Hay una pequeña ciudad del sur de Francia en la que bastan unos pocos pasos para transitar por 2.500 años de historia. Situada en el Languedoc-Rosellón, se ha beneficiado desde su fundación por los romanos en el 118 a. C. de una posición privilegiada, en medio del cruce de caminos que vertebra Europa desde hace más de 22 siglos. Y es que se encuentra a la mitad del triángulo formado por Barcelona, Marsella y Toulouse, una parada obligada para comerciantes y viajeros de calzadas y caminos históricos a los que, además, hay que añadir los marineros, pues su playa y el Mediterráneo están bastante cerca.

En Narbona es fácil encontrar los cimientos romanos. Solo hay que asomarse al Horreum, recorrer estas galerías subterráneas que servían de almacén y que mezcla estilo galo y clásico. Ciudad portuaria comerciante bajo el emperador Augusto, los galeones desembarcaban en Narbona, capital de la Narbonnaise, gracias a un puerto fluvial mucho mayor que el actual. La Via Domitia sigue en pie en el corazón histórico de la ciudad, y sigue llevando al antiguo foro, hoy en día plaza del Forum, presidida por la estatua de la famosa loba de Rómulo y Remo.

Sin embargo, es en la época medieval donde la urbe comienza su periodo de esplendor arquitectónico. Hasta el punto de que el famoso Palacio de los Papas de Aviñón se inspiró en el arzobispado de Narbona. Este palacio tiene como estrella el torreón Gilles Aycelin, que domina con su altura la antigua plaza del Ayuntamiento. Desde allí se obtiene la mejor vista de la ciudad y sus alrededores. Está a un paso del canal fluvial y cuida de los vestigios romanos que hoy se han convertido en el punto de encuentro de los ciudadanos.

Su claustro es de lo más fotografiado por los turistas. Es del siglo XV y permite la entrada a la sala magistral de los Sínodos, que acoge también los Estados Generales de Languedoc. Luego nuestros pasos nos llevarán a la catedral gótica de Saint-Just-et-Saint-Pasteur, inacabada y cuyas bóvedas se elevan a 41 metros de altura. Construida a imagen de los grandes edificios del norte de Francia y prácticamente única en el sur del país, es el símbolo de la grandeza del antiguo arzobispado narbonés. Cuenta con un retablo que es toda una obra de arte esculpida única en Europa, redescubierta en 1981 y restaurada a principios de este siglo.

Pero Narbona, como toda Francia, es también gastronomía. En este caso, vinícola. Su viñedo se extiende sobre un amplio territorio situado entre tierra y mar, repartido y clasificado en dos Denominaciones de Origen: Côteaux du Languedoc La Clape y Quatourze-Corbières. Si no se quiere hacer una excursión por los viñedos, basta andar cuatro pasos desde el centro al Mercado de Abastos. Allí se puede degustar una copa de tinto, pero también decenas de tipos de quesos y la mejor fruta.

Escaparse hasta este rincón del sureste francés es mucho más fácil de lo que podríamos pensar. Forma parte de las rutas conjuntas que Renfe y su homólogo galo han puesto en marcha para conectar Madrid y Barcelona con París, Lyon y Marsella. Así, desde Madrid se puede llegar a Narbona en un tren diario que apenas necesita de cinco horas de viaje, mientras que de Barcelona hay entre cuatro y seis frecuencias, dependiendo de la temporada, y bastan dos horas de trayecto.

Más información:
Turismo de Narbona
Renfe - SNCF