Lüderitz vuelve, poco a poco, a revivir. Fundada en 1883 por Adolf Lüderitz, el puerto que llegara a ser la sede de la Compañía Colonial del Ýfrica del Sudoeste Alemana, en el extremo sur de Namibia, ha sabido mantener y mejorar su condición de factoría pesquera. Así fue como se fundó, pero el descubrimiento de minas de diamantes cambió durante prácticamente todo el siglo XX a la región, que vivió una auténtica 'fiebre' por este mineral precioso. Lo sabe bien un pequeño pueblo situado a las afueras de Lüderitz y que se ve sin problema de camino al aeropuerto de la localidad. Se trata de Kolmanskop, un pueblo fantasma que las arenas del desierto de Namibia han comenzado a engullir desde que se fueran sus últimos habitantes. La vida aquí apenas duró medio siglo. Fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando se descubrió la riqueza en diamantes de la zona. En aquel momento, Namibia era colonia alemana, de ahí que fueran alemanes los que comenzaran la explotación y bautizaran con un nombre tan germánico al pueblo. Dos hileras de casas de madera en la que fueron alojándose los mineros y sus familias. Las dos Grandes Guerras, el cambio de manos de las colonias a Reino Unido y, sobre todo, la crisis minera, con los diamantes agotándose, resultó un cóctel mortal para Kolmanskop. En 1954 salía de allí su último ciudadano y, desde entonces, nadie más ha vuelto a hacerlo. A cambio, no solo se ha conseguido un pueblo fantasma de lo más pintoresco, más cercano al Viejo Oeste norteamericano que a lo que esperamos de Ýfrica, sino también todo un reclamo turístico para este rincón de Namibia. Y no será por falta de interés, ya que la costa de Lüderitz muestra una naturaleza casi virgen en la que conviven focas, pingüinos, flamencos y avestruces. Una sinfonía animal difícil de encontrar en otro lugar. Eso en la costa, a 20 kilómetros, en las dunas, la arena, lentamente, va atrapando un sueño diamantino con un siglo ya desde su creación.