetros.

"A ninguno de los dos nos sentaba mal esta diferencia, pero parecía que a su entorno sí. Parecía que cada tío que se cruzaba con ella intentaba ligar con la excusa de ofrecerle "una mejora" con respecto a mí. Es una pena, pero acabamos cediendo a la presión exterior".

Además de las relaciones de pareja, hay ciertos escollos sociales con los que algunas veces puede encontrarse un hombre de estatura baja. "En ocasiones me toman menos en serio por no imponer físicamente", reconoce uno de los entrevistados. "Encontré más presión social por parte de la familia de mis parejas que por mi pareja. Al verme se nota que querrían a un leñador para sus hijas; siempre tengo que esforzarme en ser encantador", dice Jose, que mide 1,70 y que en su infancia se negó a tomar hormonas de crecimiento.

"Había partidas de hormonas defectuosas, y se hablaba de efectos terribles", recuerda. En cuanto a la hormonación, Horacio lo tiene claro: "Si tuviese un hijo varón que fuese a ser como yo, le daría hormonas. La sociedad no cambia tan rápido. No me gustaría que se encontrara con los problemas que yo me he encontrado".

Y nos preguntamos: ¿Será posible un momento en el que, al igual que se lucha por normalizar todo lo normalizable, no resulte incómodo para la sociedad ver a un hombre bajo junto a una mujer alta? Tomás reacciona con firmeza ante esta cuestión: "En general, las parejas heterosexuales de tamaños distintos, siguen siendo profundamente subversivas. Si hay empoderamiento para personas con diversidad funcional, para personas gordas, etc, ¿por qué no tendría que haberlo para personas de tamaño superior o inferior a lo que se considera la media?".

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